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El personalismo de Piñera y el desorden en la derecha

por 4 septiembre, 2018

El personalismo de Piñera y el desorden en la derecha
No hay lucidez estratégica en los grupos de poder que mandan en la derecha, tampoco viene esa mirada más allá del día a día desde La Moneda, que está sumida en la ofuscación presidencial y que cree que los demás están para hacer lo que él dice. En la derecha se han convencido de que Piñera no es Jorge Alessandri, que tampoco se asemeja a Jaime Guzmán y que su afición por las encuestas y salidas de libreto, reducen sus dichos a la coyuntura, incluso a lo anecdótico, así que ya no piensan que él vaya a dotarlos de una fuerza conceptual potente que los lleve a la desmesurada meta de gobernar varios períodos presidenciales sucesivos.
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El Presidente de la República está molesto, agrio y culpa a la oposición, parece creer que con reuniones reservadas o condenar lo que llama “fuego amigo” podrá resolver las divergencias que marcan a la derecha que apoya a su Gobierno. Así, excluye su propio rol, el exacerbado personalismo, el lenguaje descalificador con que ejerce la Presidencia y genera la crispación política que tanto critica.

Las tensiones en el Gobierno tienen un telón de fondo, ocurre que está cuestionada la supremacía UDI, el pilar del apoyo a Piñera, pero este partido pretende mantener su ya añejo control en las definiciones medulares que toma la derecha, lo mismo que hizo desde los desafíos presidenciales de 1990 a la fecha, incluidas las dos veces que ganaron con Piñera, el 2009 y 2017. 

La UDI ya no cuenta con el peso político de su anterior núcleo hegemónico, porque los llamados “coroneles” ya no están y su actual mesa directiva debe recurrir a argumentos amenazantes para frenar a los inquietos y recién “aparecidos” de Evópoli, que quieren lucirse a costa de sus alicaídos socios y seguir su propio camino ascendente.

Ante ese conflicto, el otro socio, Renovación Nacional, que después de mucho tiempo logró una mayor fuerza electoral, no cuenta con un bagaje conceptual y programático para liderar el bloque gobernante, sus voces más gravitantes carecen de cohesión y de una perspectiva común. Los centros de estudio que alguna vez tuvieron ya no orientan y su opinión se diluye sin gravitar.

Ya quedó muy atrás el tiempo en que RN se movía con la energía de sentirse la necesaria renovación de la derecha. Andrés Allamand está lejos de su impulso inicial y se confunde con la UDI, Manuel José Ossandon no tiene más propuesta que su propia candidatura y Francisco Chahuan no aporta la claridad suficiente para salir de la confusión. A veces pareciera que RN tomará una vía cercana a Evópoli, pero prevalece el conservadurismo de sus huestes que sienten nostalgia por la bota militar que, ya en otras ocasiones, hundió sus propósitos de apertura a los nuevos tiempos. 

Se dirá que invitó a dialogar a la oposición, pero ese fue un intento de cooptar a los partidos de la centroizquierda, que deben ser autónomos del Gobierno de turno y jugar su propio rol. El pluralismo significa respetar la diversidad, no excluir, porque no pueden ser todos actores condescendientes que gestionan en conjunto “la cocina”. En suma, Piñera pretendió ejercer un liderazgo sin oposición política o con ella, pero subsumida bajo el efecto de la cooptación y cometió un grave error.

O sea, no hay lucidez estratégica en los grupos de poder que mandan en la derecha, tampoco viene esa mirada más allá del día a día desde La Moneda, que está sumida en la ofuscación presidencial y que cree que los demás están para hacer lo que él dice.

En la derecha se han convencido de que Piñera no es Jorge Alessandri, que tampoco se asemeja a Jaime Guzmán y que su afición por las encuestas y salidas de libreto, reducen sus dichos a la coyuntura, incluso a lo anecdótico, así que ya no piensan que él vaya a dotarlos de una fuerza conceptual potente que los lleve a la desmesurada meta de gobernar varios períodos presidenciales sucesivos. El grupo de los “conversos” tomó nota de ese vacío y por eso quiso tomar el timón, conducir, pero no es llegar y liderar, por lo que fracasó y solo aumentó la confusión.

El gobernante perdió meses en solazarse y ningunear a quienes no piensan como él, ahora que cambió el clima político-social, que aparece la impopularidad, culpa del efecto de sus propios excesos verbales a la oposición y se desquita expulsando emigrantes, usando el viejo método de la cortina de humo que desvía la atención de la opinión pública. 

En el desorden, varios ministros ya inician sus precampañas con el uso o manipulación publicitaria de las políticas públicas o sociales de sus carteras, como se percibe en Vivienda, Interior, Defensa y Desarrollo Social, entre otras.

En este cuadro de tensiones tiene un rol medular el personalismo del propio Piñera. Si ya el sistema institucional está recargado de presidencialismo, este factor se descontrola con un gobernante que entiende que la derecha está donde está gracias a él y, por tanto, debe aceptar lo que él decide. La caída de los ex ministros Varela y Rojas es fruto del exacerbado presidencialismo con que formó el gabinete, con el estilo más personalista que se ha practicado desde el retorno a la democracia. 

Tan fuera de control resulta este recelo presidencial respecto de sus facultades, que en Valparaíso, hace pocos días, afirmó que los recursos fiscales destinados al proyecto Cerro Barón dependerán directamente de la Presidencia y no del Ministerio de Hacienda, lo que en términos legales y administrativos es una falacia total. Menos mal que vivimos en una República y cómo se usa el gasto fiscal está delimitado en las leyes de presupuesto, de administración financiera del Estado y en diversas disposiciones reglamentarias sobre probidad y transparencia que, no pocas veces, incomodan a la tecnocracia gobernante.

La responsabilidad política de Piñera en el desorden de la derecha es esencial, jugó su campaña presidencial a la imagen de un país en problemas, con marcha lenta, semiparalizado y, cuando ganó, se instaló profitando de esa idea. Así, se quedó en un debate inconducente con la administración que ya no estaba en funciones, era una pelea hacia atrás, sin perspectivas. Ahora ha intentado una imagen “ganadora”, pero su verbosidad ya no vende y la imagen de que su Gobierno hace milagros se perdió. 

Entonces, en la ira acusa de “antipatriotismo” a los que no piensan como él. ¿Por un segundo se habrá puesto a pensar que son totalmente inaceptables tales desbordes de su retórica, en particular, frente a una izquierda que pagó un altísimo costo humano por el retorno de la democracia, mientras Su Excelencia colaboraba con el régimen dictatorial y se enriquecía?

Se dirá que invitó a dialogar a la oposición, pero ese fue un intento de cooptar a los partidos de la centroizquierda, que deben ser autónomos del Gobierno de turno y jugar su propio rol. El pluralismo significa respetar la diversidad, no excluir, porque no pueden ser todos actores condescendientes que gestionan en conjunto “la cocina”. En suma, Piñera pretendió ejercer un liderazgo sin oposición política o con ella, pero subsumida bajo el efecto de la cooptación y cometió un grave error.

El pluralismo es valorar el rol autónomo de las fuerzas políticas en democracia, de organizaciones que actúan sin coerción o sometimiento alguno, eso es lo que permite la alternancia y que no se perpetúe un puñado de amigos en el poder. Esa es la esencia que los gobernantes deben aceptar y no descalificar a quienes lo practican.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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