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OPINIÓN

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No hay un camino corto

por 13 septiembre, 2019

Felipe Alespeiti fue juzgado en el año 2009 por 107 secuestros y desapariciones. En julio de 1976 era teniente coronel de ejército, jefe del Regimiento de Infantería I Patricio y, como tal, jefe del Area II de la subzona Capital Federal. Se retiró del ejército argentino en mayo de 1977. Murió en julio pasado, mudo y senil, con la piel gris colgando, las mejillas hundidas y la mirada vacía.
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El aplauso cerrado retumbó en el solemne salón de honor de la casa central de la Universidad de Chile, con la sola mención de tu nombre. Tu rostro con esa sonrisa inconfundible ocupó la pantalla entera y decenas de claveles rojos se alzaron para saludarte esa fría mañana del miércoles 11 en un aniversario más- el número 46- del Golpe chileno. El dolor y la memoria se cruzaron, inevitablemente, al iniciarse la tercera entrega de títulos póstumos para los ex estudiantes detenidos-desaparecidos  o ejecutados políticos de esa universidad. 

María Cecilia Magnet, ex estudiante de la Facultad de Economía, fue una de las cuatro víctimas recordadas y reconocidas en esa ceremonia tan esperada, a la cual ninguno de los asistentes habría querido ser convocado.  Mi hermana no alcanzó a recibir su título de ingeniera comercial porque, junto con su marido, el médico argentino Guillermo Tamburini, fue secuestrada del departamento de la calle Córdoba 3386, cuarto piso, en Buenos Aires, en la madrugada del 16 de julio de 1976. Ella tenía 27 años. El, 32.

Sólo 40 años más tarde, la familia Magnet Ferrero pudo aproximarse a la tan anhelada justicia. El 27 de mayo de 2016, al cierre del juicio Plan Cóndor, Humberto José Román Lobaiza (de 89 años) y Felipe Jorge Alespeiti (de 87), fueron los únicos dos imputados en el secuestro y desaparición de María Cecilia, la mayor de seis hijos. El primero fue condenado a 18 años de presidio y, el segundo, a doce. Humberto Lobaiza era -para la fecha del secuestro - coronel de ejército. Se jubiló en 1980.

Felipe Alespeiti fue juzgado en el año 2009 por 107 secuestros y desapariciones. En julio de 1976 era teniente coronel de ejército, jefe del Regimiento de Infantería I Patricio y, como tal, jefe del Area II de la subzona Capital Federal. Se retiró del ejército argentino en mayo de 1977. Murió en julio pasado, mudo y senil, con la piel gris colgando, las mejillas hundidas y la mirada vacía.

Ambos ya cumplían arresto domiciliario por otros crímenes de lesa humanidad y ninguno de los dos, claro, reconoció nunca responsabilidad alguna. Bajo el pacto de silencio cómplice, se negaron a contestar la única pregunta que aún nos impide abrazar la paz: ¿Dónde están? Pese a las décadas transcurridas, la interrogante no ha perdido su urgencia, el dolor nos rompe el alma como el primer día y el insomnio nos acecha sin tregua, noche tras noche. La herida sangra y no cierra. No cierra por decreto ni con indulto. No cierra con un punto final ni con el olvido. Ni siquiera con solo desearlo. Paradojalmente, es esa herida la que nos une, en ella nos reconocemos. 

Yo soy hija del dolor y la palabra. No tengo otra joya que la memoria.  Sin ella carezco de rostro, de historia, de identidad y pasado. No puedo aprender si no he recogido ninguna lección, si no me he hecho cargo de ningún error. 

Por eso acudimos a la cita en el salón de honor de la Universidad de Chile. Porque insistimos en reivindicar los nombres y vidas de nuestros caídos. Para sacarlos del olvido, para invalidar la tesis oficial de que eran terroristas, extremistas y enemigos de la patria. Para que escuchen los que llegaron tarde o aún se niegan a creer. Para que sepan que no habrá una patria unida mientras el “drama” de los detenidos-desaparecidos no se asuma como una herida colectiva y no una tragedia personal o familiar. Hasta que ello no ocurra no será posible “dar vuelta la página” ni alcanzar la tan manoseada reconciliación. Para buscar la verdad y la justicia se debe tener la voluntad de saber y el coraje de recordar. Con perseverancia, con la memoria fresca y el amor porfiado. No basta con el dolor.

Por eso el volver a contar, a hablar, a escribir, el gesto de retomar es valioso y valiente. Recurrir a la memoria siempre duele, aunque el ejercicio lo hayamos hecho un centenar de veces. Pero, como tantos, quisiera creer que no todo está dicho ni hecho. Quisiera creer que nos reconocemos en la convicción de que los sueños son posibles, de que los milagros ocurren y que podemos torcerle la mano a la realidad. La verdad y la justicia son aspiraciones profundas, no ideas delirantes. 

No hay un camino corto ni atajos. Para llegar al Nunca Más el recorrido es largo, oscuro, lo más parecido al infierno. Pero no hay otro. Y se hace más llevadero en colectivo, con todas las manos todas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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