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Museo de la Memoria: el reconocimiento a unas víctimas que nunca debieron serlo

por 17 agosto, 2018

Museo de la Memoria: el reconocimiento a unas víctimas que nunca debieron serlo
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El debate sobre los fundamentos teóricos del Museo de la Memoria admite diversas aproximaciones. Desde un punto de vista moderno, la historia no tiene un fin trascendente; solo tiene el fin que la ciencia y la técnica pueden construir para controlar los acontecimientos o imponerse los seres humanos unos a otros. El progreso moderno es la causa inmediata de la miseria del ser humano en los siglos XX y XXI. El reguero de víctimas del progresismo (marxista o capitalista) es justificado por una idea de futuro tan ilimitada como el espejismo. ¿Puede verdaderamente el neoliberalismo actual ofrecerle un sentido a toda la humanidad? No. Solo a algunos. A los triunfadores. Este es su callado gran relato.

Para el cristianismo el Museo de la Memoria tiene un valor trascendente porque representa la oferta de un futuro digno a víctimas que nunca debieron serlo. A estas víctimas les dice que la fe consiste en creer que el Dios del judeo-cristianismo hace justicia a esos seres humanos concretos que los constructores de la historia quieren y necesitan olvidar para seguir compitiendo por el mundo del que se están adueñando.

El Museo de la Memoria tiene una importancia decisiva, al menos para los cristianos. Este y los otros memoriales del tipo en otros lugares del mundo, representan el reconocimiento de la humanidad, no a un valor indeterminado excogitado por parlamentos internacionales; antes que esto, representan el reconocimiento a unas víctimas que nunca merecieron el trato que se les dio. Nadie merece lo que sufre. No es admisible arrojar argumentos a favor o en contra del Golpe de Estado como si de ello dependiera abusar mucho, poco o nada de un ser humano como lo hizo la Dictadura. La violación de los Derechos Humanos no depende prima facie de una decisión de los estados. Depende del reconocimiento del valor eterno de personas cuyo sacrificio nunca debió ser.

La idea de una resurrección de Cristo, como justicia para el ajusticiado injustamente, proviene de los Macabeos que, unos ciento cincuenta años antes, fueron al martirio convencidos de que al final de la historia habría un Juicio. La memoria passionis de Cristo, el recuerdo eucarístico por dos mil años de un crimen injusto, rehabilita a Jesús y asegura a los olvidados  que la historia tiene sentido. La memoria de la pasión es una apuesta por Dios y contra Dios. Es un grito de justicia contra Dios por no hacer nada ante el sufrimiento de los inocentes y por Dios porque espera que sí lo haga como lo hizo con Jesús.

El Museo de la Memoria tiene una importancia decisiva, al menos para los cristianos. Este y los otros memoriales del tipo en otros lugares del mundo, representan el reconocimiento de la humanidad, no a un valor indeterminado excogitado por parlamentos internacionales; antes que esto, representan el reconocimiento a unas víctimas que nunca merecieron el trato que se les dio. Nadie merece lo que sufre. No es admisible arrojar argumentos a favor o en contra del Golpe de Estado como si de ello dependiera abusar mucho, poco o nada de un ser humano como lo hizo la Dictadura. La violación de los Derechos Humanos no depende prima facie de una decisión de los estados. Depende del reconocimiento del valor eterno de personas cuyo sacrificio nunca debió ser.

El “hoy” del Museo de la Memoria exige que “hoy” los chilenos interrumpamos el curso de una historia que, si sacrifica seres humanos, no conduce a ninguna parte.

 

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