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De patipelados y flojos

por 21 julio, 2019

De patipelados y flojos
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En los últimos 30 años Chile pasó de tener un per cápita de US $8000 a casi US $25,000; pasamos de no ganarle a nadie a exigir ganarle a (casi) todos, al menos en el fútbol; pasamos de mirar con recelo y envidia a Argentina, a compararnos con cada cual más rimbombante país europeo, mirando con poco recato sobre el hombro a nuestros vecinos; pasamos de ser humildes y temerosos, a ser exigentes, sobrevalorados y arrogantes. Este cambio no es necesariamente malo, quizás justamente fue una necesidad instalada por esta dinámica de vida que de tanto consumo nos consume, pero a pesar de esta vasta ola de transformaciones aceleradas, de tecnología inundándolo todo y de esa sensación agradable de que se tiene más que antes, más que el resto, hay ciertas cosas que nuestro país mantiene y que sin bien a ratos parece olvidarse, a ratos también emerge como un espasmo sin control.

La prosperidad económica de las últimas décadas en nuestro país permitió que progresivamente los números se fueran mostrando cada vez más halagüeños, una reducción drástica de la pobreza y la indigencia, aumento de los salarios, acceso a bienes y servicios que en muchos casos nuestros padres y abuelos solamente habrían podido soñar, televisores de última generación, teléfonos inteligentes, automóviles lujosos, bonanza en todos los niveles. Nuestro país se fue gestando en Latinoamérica como un gran faro de prosperidad, faro que necesariamente fue atrayendo a esas pobres naciones que nos rodean, a esa gente que no ha tenido la suerte de vivir en un país estable, democrático, bien administrado, en vías de desarrollo, un país de ganadores que fue gritando a quien quisiera escuchar que en Chile hay dinero, hay empleo, que todos podemos ser lo que queramos ser, que todos podemos tener una casa, que todos podemos estudiar y ser profesionales, todos podemos ser emprendedores y llegar a ser grandes empresarios, que todos podemos ser ricos… ¿Todos podríamos ser ricos?

Hace un par de meses la honorable senadora Van Rysselberghe sufrió un exabrupto frente a las cámaras y emanada desde lo más profundo de su ser lanzó una frase que ciertamente es más compleja de lo que pudiera parecer: “Cualquier patipelado se siente con el derecho a insultar a alguien que trabaja en el servicio público”. No es el objetivo de este artículo ahondar en la tendencia cada vez más instalada de efectivamente atacar a cualquier figura que realice algo relevante o de responsabilidad, pues es un tema que no puede ser tomado a la ligera y que probablemente toque en otro momento, lo que me interesa aquí es abordar justamente el de que una senadora como Van Rysselberghe se queje de que sean los “patipelados” los que lo hagan.

Patipelado es un concepto que nos transporta directamente a ese Chile oscuro de antaño (que tampoco es tan lejano, pues hace 30 años todavía era un escenario bastante común), a ese Chile en el cual no sólo existía gente que andaba a “pata pelada”, o sea que no tenía para comprar zapatos y que debía andar con los pies descalzos o con calzado básico o de mala calidad, sino que también un Chile en el cual la mayoría de la población sufría de una pobreza vergonzosa que no le permitía acceder a servicios básicos, que no contaba con recursos para vestirse o comer adecuadamente, pero que aún peor, no contaba ni siquiera con los derechos para ser considerados ciudadanos del mismo nivel que la senadora.

