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Cultura - El Mostrador

Crítica de cine: “La memoria del agua”, el silencio de la culpa

por 31 agosto, 2015

En su sexto largometraje de ficción, Matías Bize vuelve a concentrarse en los mismos tópicos estéticos y audiovisuales, de sus cintas anteriores: el análisis de la pérdida (en el contexto de una relación amorosa y erótica de pareja), relatado bajo la expresividad técnica de los primerísimos planos y de una cámara en mano. La novedad, en esta oportunidad, serían la forma “parcializada” de narrarla, y la presencia, en el elenco actoral, de la talentosa intérprete hispana, Elena Anaya.
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“Tememos al silencio sobre todo. / Hay redención en una simple voz. / Sin embargo, el silencio es infinito / y carece de rostro”.

Emily Dickinson, poema 1251

En el panorama del cine chileno actual, Matías Bize (36 años, Santiago, 1979) es uno de los pocos autores que tiene un sello, una firma y un estilo fílmico, propios. Si hasta podríamos afirmar que sus películas son los capítulos de una misma novela audiovisual, basada en los conflictos, los quiebres y en los reencuentros sentimentales, de hombres y mujeres que, en sus seis créditos hasta la fecha (uno en dirección compartida), han sido reinventados y personificados, por diversos actores. Algunos, se han repetido en el honor.

De esta manera, y luego de cinco años de trabajo y de silencio -en cuanto a lanzamientos, se refiere-, el realizador santiaguino acaba de estrenar en el reciente Sanfic 11, La memoria del agua (2015), una obra protagonizada por el chileno Benjamín Vicuña y por la española Elena Anaya.

La cinta comienza en el instante mismo de la separación entre Javier (Vicuña) y Amanda (Anaya), a causa de un despojo, trágico e irreparable, que les ha sacudido la existencia que llevaban en común. Ese quiebre, lo utiliza Bize, para empezar a relatar (a través de la cámara), la vida íntima, después de esa ruptura, tanto de él, como de ella, pero centrado un poco más en la soledad, en la tristeza y en la desorientación, del integrante masculino de ese extinto vínculo amoroso. Estamos situados en Santiago de Chile, aunque podríamos encontrarnos en cualquier otra ciudad moderna y populosa, donde se hable mayoritariamente el castellano, y los vehículos transitan en espectaculares autopistas.

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En ese contexto dramático, el director empieza a desarrollar su pensamiento estético y cinematográfico: primeros y primerísimos planos, ángulos fotográficos cerrados (con una que otra concesión, por supuesto), y una cámara que se mueve con la realidad y la “imprecisión”, en ocasiones, de un foco y un lente, portados en mano. Otro detalle audiovisual digno de anotar, es que para efectos espaciales y ambientales, el tiempo narrativo de la cinta, se extiende entre el otoño, y lo que parece ser la primavera de una misma temporada; con el posible estímulo afectivo y sensorial que esa situación representa tanto para los personajes, como sobre la visión que se hagan del asunto, los espectadores instalados en la butaca de una sala de cine.

La elección de Matías Bize por esta forma de expresar audiovisualmente sus motivaciones artísticas y temáticas (los rostros de los personajes, abarcan y prevalecen en casi la totalidad del encuadre), equivalen a un recurso de crear una puesta en escena, ya detectable en el realizador chileno desde su ópera prima: Sábado (2003), y reiterada en títulos como En la cama (2005), Lo bueno de llorar (2006), este último uno de sus créditos más audaces, creativamente hablando; y en La vida de los peces (2010), ganadora de un premio Goya a la Mejor Película Hispanoamericana, hace más de cuatro años (2011).

Asimismo, un factor de análisis preponderante, deviene de la relación rastreable, en esta oportunidad, entre los elementos de montaje y de guión (en un texto escrito por el mismo director). El relato se manifiesta de una forma parcial y fragmentaria, en un rompecabezas que, sin ser inconexo ni mucho menos fallido, a veces tiende a detenerse en instancias argumentales de escasa trascendencia para efectos de evaluar y sopesar el grosor dramático de la trama, en una perspectiva de conjunto. Las técnicas de montaje se presentan al servicio de esa pretendida reflexión: unir momentos pequeños y en apariencia mínimos, pero importantes (en la idea del realizador), con el objetivo de ofrecer una narración plena en sus interpretaciones fílmicas y artísticas.

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En cuanto al contenido y a la calidad literaria del discurso conductor (el libreto), debemos reconocerle sus aptitudes a Matías Bize para el cultivo del género: diálogos rápidos y tiempos cinéticos bien armados, una planificación secuencial ordenada y coherente, empañados, es obligación escribirlo, por ciertas frases hechas y coyunturas predecibles, lamentablemente, en el desenlace definitivo de la historia.

Ahora, en un argumento en el que parecen suceder hechos nimios, de carácter afectivo y psicológico -en el ánimo de los personajes-, antes que externos, o propios de una accionar visible e incontrarrestable, el desempeño de los actores resulta casi vital y un factor decisivo, al segundo de calificar y enjuiciar nuestra apreciación de La memoria del agua.

La pareja profesional compuesta por Benjamín Vicuña y Elena Anaya, en efecto, son los exclusivos protagonistas en el drama de este largometraje. El primero, apoyado en sus atributos técnicos naturales (su físico, su prestancia, su presencia), si bien construye un rol creíble y de una condición aceptable para las ambiciones de este filme; peca en su labor (me circunscribo a un juicio general de su biografía interpretativa), a la debilidad de entregar la impresión de estar encarnando siempre un mismo papel.

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Para nada es un mal actor (entre los chilenos de su generación no tiene competencia a la hora de plantarse frente a una cámara), lo que pasa es que siempre hace de él, o de un tipo gestual, anímico y expresivo, comprobables en cada uno de los caracteres que le ha correspondido abordar (en el plató de una obra cinematográfica), desde que la fama y el éxito le sonríen.

Elena Anaya, por su parte, reafirma su estatus de superestrella de la filmografía castellano parlante: quizás, estamos en presencia de la reemplazante natural de Penélope Cruz, y su salto a Hollywood, parece inminente, sólo cosa de un breve período. Amén de ser una mujer atractiva, sus cualidades de personificación dramática resultan irrefutables: llora y nos conmovemos, se ríe y nos alegramos.

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La memoria del agua es una cinta sólo correcta, de un nivel y categoría por encima del promedio nacional, sin duda. Pero ojo, cuidado: después de un lapso de cinco años sin rodar una película, y luego de vencer en los Goya (un preciado galardón para los cineastas hispanos), se esperaba algo más de este Bize, ya definitivamente adulto, y con todas sus credenciales a la vista. Se agradecen, sin embargo, su profunda sensibilidad para pensar artísticamente en las fluctuaciones y en las diversas etapas del amor erótico, entre un hombre y una mujer; un tema, en donde sigue, en Chile, por lo menos, siendo único, exótico y un nombre propio, particular e imprescindible.

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