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Tsunami

por 5 noviembre, 2020

Tsunami
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Un tsunami poderoso recorrió a Chile en el plebiscito del 25 de octubre. Avanzó lento y tranquilo, exhalando esperanza y dignidad. Su resultado fue abrumador, pero sin el ruido ni la furia que algunos habían vaticinado en campañas del terror.

Como el agua que avanza en un tsunami, esta fue ocupando espacios vacíos, llenando calles, plazas y terrenos baldíos. Se coló por ranuras, copando canales, vericuetos y tuberías. Trató de sortear los muros, porque no quería destruir ni amenazar a nadie. Solo pretendía hablar con sus votos. El agua no obedecía a ninguno que la quisiera mandar. Su magnitud y fuerza, para sorpresa de todos, llegó casi hasta rellenar las fosas que rodean los castillos que están arriba de los cerros.

Al atardecer el tsunami retrocedió, volviendo el agua muy calma hasta su hogar. Dejó su huella húmeda y su mensaje bien impreso en la tierra.

Esa noche, muchos duendes y gigantes festejaron sin escándalo. Los gigantes –temerosos de los duendes– debieron celebrar a escondidas en sus casas, entre susurros y copas de champagne, creyéndose mandamases de esta historia. Los duendes, en cambio, bailaron juntos su esperanza de dignidad en las calles y las plazas, sin miedo y sin violencia. Los malditos delincuentes que siempre destruyen, saquean, queman todo y aguan la fiesta, se fueron enojados a emborracharse solos, porque esa noche había ganado por lejos la razón y el voto democrático. La violencia y el fuego inútil esta vez habían perdido su voz.

El resultado del plebiscito tiene una sola interpretación objetiva: la contundente mayoría mandó a hacer un proyecto de Nueva Constitución, en una Convención Constituyente, paritaria y 100% elegida. Durante 9 a 12 meses deberá acordar por 2/3 las normas de dicho proyecto de Constitución para luego someterlo a plebiscito. Punto.

Pero esa lectura es tuerta. El resultado permite hacer otras interpretaciones porque la realidad social y la subjetividad de los votantes son más complejas que un lápiz y un papel. También porque la votación fue tan mayoritaria, contundente y participativa pese a la pandemia, que parece evidente que trasciende al problema constitucional.

Los chilenos no son tontos y entienden que con el Apruebo solo dieron el puntapié inicial a un camino largo, tortuoso y algo inseguro. Pero mucho más corto, certero y duradero que la alternativa del Rechazo. También saben que una Nueva Constitución no resolverá ahora sus problemas concretos y urgentes, pero que sí facilitará en el futuro las soluciones.

Aquellos líderes políticos que advirtieron con insistencia que una Nueva Constitución no solucionará esos problemas concretos y urgentes, lamentablemente durante años han hecho poco para permitir resolverlos de manera razonable y gradual. Más bien han puesto muchos obstáculos. Si de verdad hubiesen querido concordar esos avances progresivos, estoy seguro que se habría podido y no se hubiera producido el terremoto de octubre de 2019. Pero de tanto apretar el puño, estirar el chicle y llenar el saco, aferrados de manera insólita a ideologismos que no son dogmas de fe, la historia terminó paradójicamente castigándolos. Como en ese programa de TV, ¡cayeron en su propia trampa! Les salió el tiro por la culata. Porque la abrumadora mayoría ciudadana se aburrió, prefirió cortar por lo sano y aprobar que se haga un nuevo rayado de cancha, diseñando y plebiscitando una Nueva Constitución.

Los sectores medios, bajos y transversales del Apruebo, también mandaron con el tsunami otro mensaje y mandato. Siguen necesitando ahora, de inmediato, urgentemente, soluciones concretas a esos mismos problemas reales de salud, vivienda, educación, seguridad social, empleo, ingresos, etc. No se requiere esperar para ello que se dicte la Nueva Constitución. Jurídica y políticamente no hay incompatibilidad entre estos tres ámbitos de trabajo: el del Ejecutivo, el del Legislativo y el del Constituyente. Ninguno debe paralizarse, aunque alguien del Rechazo se tiente a jugar al “¡Un, dos, tres, momia es!”.

El Gobierno debe mejorar su gestión y eficiencia ahora, no todo se soluciona con leyes y reglamentos; también con creatividad y mejor administración. El Congreso Nacional tiene que ponerse las pilas y avanzar rápido en acuerdos y aprobaciones de las leyes necesarias para solucionar tales problemas; y la Convención Constitucional debe dedicarse con exclusividad al proyecto de una nueva Constitución. Por supuesto que habrá interacciones entre dichos poderes y organismos, porque la institucionalidad y la separación de poderes en la realidad no se dividen como tajadas cortadas con cuchillo. Pero en lo inmediato, que cada uno haga bien su trabajo y resuelva los problemas urgentes de la gente, ahora.

También los ciudadanos de sectores medios y vulnerables, pidieron con su voto algo tan elemental y fácil como que se les dé un trato más humano, más digno y respetuoso. Que se les respeten sus derechos legales y no se abuse de su debilidad. No quieren se les siga menospreciando por su condición social, racial o económica. ¿Será mucho pedir?

El plebiscito fue también un tsunami de esperanza para la mayoría transversal del Apruebo. ¿Cuánto les durará ese sentimiento de esperanza? No sabemos. Quizás muy poco. La esperanza es un sentimiento precario, fugaz y fácil de frustrar. La esperanza no es optimismo. Es solo un sentimiento pasivo que alberga una expectativa volátil, una ilusión, que espera algo mejor, pero lo espera de otros. Si no avanzamos rápido, la esperanza se puede esfumar. Si no procesamos y resolvemos las fallas geológicas y estructurales que están detrás de la frustración y la injusticia, habrá nuevos terremotos como el 18/O, y a raíz de estos nuevos tsunamis como el plebiscito del 25/O de este año. No existen los tsunamis sin un previo terremoto, y no existen terremotos sin fallas geológicas y movimientos de placas tectónicas.

Y si continuamos haciéndonos los locos, asustándonos con los terremotos e impactados con tsunamis, haciéndonos los locos y tratando de sanar la enfermedad a punta de paracetamoles y parches curitas, un cataclismo se vendrá sobre nosotros y que Dios nos pille confesados.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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