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Violencia lacrimógena al nivel de Turquía y Siria: Chile necesita un día de reflexión

por 21 noviembre, 2018

Violencia lacrimógena al nivel de Turquía y Siria: Chile necesita un día de reflexión
El uso de gas lacrimógeno, incluso combinado con chorros de agua (guanacos) que amplifican el efecto del gas, coloca las acciones del Gobierno chileno respecto a las manifestaciones al mismo nivel de las tácticas usadas por regímenes autoritarios como Venezuela, Turquía o Siria, los cuales –a pesar de los contextos muy diferentes– reprimen las protestas con violencia policial. Va de la mano, además, con el lenguaje oficial del Gobierno chileno, el cual securitiza el conflicto con el pueblo mapuche, sustrayéndolo del ámbito de la discusión política y el debate público, y situándolo en el ámbito de las medidas extraordinarias justificadas en aras de la seguridad, como sea ella definida. Securitización no tiene que ver necesariamente con la supervivencia del Estado. Puede también ser una medida para frenar las migraciones, como en el caso de EE.UU.
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Iba a ser una tarde normal de día jueves. Llegué a casa desde el trabajo, comí algo rápido y luego partí a clases de baile frente al GAM. Tomé el metro y caminé hacia el lugar donde todos los jueves bailamos. Todos están ahí, pero no hay música, no hay movimiento. En cambio, vemos pasar por Alameda viejas tanquetas color verde militar, grupos de policías armados pesadamente, y gas lacrimógeno emanando abundantemente por ambos lados de la avenida. Con ojos llorosos y bronquios congestionados, veo a un grupo de carabineros resguardándose detrás de escudos protectores y avanzando lentamente hacia adelante. No hay nadie delante de ellos, los manifestantes están desparramados en pequeños grupos, sosteniendo pancartas en apoyo al movimiento mapuche y gritando de vez en cuando insultos contra la policía.

Tomando en cuenta la fuerte reacción física que experimento debido al gas lacrimógeno, quedo sorprendida de la actitud calmada de transeúntes y espectadores. Veo gente caminando lentamente con máscaras antigases. Una muchacha camina alrededor rociando agua con bicarbonato a la gente afectada por el gas; la gente camina cubierta con pañuelos y bufandas para filtrar el efecto lacrimógeno. Los transeúntes comentan acerca de la conveniencia de usar limón. Los espectadores comienzan a disgregarse por Alameda, caminando calmadamente, y buscando senderos seguros para retornar a casa.

Para una extranjera que se mudó recientemente a Chile, la actitud de la gente respecto a la violencia policial es, por decir lo menos, sorprendente. Solo puedo entender la tranquilidad de los transeúntes y espectadores como una forma de habituación. Pareciera que ciertas prácticas policiales –tales como el uso masivo de gas lacrimógeno– han sobrevivido desde la caída de la dictadura y continúan como prácticas habituales de la policía desde el retorno de la democracia.

Son prácticas que, literalmente, envenenan el aire que respiramos. Seguramente, el gas permite dispersar a los manifestantes; pero afecta sobre todo a los vecinos, transeúntes, niños, pacientes esperando atención en los centros médicos y, en definitiva, a toda la población.

Chile necesita un día de reflexión. Un día en el que el Gobierno reflexione acerca de los caminos por los que encauza la solución de conflictos en el país, y si la caracterización de los mapuches como “terroristas”, combinado esto con la transferencia de fuerzas militares antiguerrilla, contribuye a un manejo pacífico de un complejo y multifacético conflicto histórico. Un día para reflexionar acerca del rol de las manifestaciones en una sociedad democrática; para reflexionar acerca de la proporcionalidad de las acciones policiales respecto a la violencia de los manifestantes, y de cómo entrenar a las fuerzas policiales en medidas de desescalamiento de la violencia. Un día para que las partes involucradas en el conflicto reflexionen acerca de sus objetivos y de los medios que usan para conseguirlos; reflexionen sobre si es ético instrumentalizar el conflicto mapuche y la muerte de personas; si quemar buses del transporte público, contenedores de basura o bicicletas de uso público contribuyen a la consecución de sus objetivos. Un día para que la sociedad reflexione sobre las maneras de prevenir que la violencia escale y que imágenes que parecían sacadas de una guerra civil se vuelvan a repetir.

