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Plebiscito de salida y polarización: más divididos por ideología e identidad que por la propuesta de cambio constitucional

por 28 junio, 2022

Plebiscito de salida y polarización: más divididos por ideología e identidad que por la propuesta de cambio constitucional

Crédito: Agencia UNO

Nos encontramos de este modo en un sistema político con niveles muy elevados de polarización afectiva, que seguro ha crecido en estos últimos meses. Los datos de diversos estudios de opinión pública desde hace un año vienen evidenciando lo anterior: las acciones, discursos, estilos y prácticas de algunos convencionales han contribuido al aumento del actual clima de polarización. Esta valoración crítica del proceso constituyente, más que del resultado, probablemente explique el incremento de la opción Rechazo entre la opinión pública encuestada.
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A poco más de sesenta días para el plebiscito de salida, comienzan las elucubraciones acerca de lo que hay de fondo en la decisión que se tomaran el próximo 4S. Algunos han estirado, más allá de lo que el rigor académico aconseja, la idea de que estaríamos en presencia de un nuevo clivaje, tal como ocurrió en 1988 entre dictadura versus democracia. Los datos de que disponemos no permiten afirmar lo anterior. Lo concreto es que, más allá de la interesada voluntad interpretativa, no estamos hoy en una fractura del tipo neoliberalismo y antineoliberalismo o entre Estado versus mercado. Más bien, lo que observamos es la existencia de una brecha política profundizada por el actual clima de polarización afectiva, tributario de lógicas ideológicas e identitarias.

La actual disputa no tiene que ver con un Estado social de derecho, con un sistema de salud y de pensiones digno y de provisión pública o con la defensa del medio ambiente, la descentralización política, la interculturalidad y paridad. Si estas cuestiones se votaran por separado, el resultado sería probablemente algo más parecido al del plebiscito de 2020. Pero el proyecto de texto constitucional se debe votar como un todo. En algunas de las partes –muchas o pocas, no está del todo claro– surgen dudas y en número creciente, a juzgar por la opinión pública encuestada, diferencias que nos empiezan a dividir peligrosamente.

Lo cierto es que estamos mucho más polarizados respecto a cuestiones identitarias que sobre decisiones públicas concretas o a preceptos constitucionales. Estas discrepancias responden no a un clivaje sino a una brecha política. Esta se caracteriza por un proceso de agudización de los antagonismos entre ciudadanos en dos grandes bloques, en virtud del cual los potenciales votantes de uno de los bloques no solo rechazan votar al bloque opuesto, sino que, además, perciben a sus líderes, y a sus votantes, con animadversión y desconfianza, y tienen impresiones falsas sobre las creencias y opiniones de los votantes del otro bloque, a los que consideran adversarios. La conceptualización de brecha política combina tres dimensiones, identidades, percepción y polarización, como elementos o características definitorias de la misma.

De manera creciente observamos cómo en muchas democracias se ha ido configurando un tipo de conflicto basado fundamentalmente en identidades básicas, centrado en el discurso de las causas, que nos aleja de discusiones sosegadas sobre los problemas públicos y sus soluciones. Esta lógica lleva a que las personas adopten posiciones identitarias que estrechan los márgenes de las preferencias. En la política chilena actual, lo anterior se ha expresado en una suerte de entendimiento entre grupos e intereses minoritarios y fuerzas políticas que se han autoimpuesto como objetivo político/electoral avanzar en la satisfacción de demandas identitarias. La disputa identitaria está permeando la política, generando la actual brecha política. Este no es un fenómeno local. Fukuyama, en su libro Identidad (2019), planteó que la política de la identidad es el lente a través del cual se miran hoy los problemas sociales y la política a nivel global.

El actual proceso constituyente ha estado marcado por un discurso identitario caracterizado por la presencia, en la Convención, de múltiples movimientos contra las elites que han buscado ser atendidos por las instituciones del Estado, los medios de comunicación y la opinión pública. Está por verse el resultado de esta demanda de reconocimiento de identidad que ha quedado fuertemente plasmada en el proyecto de nueva Constitución y que está en la base de las actuales tensiones políticas.

Este proceso, profundizado por el efecto burbuja o de cámara de eco de las redes sociales, está inundando de un clima tóxico el debate político. Esta percepción crítica –marcada por la disputa identitaria– es generadora del antagonismo político que se traslada a los medios de comunicación y a los espacios de socialización cotidianos, como el trabajo, los amigos o la familia. Dicho proceso agudiza la brecha de percepción que se expresa, por ejemplo, en que los partidarios del Apruebo desarrollan impresiones falsas sobre las opiniones de los votantes del Rechazo. Esta distorsión en las percepciones de la posición que se tiene de los “otros” respecto a temas diferentes del debate público, podría ser un potenciador, a su vez, de la brecha de polarización.

La polarización surge en forma de respuesta emocional hacia personas que pertenecen a grupos distintos de aquellos con los que nos identificamos. La literatura muestra cómo parece estar cobrando fuerza la idea de polarización afectiva, que responde a cuestiones identitarias y emocionales que no se correlacionan necesariamente desde un punto de vista ideológico.

Nos encontramos, de este modo, en un sistema político con niveles muy elevados de polarización afectiva, que seguro ha crecido en estos últimos meses. Los datos de diversos estudios de opinión pública desde hace un año vienen evidenciando lo anterior: las acciones, discursos, estilos y prácticas de algunos convencionales han contribuido al aumento del actual clima de polarización. Esta valoración crítica del proceso constituyente, más que del resultado, probablemente explique el incremento de la opción Rechazo entre la opinión pública encuestada.



De este modo el actual clima de polarización afectiva que experimenta nuestra sociedad, en el que cada cual se aferra a sus identidades, choca con cualquier posibilidad de que nos escuchemos unos a otros, lo que impide que haya espacios para posiciones intermedias y alcanzar consensos. Nos encontramos, de esta manera, en un escenario cada vez más caracterizado por la no disposición de los ciudadanos a sacrificar sus inclinaciones identitarias e ideológicas en aras de lograr un bien común.

Tal vez la clave sea dejar atrás el momento deliberativo –marcado por las lógicas identitarias e ideológicas– y aprovechar la venta de oportunidades que abre el actual momento interpretativo, para hablar de políticas como medio para bajar la tensión que aumenta cuando se apela a las identidades. Hay que dejar de apelar a las identidades para volver a hablar de política

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