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República y republicanos....

por 8 febrero, 2020

República y republicanos....
Allí donde la República se ha clausurado, la democracia funciona solo como mito. Es la democracia la que asegura que la separación de poderes no sea una farsa, como ocurrió durante la dictadura y tal como se asoma el poder del Ejecutivo por la boca del Tribunal Constitucional. Es la profundidad de la democracia la que asegura que el Estado fragmentado mantenga una unidad esencial. La cohesión social no viene del Estado ni de los mercados que genera, viene de las comunidades y de la comunidad de las comunidades.
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Quizá la nueva Constitución se llamará Constitución Democrática de la República de Chile. Si es así, será porque privilegia la soberanía del pueblo por sobre la que se radica en las instituciones. La gente prevalece por sobre la burocracia. La Nueva Constitución no será un diseño del Estado que concede derechos desde la altura a la población, será una descripción del vínculo entre las personas, el pueblo y las instituciones. La Constitución será la exposición de los enlaces entre el pueblo y sus creaturas económicas y estatales.

Se intentará recuperar la soberanía del pueblo, sobre la deriva desastrosa de las instituciones libradas a las distorsiones acumuladas en su historia y, a lo inexpresable de la corrupción. La democracia y la República se suponen la una a la otra, pero marcan énfasis distintos. Una en la separación de los poderes del Estado y la otra, en la soberanía popular sobre los poderes del Estado.

Allí donde la República se ha clausurado, la democracia funciona solo como mito. Es la democracia la que asegura que la separación de poderes no sea una farsa, como ocurrió durante la dictadura y tal como se asoma el poder del Ejecutivo por la boca del Tribunal Constitucional. Es la profundidad de la democracia la que asegura que el Estado fragmentado mantenga una unidad esencial. La cohesión social no viene del Estado ni de los mercados que genera, viene de las comunidades y de la comunidad de las comunidades.

Una Corte, un Estado cortesano. Cada sección de poder, cada pasillo y cada cocinilla puede prevalecer en su mínimo ámbito, aunque sea para impedir que otras soberanías se expresen en su territorio. Se pueden cambiar las autoridades pero no la arquitectura que las cobija. En los túneles tejidos bajo las murallas chinas, la ausencia de controles populares, la superposición entre poderes y solidaridades excluyentes, vuelven a la República una pantalla del régimen aristocrático realmente existente.

Si entendemos esto, veremos que el conflicto que enfrentamos no es el de la pacificación de la gente del pueblo, sino el de la reintegración del Estado a sus deberes con la comunidad.

Los que ponen un énfasis unilateral en la República se pasan de largo de la democracia como de un incidente menor en la historia del régimen político. Desde ese punto de vista, lo que ha pasado en Chile desde octubre es incomprensible, arbitrario y perverso. Es como si una voluntad de barbarie se hubiera apoderado de la gente y la hubiera convertido en masa y luego en turba desatada. Es como si el pueblo en su vuelo fuera cogido de los brazos por el ángel de la maldad y usado como máscara de la realización de su tarea de destrucción.

Hay una izquierda que se hace partícipe de la frustración juvenil con la democracia y cuando no la descalifica, sueña con encontrarse directamente con la derecha en el scrum del rugby, donde los machos se manosean de manera gozosa y sin más regla que la fuerza.

Necesitamos reponer la dignidad simbólica de la democracia. Hacerlo desde las movilizaciones callejeras, los cabildos, los coloquios y los grupos de conversación en las plazas. Necesitamos especificar el doble carácter de la democracia que queremos: representativa y participativa.

Los republicanos que evaden la palabra democracia, ven al pueblo y a sus integrantes como masa apiñada en metros, buses y vitrinas de los moles. Bastaría poner la pelota en el piso, jugar a ras del suelo y retomar el debate donde lo habíamos dejado: en unos dólares más, en las cuotas de parlamentarios, ediles y otras colinas del poder, en la responsabilidad del votante, en la satisfacción del consumidor, en la repartición de los minutos de franja y en la "solucionática" general. Liberales y anarquistas puros se desinteresan de la democracia en nombre de una libertad "salvajemente individualista".

Para los republicanos a secas, la democracia sería la distancia precisa de un abismo entre el pueblo y los gobernantes. Lejanía en que las autoridades pueden trabajar sin ser interrumpidas por movimientos sociales y, donde pueden conversar entre ellas sobre la mejor manera de beneficiar al tercero ausente que representan. Lo que se adelgaza junto con la democracia, es la República, que se convierte en un sistema de pasadizos secretos entre un sinfín de poderes que se traban como lenguas atropellándose.

Una Corte, un Estado cortesano. Cada sección de poder, cada pasillo y cada cocinilla puede prevalecer en su mínimo ámbito, aunque sea para impedir que otras soberanías se expresen en su territorio. Se pueden cambiar las autoridades pero no la arquitectura que las cobija. En los túneles tejidos bajo las murallas chinas, la ausencia de controles populares, la superposición entre poderes y solidaridades excluyentes, vuelven a la República una pantalla del régimen aristocrático realmente existente.

Volvamos entonces, decididamente, a inventar la democracia de las mujeres, los niños y niñas, los viejos, las trabajadoras, los informales y los emprendedores. El sentido de la democracia es dar un aliento común a cada uno en el todos y todas que solo la democracia permite ir contemplando e integrando.

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