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Izquierda busca casa

por 30 diciembre, 2019

Izquierda busca casa

Crédito: Marcelo Pérez

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La marea de la crisis social ha removido muchos cimientos en Chile, algunos ya a mal traer. Es el caso de la izquierda histórica, aquella de las herencias ideológicas y culturales que persisten como flujos condicionantes del presente. Izquierda que se mira preguntándose qué hacer frente al caos inesperado, pero que venía incubándose en la desidia política y en el conformismo de la sola administración del poder, sin la osadía de desafiar lo inédito, de correr el riesgo que soportan los grandes conductores de la política, los gobernantes que resuelven problemas y que construyen nuevas realidades. Con eficiencia y sensatez, simples ingredientes que se pierden en el mero discurso encendido, incitante y sospechoso de demagogia para la sencilla gente, en primer lugar para sus propios militantes.

La nueva izquierda, surgida de la calle estudiantil, tampoco parece ser la respuesta a las necesidades de quienes aún no salen de la desventaja social, ni tampoco de las aspiraciones de los millones de personas que dejaron la pobreza, obra crucial de la Concertación. Como en los antiguos caleidoscopios, el Frente Amplio y sus piezas y colores se dividen y se recomponen en nuevas y amenas imágenes políticas. Sólo Revolución Democrática se presenta con el propósito de reemplazar, mediante su crítica acerba y juvenil, a la izquierda tradicional. Signo que les une a falta de un horizonte claro y perceptible.

La travesía de la izquierda tradicional no parece ser sólo un reflujo, que hasta podría prometer un retorno triunfal, más bien es una crisis existencial, es la insidia del mal oscuro de la desconfianza en sus propias razones. Es la autoestima azotada por la brutalidad de las redes maximalistas, por el desdén de jóvenes a quienes la propia izquierda ha elevado al virtuosismo de la inocencia política, por la indiferencia general de la gente que gira en torno a sus problemas, y por la sospecha abierta o latente acerca de las bases morales de los partidos políticos.

Varios fantasmas recorren los partidos de la izquierda tradicional: tensiones entre la vía institucional y la insurreccional (Lenín dixit), renovación democrática estancada, extravío del modelo socialdemócrata, condicionamiento al maximalismo partidista interno y votante, un revolucionarismo verbal que condiciona discursos y desplazamientos que deberían ser fruto de las reales convicciones de su clase dirigente.

El revés de esta visión metapolítica  ha significado la renuncia a dar un sentido a la evolución de la sociedad, a la voluntad de cambiarla gradual y eficazmente, oponiéndose sin complejos a la retórica radicalizada y políticamente infructuosa.

Estas observaciones, necesariamente someras en un artículo, podrían arribar a una conclusión altamente problemática y provocatoria: si la izquierda tradicional no puede (o no quiere) llegar al diseño estratégico de una alternativa moderna y reformista, la condición indispensable para ello es la construcción de una nueva casa para este tipo de izquierda, un domicilio político para quienes conciben así el modo de ser izquierda y que están en sus casas o allegados donde no los quieren. Una izquierda sumergida y numerosa.

La demanda de una izquierda diversa está y es posible, una izquierda en grado de ser alternativa a la realidad dura que estalló en estos meses, que pueda superar la brecha entre los problemas y la capacidad de resolverlos, que es lo que espera la ciudadanía de la política. Una izquierda que albergue en su interior las varias familias culturales y políticas que, desde esa visión, puedan hacer realidad la única vía posible y deseable para el nuevo país que asoma. Una casa de socialistas reformistas, modernos socialdemócratas, liberales de izquierda, humanistas laicos y cristianos. En fin, el área progresista que se reconoce en los valores de la igualdad, la libertad y la justicia social.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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