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¿Es la Convención Constitucional una carrera de velocidad?

por 16 septiembre, 2021

¿Es la Convención Constitucional una carrera de velocidad?

Crédito: ATON

La maratón es una prueba de resistencia y lo mismo pasa con la Convención Constitucional. Pero, a diferencia de lo ocurrido en Grecia varios siglos antes de nuestra era, aquí no se trata de los persas. La victoria de la Convención, y más ampliamente del país, no será contra alguien, sino pro algo: tener una nueva Constitución Política de la República de Chile, una Constitución para el siglo XXI, una Constitución que después de más de dos siglos de vida independiente será la primera con carácter democrático tanto en su origen como en sus contenidos. Ya era tiempo.
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Para nada. No es una carrera de velocidad, o sea, de esas en que los competidores se abalanzan sobre la meta tratando de alcanzarla con la mayor velocidad posible. No. La Convención se parece a una maratón, y es con esta que ella tiene una relación de semejanza, que no de igualdad, lo cual quiere decir que se trata de una extensa carrera, de una prueba de algo más de 40 kilómetros, y que en el caso de la Convención se mide temporalmente: 9 o 12 meses como máximo para su trabajo. La maratón es una prueba de resistencia, y lo mismo pasa con la Convención Constitucional.

Sabemos de donde viene el nombre de “maratón”: un soldado griego llamado Filípides, en el 490 a. C., corrió más de 40 kilómetros, desde la localidad de Maratón hasta Atenas, para llevar la noticia de la victoria sobre los persas en la batalla a la que se dio el primero de esos nombres.

Tanto maratonistas como constituyentes no deben exigirse más de la cuenta, aquellos mientras corren y estos cuando trabajan. Una autoexigencia desmedida puede acarrear mareos, pérdida del equilibrio, fatiga prematura, caídas. Pero si los maratonistas cuentan con que si caen los recogerá prontamente la ambulancia que acompaña el recorrido, los constituyentes no disponemos de algo que pueda parecerse a un equipo de salvamento. Tendríamos que levantarnos solitos y con la ayuda del país que realmente quiere tener una propuesta de nueva Constitución sobre la cual pronunciarse por medio de un plebiscito en que el voto será obligatorio.

No cualquiera ni de cualquier modo puede participar en una maratón: se requiere un entrenamiento previo especial; hay que utilizar zapatillas también especiales; debe estarse muy atento al terreno por el cual se avanza y a las indicaciones que se ponen a los corredores en la ruta que deben cubrir para que no se extravíen; atentos también a la respiración; es preciso cambiar de velocidad según el momento de la prueba; hay que considerar la temperatura ambiente para evitar la deshidratación; existen mayores riesgos de lesiones y contratiempos; y si se comete un error o tiene un traspié, se cuenta con la posibilidad de rehacerse.

Algo parecido pasa con los constituyentes, por analogía, se entiende: preparación antes de asumir como tales y continuación del estudio luego de empezar a trabajar, atentos al terreno por el que progresan, sujeción a ciertas reglas, cambios en la velocidad de su trabajo, sensibilidad ante la temperatura ambiente del país, control de la respiración (y de la palabra), dificultades inesperadas en el trayecto, y posibilidad de corregir los errores en que se incurra.

Y algo más: tanto maratonistas como constituyentes no deben exigirse más de la cuenta, aquellos mientras corren y estos cuando trabajan. Una autoexigencia desmedida puede acarrear mareos, pérdida del equilibrio, fatiga prematura, caídas. Pero si los maratonistas cuentan con que si caen los recogerá prontamente la ambulancia que acompaña el recorrido, los constituyentes no disponemos de algo que pueda parecerse a un equipo de salvamento. Tendríamos que levantarnos solitos y con la ayuda del país que realmente quiere tener una propuesta de nueva Constitución sobre la cual pronunciarse por medio de un plebiscito en que el voto será obligatorio.

A diferencia de lo ocurrido en Grecia varios siglos antes de nuestra era, aquí no se trata de los persas. La victoria de la Convención, y más ampliamente del país, no será contra alguien, sino pro algo: tener una nueva Constitución Política de la República de Chile, una Constitución para el siglo XXI, una Constitución que después de más de dos siglos de vida independiente será la primera con carácter democrático tanto en su origen como en sus contenidos.

Ya era tiempo.

 

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