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Igualdad de oportunidades también en la educación rural

por 28 abril, 2013

Un segundo tema no menor, tanto cuando se genera el tránsito campo – pueblo como la migración intercomunal, se relaciona con los costos psicosociales que enfrentan los estudiantes al pasar a la media (o cuando finalizan sus escuelas básicas rurales en 6º básico) cuando experimentan la vivencia del internado –cuya oferta y calidad de equipamiento parece ser insuficiente en varios casos-. En esos espacios, los jóvenes resultan escasamente considerados y apoyados en las dificultades del alejamiento familiar y el desarraigo cultural. Esto último cobra especial énfasis en quienes poseen ascendencia o provienen de comunidades indígenas.
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Es la educación de la que prácticamente nadie habla. Ni siquiera aparece en el debate sobre calidad y equidad que cruza todos los sectores políticos y demandas ciudadanas del último tiempo. En un año marcado por la carrera hacia La Moneda tampoco forma parte de los lineamientos de los programas de gobierno de los precandidatos presidenciales, que han centrado las definiciones y políticas sobre educación, por lo menos comunicacionalmente, en torno a discusiones sobre lucro, gratuidad y financiamiento.

En el marco del movimiento estudiantil que viene avanzando desde 2011 casi sin interrupciones, y los debates que los secundarios levantaron alrededor de su propuesta de calidad y equidad en el sistema escolar; vale la pena detenerse para llamar la atención sobre lo que está sucediendo hoy con nuestra educación rural. Basta con solo agudizar un poco la mirada para notar que ésta continúa siendo un aspecto de la educación chilena invisibilizado de los diagnósticos, demandas y ejes de política pública que se han estado discutiendo desde hace dos años.

Pero para comprender, es necesario informarse. Para despertar, al menos la inquietud de quienes piensan y hacen la educación en Chile, es importante aportar con antecedentes que reafirmen la causa. Vamos por parte entonces. Según datos del Ministerio de Educación (Mineduc), 64% de los establecimientos del país se ubica en zonas urbanas y 36% en zonas rurales. Estos últimos acogen a solo un 9% de la matrícula total, porcentaje que baja a 4% en la enseñanza media.

Un segundo tema no menor, tanto cuando se genera el tránsito campo – pueblo como la migración intercomunal, se relaciona con los costos psicosociales que enfrentan los estudiantes al pasar a la media (o cuando finalizan sus escuelas básicas rurales en 6º básico) cuando experimentan la vivencia del internado –cuya oferta y calidad de equipamiento parece ser insuficiente en varios casos-. En esos espacios, los jóvenes resultan escasamente considerados y apoyados en las dificultades del alejamiento familiar y el desarraigo cultural. Esto último cobra especial énfasis en quienes poseen ascendencia o provienen de comunidades indígenas.

Y es aquí, al profundizar, cuando comenzamos a preocuparnos, porque aun cuando las cifras de matrícula en zonas rurales sean y parezcan menores, tras ellas se esconden realidades discursivamente selladas por la frustración y la desazón. Se trata de estudiantes que presentan resultados de aprendizaje más bajos que los de zonas urbanas, tienen mayores indicadores de deserción, que además se produce a una edad más temprana, y a nivel general, presentan menores  niveles de escolaridad que los de la población urbana.

Como ocurre con gran parte de chilenas y chilenos, las expectativas sobre la educación y el nivel de escolaridad a alcanzar son en el campo, tan altas como en cualquier otro lugar del país, y la mayoría de los estudiantes desea también, completar estudios superiores. El acceso a la educación, principalmente en el paso a la enseñanza media, se traduce en el deseo de muchos jóvenes, de avanzar más que sus padres. Por otro lado, no es menor que para gran parte de esas familias, el valor de la educación es calibrado como la única herencia que pueden dejar a los hijos.

No obstante, estas expectativas y aspiraciones chocan con el fuerte imaginario presente en el discurso de familias y estudiantes respecto de la distinción entre la educación urbana y rural, en que se reconoce a esta última como de baja calidad y exigencia. Al mismo tiempo, se manifiesta una  auto percepción negativa sobre la preparación con que se egresa y las menores oportunidades que, por tanto, les abren hacia el futuro. Esta apreciación de la calidad de la educación rural que reconocen las familias y los estudiantes, no debe confundirse con una menor satisfacción con sus escuelas.

En la enseñanza básica, la elección del establecimiento se lleva a cabo por cercanía y los estudiantes acuden a los establecimientos de sus localidades, a los que asisten como parte de una tradición familiar.  Además, los profesores de estas escuelas, algunos más viejos, otros más jóvenes, ocupan un rol central en el desarrollo de los escolares, otorgándoles afecto, protección y motivándolos a continuar sus estudios.

Las escuelas adquieren así, un valor comunitario y afectivo que debe ser tomado en cuenta al momento de favorecer políticas de cierre y fusión de escuelas, como las que sí han rondado en momentos anteriores el debate sobre el futuro de este tipo de educación.

Cabe notar que, adicionalmente, al pasar a la enseñanza media, los estudiantes y familias de localidades rurales se enfrentan a importantes desafíos. A la sensación de menor autoeficacia y preparación entregada por sus establecimientos, se añade la limitada oferta educativa de liceos en las zonas y comunas de carácter marcadamente rural. Las alternativas que tienen las familias son pocas. En algunos casos carecen de pertinencia, en otros son desvalorizadas por diferentes factores, a lo que se suma la baja información que disponen sobre los liceos de sus comunas y de las vecinas, así como, en gran parte de los casos, las debilidades para distinguir entre la calidad académica de las escuelas.

Ahora bien, cuando peor es la visión de la oferta disponible, mayor es el empuje a migrar hacia otras comunas, donde observan mejores expectativas de acceso oportunidades y educación de calidad. Sin embargo, los costos y la concreción de las aspiraciones de migración a centros urbanos o comunas cercanas solo son factibles para quienes cuentan con los medios para hacerlo, generando desesperanza en quienes no tienen esta posibilidad y deben permanecer en “el” liceo de la comuna que no los convence.

Un segundo tema no menor, tanto cuando se genera el tránsito campo – pueblo como la migración intercomunal, se relaciona con los costos psicosociales que enfrentan los estudiantes al pasar a la media (o cuando finalizan sus escuelas básicas rurales en 6º básico) cuando experimentan la vivencia del internado –cuya oferta y calidad de equipamiento parece ser insuficiente en varios casos-. En esos espacios, los jóvenes resultan escasamente considerados y apoyados en las dificultades del alejamiento familiar y el desarraigo cultural. Esto último cobra especial énfasis en quienes poseen ascendencia o provienen de comunidades indígenas.

Ante la clara persistencia de brechas en los indicadores de calidad y equidad educativos de las zonas rurales, los desafíos y problemáticas adicionales que enfrentan las familias y estudiantes, y la distancia que existe entre sus expectativas y las limitadas posibilidades a futuro, precisan de encarar y debatir una reforma amplia y sustantiva hacia la educación rural. Hoy se hace urgente insertarla y visibilizarla al interior de los debates de política educativa, especialmente cuando los comandos de candidaturas presidenciales se encuentran definiendo las líneas programáticas de sus campañas. Parece ser cada vez más apremiante entonces, generar orientaciones y respuestas que fortalezcan su calidad y permitan que los estudiantes que allí se educan, accedan a similares oportunidades que sus pares de la ciudad, promoviendo de esta manera, la equidad dentro del sistema escolar.

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