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Ángel caído, incógnitas sobre el futuro del PT en Brasil

por 6 noviembre, 2018

Ángel caído, incógnitas sobre el futuro del PT en Brasil
Existe el riesgo de que el PT pierda su principal cualidad, la de ser un integrador nacional, algo por lo que Lula bregó hasta su última energía antes de ir a la cárcel. No cabe duda que construyó un partido que simbolizó al país entero y, por algo, la gran película sobre su vida se llamó justamente "Lula, el hijo de Brasil". Sin embargo, las tendencias centrífugas que se han apoderado del Partido de los Trabajadores son indicadores muy fuertes de que el gran esfuerzo de la vida política del ex presidente tiende a diluirse.
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Después de 13 años en el poder y tras la contundente derrota sufrida el 28 de octubre, el Partido de los Trabajadores (PT) enfrenta, por primera vez, el espectro real de una crisis terminal. Al agravamiento de las luchas intestinas, arrastradas de manera severa desde el 2015, se han añadido ahora los naturales cobros de facturas acerca de quién tiene la responsabilidad de tamaña derrota, acelerándose la acción depredadora de las inevitables aves de rapiña, que ya sobrevuelan al animal herido.

Hay varios ex candidatos que no pasaron la primera vuelta y se restaron de apoyar al PT en el balotaje, tanto de la izquierda (Ciro Gomes) o del centro (Geraldo Alckmin), como también otros líderes emergentes de antiguos partidos aliados –como el Partido Socialismo y Libertad, escisión del PT– o la carismática dirigenta comunista y reconocida feminista, Manuela D'Avila, que ha anunciado su deseo de hacerse con los restos del Partido de los Trabajadores y conducir una oposición efectiva al nuevo presidente electo, Jair Bolsonaro.

Esta dinámica indica que el sistema de colectividades políticas de Brasil reclama una urgente relegitimación, debido a varios elementos que convergen de manera sinérgica. Por un lado, la derrota estrepitosa del partido hegemónico y, por otro, el denso ambiente anti-PT que reina en prácticamente todo el país. Ambos están generando numerosas tendencias centrífugas con consecuencias en variadas direcciones.

A lo menos cuatro evidencias podrían ayudar a comprender este cuadro de tendencias centrífugas que acosa al PT.

Primero, la designación del juez Sergio Moro como nuevo ministro de Justicia y su muy probable reemplazo en el seguimiento de las causas pendientes por Gabriela Hardt, dos noticias que no pueden sino haber sido recibidas con profunda molestia y alarma en la dirigencia del PT, así como en los grupos de apoyo a Lula, pues Moro ha recibido carta blanca para encabezar una especie de cruzada contra la corrupción y porque –hay coincidencias en analistas, políticos y periodistas brasileños– en que Hardt es aún más inquisidora que Moro. De hecho, fue ella la que envió a la cárcel a Jose Dirceu, jefe de gabinete de Lula condenado en 2012 por corrupción en casos Mensalao y otros.

La fría lectura de los números de la elección apunta necesariamente a otro gran problema. Su principal base de apoyo y de formación de sus dirigentes radicaron históricamente en la ciudad-cuna del partido, Sao Paulo, que ahora le dio la espalda. Su nueva base de apoyo se ubica ahora en el nordeste del país. No se trata de un asunto baladí, sino que responde a que dichos estados tienen escasa relación con el resto de Brasil, lo que abre fundados temores a que las facciones estaduales o regionales se autonomicen.

No sería extraño que el desolador panorama en el plano judicial traccione una estampida hacia tierras más acogedoras; un proceso similar al mani pulite en Italia. Está grabada a fuego la huida del ex premier socialista de Italia, Bettino Craxi, a Túnez el año 2000, debido a que ambos países no tienen tratado de extradición; un antiguo ministro de Lula y senador del PT, Delcídio do Amaral (que posteriormente se acogió a la delación compensada) se vio envuelto en un escándalo al revelarse su deseo de huir y también debe ser recordado el caso de Fujimori, quien abandonó Japón, donde se había refugiado luego de renunciar por fax a la Presidencia y llegó a Chile, esperanzado en la protección de quienes decían ser sus entrañables amigos.

Una segunda evidencia de las tendencias centrífugas apunta a la fuerte fragmentación de fuerzas internas, que  grosso modo van desde aquellos que procurarán extraer lecciones y separar la figura de Lula del futuro del partido hasta los que, situados en las antípodas, propugnen mantener la cercanía con el líder, pasando por segmentos de altos dirigentes preocupados de salvar su propio pellejo.