En ese Chile los niños pululaban por las calles intentando ganarse la vida, sin poder estudiar, sin resguardo de sus derechos, con sus padres trabajando sin protección social, en jornadas de explotación y prácticamente sin esperanza de poder revertir ese destino. Esta situación no es desconocida, o no debiera ser desconocida por nadie, pues es una realidad que no era muy diferente en ningún país de América, el problema es que a la par de esto siempre existió un segmento de la población que sí tenía para comprar zapatos, que sí tenía los recursos para acceder a todos los servicios, básicos o no, que sí podía vestirse bien, que sí podía comer bien y que gozaba todos los derechos que la República pudiera consagrar, un segmento de la población que sentía como justo el goce de estos beneficios y que se enquistó sin tapujos en el poder político y económico. No peco de inocente, en todas las sociedades y a través de toda la historia siempre han existido quienes tienen más, es algo inevitable, pero mi punto en esto no es ese, mi punto es que esos que no eran patipelados hace 100 años, no lo eran hace 50, no lo eran hace 10 y no lo son hoy, pero de una forma u otra los que si lo eran lo siguen siendo aún.

En la historia de nuestro país los apellidos de las familias poderosas se pueden rastrear desde la colonia o antes (izquierdas y derechas prácticamente por igual), los mismos nombres que se repiten una y otra vez, nombres a cargo de empresas, nombres a cargo del gobierno, nombres en el parlamento, que como en una danza que parece no tener fin se deslizan por los salones del poder de nuestro país perdido al fin del mundo. Esas familias y sus hijos de tanto disfrutar de las bondades que la sociedad ofrece han terminado por asumir que es un derecho adquirido, que el poder de hacer y deshacer está sus manos casi como elegidos por una voluntad superior. Cuando la senadora explota arremetiendo contra los patipelados no lo hace como una molestia por una situación particular, lo hace como una declaración de clase, como una reacción a lo que desde su mirada, desde su construcción de mundo, es un absurdo, una incoherencia, una falta de respeto de parte de una plebe que no podrían entender la forma en la cual funciona la sociedad, que no entiende que el orden natural de las cosas es que ellos son los que están arriba y los que deciden.

Resulta extremadamente interesante como desde esta clase, segmento o sector, como quiera llamarse, se ha desarrollado e instalado un concepto que ha sido asimilado apresuradamente por todo el resto de la sociedad y que es el del “mérito”, se ha elaborado un discurso en el cual se insiste en que el mérito es el elemento central por el cual evaluar a cada persona, que las cosas deben ser ganadas, que el éxito es el premio que se le entrega a la persona que tiene las mejores habilidades, al que se esfuerza más, al que muestra los talentos superiores. Nuestro sistema de educación en su conjunto se ha estructurado en base al concepto del mérito, se busca que cada individuo desarrolle sus habilidades con tal de poder convertir esas habilidades en algo redituable, redituable en el mercado, por lo que las habilidades que más se aprecian son las que pueden ser vendidas. Nuestro sistema social se ha infiltrado con esta lógica económica y califica el éxito de una persona en relación con qué tan exitoso económicamente es, sin embargo, este discurso resulta algo engañoso cuando vemos que viene de un sector para el cual el mérito no es una exigencia, pues aquí el apellido familiar termina por ser el elemento definitorio en el éxito que se tendrá. Es extremadamente poco probable que veamos a un Larraín, Errazuriz o Van Ryselbergue como panadero o personal de aseo en una empresa, es más probable que lo veamos de gerente, o de alcalde, o de diputado, o de ministro y que consiguientemente luego veamos a sus hijos y a sus nietos en la misma posición.

El mérito parece ser una condición para evaluar a los otros, a los que no tienen apellidos o alcurnia, a los que no vienen de familias de gran poder adquisitivo. Y con esto no digo que no tengan habilidades, pero es fácil desarrollar estas cuando tu posición te permite estudiar en los mejores colegios y en las mejores universidades, tener la mejor alimentación y el mejor roce, siendo además que tampoco se te pide que seas sobresaliente, porque por el solo hecho de haber estudiado ahí y ser parte de tal o cual tu futuro ya esta asegurado.

