domingo, 21 de abril de 2019 Actualizado a las 15:00

Yo Opino

Las hijas del rigor

por 24 septiembre, 2018

Las hijas del rigor
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Hace tiempo reflexiono internamente sobre el papel que el Estado debe jugar en la vida de las personas, cuestión que me preocupa en extremo debo decir.

Hoy, luego de décadas de la caída de los metarrelatos; luego de décadas del fin de las dictaduras latinoamericanas de finales del siglo pasado; después de décadas de las revoluciones culturales de los ‘60, ‘70 y ‘80, y sobre todo, luego de décadas del triunfo del neoliberalismo por sobre los Estados de Bienestar (sobre algún/os Estados de este lado del mundo), veo un panorama tan complejo como desolador.

El título de esta reflexión no se refiere a las hijas del rigor académico o político, al menos de la política partidista que casi siempre (por no decir siempre), está liderada por las elites de una sociedad. Tampoco se refiere a las hijas del rigor de ninguna disciplina que se tenga en alta valoración y visibilización social. El título hace referencia a aquellas mujeres que sufren el rigor de vivir en las sombras o en la periferia de lo social, mujeres que viven al filo de la invisibilidad, para las cuales el sistema imperante es sólo una cárcel rutinaria de tareas para subsistir.

En la década de los trending topic y los influencers, estas realidades sin acceso a los medios de comunicación no existen. En esta inexistencia social, estas mujeres son víctimas de la desigualdad, la corrupción y la acumulación de poder de la forma más severa y despiadada que pueda existir. La sociedad es violenta y esta violencia se vive en cada acción, en cada acto de relación social, de sobrevivencia. El hecho más común, como tomar locomoción colectiva en una ciudad para una persona medianamente integrada, se vuelve un acto que las agrede y les recuerda su lugar. Ante estas realidades, los demás “rigores sociales” empalidecen, casi se ridiculiza el sentido de la palabra.

Vivimos en la naciente época de las redes sociales. Digo naciente, a pesar de que llevamos algunas décadas viviendo con ellas, pues la sensación de realidad virtual hoy día toma un sentido mucho más profundo… y que huele bastante podrido si me permiten decir. Esto último, porque como ya muchos han reflexionado, la transformación social y cultural es tan rápida, sin mayores normas, ni filtros, ni reflexión sobre los efectos finales, que todo nos lleva a imaginar un mundo para el cual nunca estuvimos preparados.

En este torbellino de transformaciones se encuentran las hijas del rigor, las excluidas, las que con suerte conocen la palabra democracia ligada a las elecciones de autoridades, ya que sólo en este derecho, que sólo es un trámite para ellas, “esta palabra” cobra sentido. Luego se desvanece en eternos días de trabajo que a veces podemos ver en las redes sociales en algún “meme o noticia” compartida por algún “amigo” que hace referencia a alguna mujer muerta en las calles, muchas de ellas de avanzada edad que gracias al sistema en el que vivimos nacen y mueren sin descanso, muchas de ellas abusadas desde niñas.

El rigor de ser mujer y pobre esconde problemáticas duras que muchos Estados desconocen porque no logran llegar a estas realidades. Es la discriminación indirecta la que condena a estas mujeres desde el nacimiento. El discurso del mérito no tiene sentido alguno cuando es el Estado el discriminador.

Si bien la sociedad civil presta ayuda y es la resistencia en muchos casos, no alcanza, tampoco les corresponde del todo este papel, a pesar de que lo toman como una batalla propia y diaria. ¡Qué haríamos sin ellos!

Mientras todo esto se desarrolla en la sociedad actual, las hijas del rigor social y de la exclusión  continúan sus vidas destinadas a trabajar en lo que salga, con limitados accesos a una educación mediocre que no les garantiza movilidad social, es sólo un trámite más con el que hay que cumplir de acuerdo a la edad.

Invisibles para una gran mayoría, la rigurosa realidad de estas mujeres está ahí, existe y personalmente me duele ver que los discursos pocas veces se transforman en hechos, y que las voluntades no alcanzan.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Más información sobre El Mostrador