El origen de esta heterogénea realidad está en la fundación misma del PT en 1980 de la mano de los obreros metalúrgicos de Sao Paulo. A ellos se plegaron grupos de intelectuales trotskistas, más algunos con inclinaciones progresistas de otro tipo, junto a algunos militantes del Partido Comunista de Brasil (y no del Partido Comunista brasileño que siguió un derrotero propio), así como una infinidad de grupos cristianos cercanos a la Teología de la Liberación, como la Comissao Pastoral da Terra o las comunidades eclesiales de base dirigidas por el fraile Frei Betto, consejero personal de Lula durante varios años. Pese a esta fragmentación en 16 grupúsculos originales, el PT se terminó imponiendo en el escenario político del país gracias a la figura carismática de su líder, la cual sirvió de amalgama a tan abigarrado conjunto.

En el plano de las ideas, apenas formado, el PT desarrolló una propuesta de cambio social identificada con la izquierda, pero muy crítica tanto de la socialdemocracia como de la ineluctabilidad histórica del socialismo científico de Marx, así como del rol de “vanguardia del proletariado” (pese al origen obrero de Lula). Y ya en pleno ejercicio del poder, mantuvo una cierta equidistancia del socialismo de sainete, por denominar de alguna manera el peculiar experimento venezolano, y de los populismos kirchnerista y correísta. Su apuesta lo convirtió en escaso tiempo en una suerte de estandarte de todo tipo de izquierdas, huérfanas de proyectos tras la caída de la URSS. Su ascendiente internacional aumentó al proponer una articulación de fuerzas anticapitalistas diversas, a través del Foro de Sao Paulo.

Sin embargo, el poder terminó enfervorizando a miles de advenedizos y buscadores de fortuna, generándose un archipiélago de grupos y facciones mucho mayor que antes. Las disputas entre las más de 40 ”sensibilidades” –todas las cuales están divididas en numerosos grupúsculos y facciones menores– han sido controladas hasta ahora por una coalición denominada Campo Majoritário, donde la más fuerte es Construindo um novo Brasil, cuya voz principal ha sido la de los ex presidentes y de donde proviene la mayoría de los procesados por casos de corrupción.

Y aunque Lula siempre se reservó el derecho a arbitrar las constantes querellas y rencillas que llevaron al partido varias veces al borde del colapso, como la ruptura observada en el quinto Congreso en Salvador de Bahía en 2015, en pleno gobierno de Dilma Rousseff y donde se temió lo peor, parece muy difícil que ahora, desde la cárcel –al estilo Mandela– esté en condiciones de seguir arbitrando disputas tan agrietadas. Invocando a Peter  Sloterdijk, el PT se ha convertido en una “organización política de la ira”.

Por cierto que el lulismo es todavía mayor que el PT, pero difícilmente dicho espíritu pueda sobrevivir si no sigue anidado en ese, su partido político. Especialmente, si se imponen las facciones que reclaman una línea de autocrítica, dirigidas por tres poderosas corrientes internas –MudaPT, Optei y Articulacao de Esquerda–, que pasa por deshacerse de Lula. La pregunta en el aire entonces es si el PT podrá articularse política, electoral y discursivamente, alejándose de su ya más que septuagenario líder.

Una tercera evidencia queda al descubierto con el desastroso resultado obtenido por Rousseff en su intento por transformarse en senadora. Su marginación de las grandes ligas, deja al PT sumido en una ostensible orfandad de líderes públicos con posibilidades de revertir la situación.

Finalmente, la fría lectura de los números de la elección apunta necesariamente a otro gran problema. Su principal base de apoyo y de formación de sus dirigentes radicaron históricamente en la ciudad-cuna del partido, Sao Paulo, que ahora le dio la espalda. Su nueva base de apoyo se ubica ahora en el nordeste del país. No se trata de un asunto baladí, sino que responde a que dichos estados tienen escasa relación con el resto de Brasil, lo que abre fundados temores a que las facciones estaduales o regionales se autonomicen.

Con ello, el PT perdería su principal cualidad, la de ser un integrador nacional, algo por lo que Lula bregó hasta su última energía antes de ir a la cárcel. No cabe duda que construyó un partido que simbolizó al país entero y, por algo, la gran película sobre su vida se llamó justamente Lula, el hijo de Brasil. Sin embargo, las tendencias centrífugas que se han apoderado del PT son indicadores muy fuertes de que el gran esfuerzo de la vida política del ex presidente tiende a diluirse.

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