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Un fantasma recorre el ministerio

por 11 abril, 2006

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Un fantasma de naftalina recorre el Ministerio de Hacienda desde hace treinta años.



Es el olor que se desprende de las estrategias añejas, de las tácticas caducas, de los proyectos vetustos y no es sólo porque Hacienda ha sido la trinchera de los que siempre han controlado el capital en nuestro país.



Los ministros parecen clones. Han estudiados en los mismos colegios particulares, han asistido a las mismas Universidades, todos han viajado al extranjero de donde han regresado con magíster y doctorados de las universidades gringas. Anitat, Foxley, Eyzaguirre, Velasco. La derecha los aplaude. Elegantes, delgados, inteligentes y ambiciosos. ¿Y donde están los morenos de ideas claras?



En el periodo del Presidente Patricio Aylwin se justificó conservar el modelo de desarrollo afirmando que no se podía correr riesgos. En los primeros años, la oposición apostaba que el país se iría a la ruina en mano de la Concertación. El fracaso económico se asimilaba al fracaso de la democracia, una democracia que había costado mucho recobrar. Y se debió postergar las legitimas aspiraciones de los trabajadores y los empresarios siguieron por carreteras expeditas donde continuaron con éxito una estrategia exportadora de materias primas y de productos agrícolas sin valor agregado, donde la mano de obra barata era una ventaja comparativa frente a la competencia.



Y la naftalina continuó siendo el aroma que se desprendía de los alfombrados despachos del Ministerio. La ortodoxia de la Economía de Mercado llegó a su clímax. La Concertación se convirtió en un eficiente administrador del modelo económico heredado de la derecha. Los empresarios, al principio en forma lenta, en un rasgo de desconfianza supina, llegaron a entender que tenían un nuevo socio, más confiable y seguro que el anterior. Y todos los felices continuaron felices. La concentración de la riqueza se aceleró y hasta la Iglesia protestó frente a tanta iniquidad.



Los doctores en economía, como modernos demiurgos, le cambiaban el nombre a las cosas y, con palabras técnicas, afirmaban que la macro economía del país alcanzaba logros extraordinarios. Ä„Y los ignorantes no se daban cuenta de lo bien que estábamos! El modelo era perfecto, los Ministros eran perfectos, y ante tanta perfección sólo cabía rendir la pleitesía que la autoridad exigía. ¿Cómo se atrevían algunos desatinados a protestar?



No obstante, no hay ideas nuevas sino los mismos conceptos añejos disfrazados por los sastres económicos. Hay temor a la innovación, terror a la imaginación. Se confunde el PIB y el ingreso per cápita con el bienestar social. Y los insatisfechos aún esperan. La verdad es que la única vez que el pueblo entró al Ministerio de Hacienda lo hizo con Salvador Allende, de manos del partido comunista. Fue la única vez que los trabajadores manejaron la hacienda del país. Los Ministros no eran ni elegantes ni delgados. La Derecha se indigestó ante tamaña audacia y desbarató el sistema productivo.



Pero a pesar del olor a naftalina que adormece el criterio, hay una verdad irrefutable: para ser un buen ministro no es necesario ser doctor en economía, basta un equipo de tecnócratas capaz de instrumentalizar acertadas medidas políticas. Lo que se requiere es saber que beneficia al pueblo y convertir a ese conocimiento en la real meta del país. ¿Y donde están los morenos de ideas claras?



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Eduardo Soto. Abogado y escritor

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