Como planteaba previamente Chile ha tenido varias décadas de auge económico y ha visto fortalecerse una clase media cada vez más extensa que como características tiene mostrar un alto nivel educacional y percibir mayores ingresos que las generaciones previas, una clase media que se siente poderosa por tener la posibilidad de adquirir bienes y servicios, de contar con cierto capital, de poder viajar y acercarse a ciertas esferas del poder, pero cuando se escucha a algún miembro de esta clase referirse a los “patipelados”, cuando se ve a los hijos del presidente viajar a hacer negocios a China en el avión presidencial o a la Pulido amenazar con sus relaciones con un general a unos carabineros en un control policial, cuando ciertos parlamentarios hablan de la necesidad de crear “elites republicanas” en contra de la equidad en la educación, no se puede menos que reflexionar respecto a qué tan patipelados hemos dejado de ser, de si es efectivo que las normas se aplican para todos de igual forma o si finalmente la medida varía según quien sea el afectado (no olvido como Benjamín Echeverría Larraín fue descubierto con 20 mil dosis de cocaína en 2014 y condenado a libertad vigilada o cuando la misma senadora era pauteada y pagada por la Asociación de Industriales Pesqueros del BíoBío (Asipes) para desfavorecer a los pescadores artesanales en la Ley de Pesca).

Se ha vendido la falsa idea que a través del esfuerzo individual es posible llegar a las más altas esferas del poder económico y social en nuestro país, a los estudiantes pobres, a los estudiantes de clase media, se les vende que a través de la educación podrán ascender en la escala social, subir de clase, y llegar a ser exitosos y poderosos. La idea del título profesional como la llave del éxito económico ha permitido el desarrollo de una muy fuerte actividad económica, que es la educación privada, y ha llevado a que millones de familias opten por endeudarse por décadas sólo por la esperanza de que sus hijos puedan tener un lugar privilegiado en la sociedad, sin embargo, lo único que esto ha logrado es una ampliación de la clase media, prácticamente sin incidencia en la configuración de la clase alta chilena. La debacle que sufre la educación pública surge justamente de este sentimiento aspiracional que se generó en los 90 con la huida masiva a los colegios “particulares”, los que en realidad seguían siendo subvencionados por el Estado, hasta el día de hoy es muy bien visto que las familias digan que tienen a sus hijos en “colegios”, asumiendo de manera casi indefectible que los niños que estudian en “escuelas” pertenecen a los sectores más pobres. Lo curioso de esto es que esta clase media aspiracional se siente casi parte de la elite al pagar 50,000 o 100,000 en un colegio “privado”, sin entender que los colegios realmente privados cobran 1 millón o más. Esta ilusión de ascenso en la escala social termina por volverse una suerte de alienación en la que los individuos permanentemente se convencen de estar mejor que lo que están, de estar más cerca del “éxito”, sin ver que en la práctica lo único que han logrado es aumentar su capacidad de endeudamiento.

La trampa del mérito asociado al éxito económico hace que evalúe mi desarrollo como persona según lo que tengo y que evalúe al otro de la misma forma, hace que considere que si tengo lo poco que tengo es por mi propio esfuerzo y sacrificio y si otro tiene menos es porque no se ha sacrificado lo suficiente, así es que admiro al que tiene más porque asumo que se ha esforzado más y asumo que si me esfuerzo más podré tener lo mismo, o idealmente más, y es así que me voy alejando del “pobre” y acercando al “rico”, desdibujando incluso los límites de la moral, con el íntimo deseo de que este me considere un igual. En mi vida he conocido personas que ganan 1 millón y miran para abajo al que gana 500, personas que ganan 3 millones y sienten que son de clase alta, personas que hablan de capital y de inversiones y viven de un sueldo en un trabajo que detestan. Cuando Larraín logra dejar impune a su hijo por el atropello de Hernán Canales, cuando los ministerios se llenan con primos que a su vez son hermanos de los directores de las grandes empresas, cuando vemos que 140 compatriotas concentran el 20% de la riqueza del país, cuando Van Rysselberghe recrimina a los “patipelados” porque consideran que los parlamentarios ganan demasiado, lo que se está haciendo no es nada más que recordar que no importa el esfuerzo o lo mucho que hayas logrado ascender en base a tus méritos, nunca llegarás a ser considerado un igual, porque al final siempre serás solo un empleado.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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