El uso de gas lacrimógeno, incluso combinado con chorros de agua (guanacos) que amplifican el efecto del gas, coloca las acciones del Gobierno chileno respecto a las manifestaciones al mismo nivel de las tácticas usadas por regímenes autoritarios como Venezuela, Turquía o Siria, los cuales –a pesar de los contextos muy diferentes– reprimen las protestas con violencia policial. Va de la mano, además, con el lenguaje oficial del Gobierno chileno el cual securitiza el conflicto con el pueblo mapuche, sustrayéndolo del ámbito de la discusión política y el debate público, y situándolo en el ámbito de las medidas extraordinarias justificadas en aras de la seguridad, como sea ella definida.

Securitización no tiene que ver necesariamente con la supervivencia del Estado. Puede también ser una medida para frenar las migraciones, como en el caso de EE.UU. El Gobierno chileno ha incluso enviado fuerzas policiales entrenadas en campamentos en Colombia en el contexto de guerras de guerrilla, y ha trasladado dichas fuerzas a La Araucanía, la región donde el conflicto mapuche tiene su más aguda expresión.

Un  estudio  llevado a cabo por el Consejo de Europa, sostiene que el mal uso del gas lacrimógeno –aun cuando menos letal que otras armas– puede llevar a violaciones de los Derechos Humanos. Dicho mal uso, tiene que ver con su utilización en espacios cerrados, en cantidades excesivas, de modo desproporcionado, y en contra de personas aquejadas de problemas de salud. Parece razonable asumir que la habituación de la gente respecto al uso del gas lacrimógeno indica que su uso frecuente por la policía chilena es “excesivo” o “innecesario” o “desproporcionado”. Parece razonable asumir también que, entre los manifestantes, transeúntes y vecinos, hay personas con compromisos de salud y afecciones tales como alergias o asma.

Chile necesita un día de reflexión. Un día en el que el Gobierno reflexione acerca de los caminos por los que encauza la solución de conflictos en el país, y si la caracterización de los mapuches como “terroristas”, combinado esto con la transferencia de fuerzas militares antiguerrilla, contribuye a un manejo pacífico de un complejo y multifacético conflicto histórico. Un día para reflexionar acerca del rol de las manifestaciones en una sociedad democrática; para reflexionar acerca de la proporcionalidad de las acciones policiales respecto a la violencia de los manifestantes, y de cómo entrenar a las fuerzas policiales en medidas de desescalamiento de la violencia.

Un día para que las partes involucradas en el conflicto reflexionen acerca de sus objetivos y de los medios que usan para conseguirlos; reflexionen sobre si es ético instrumentalizar el conflicto mapuche y la muerte de personas; si quemar buses del transporte público, contenedores de basura o bicicletas de uso público contribuyen a la consecución de sus objetivos. Un día para que la sociedad reflexione sobre las maneras de prevenir que la violencia escale y que imágenes que parecían sacadas de una guerra civil se vuelvan a repetir.

En un conflicto que es a la vez complejo y cargado, es más necesario que nunca encontrar mecanismos de negociación. Chile es uno de los pocos países en el mundo que ha logrado una transición pacífica a la democracia, la cual –no exenta de problemas– ha ayudado a hacer que el país sea uno de los más estables de la región. Hoy, más que nunca, los logros deben ser defendidos. Ya no hay partes que están “en lo cierto” y partes que están “equivocadas”. Toda escalada de violencia debe ser contrarrestada, por todas las partes involucradas en el conflicto. Lo que está en juego es nada más y nada menos que el aire de paz que todos respiramos.

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