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La filosofía a la medida de los conocimientos

por 20 enero, 2015

A fin de cuentas, la Filosofía será útil en la medida que muestre a los hombres, inmersos en la contingencia de cualquier época, que ante cualquier tradición o cambio, su bienestar o malestar dependerá de lo que conocemos e ignoramos, haciendo de todo el resto ¡materia de olvido!
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La evidencia nos dice que hace 300 mil años aproximadamente, los homínidos se abrieron paso en la Tierra tras de una larga línea de herencias y accidentes genéticos que desde entonces tardó, aproximadamente, 3.700 millones de años en llevarse a cabo. Según la biología evolutiva, el juego de la vida en la Tierra –no conocemos formas de vida en otros planetas, (¡de momento!)– sigue una regla bastante simple: los genes se heredan y en algún punto del camino sufren accidentes, y dependiendo de la adaptación al ecosistema de dichas especies accidentales, sus genes podían heredarse (apareándose, claramente). Bajo esta sencilla regla, la vida ha evolucionado de forma itinerante desde entonces.

La verdad es que antes del siglo XIX no se creía lo mismo, ¿será porque no había muchas evidencias para creer en ello? No sé… Pero sin ir más lejos, para los católicos, la Tierra la creó Dios en 6 días y con descanso dominical, y algunos en la actualidad aún tildan de “verdadero” algo como esto. Así, entonces, bajo esta misma matriz de enunciados que sentencian que el mundo es de una determinada manera, un montón de filosofías y conocimientos han existido desde que el humano es, formulándolos con la ayuda del lenguaje e inmortalizándolos con la escritura posteriormente.

A fin de cuentas, la Filosofía será útil en la medida que muestre a los hombres, inmersos en la contingencia de cualquier época, que ante cualquier tradición o cambio, su bienestar o malestar dependerá de lo que conocemos e ignoramos, haciendo de todo el resto ¡materia de olvido!

Menos mal que durante la pequeña gran historia de la humanidad han existido humanos que producto de su ingenio y sentido crítico de lo que es “verdad” y “falsedad”, fueron desarrollando un sinfín de técnicas (incluidas las del razonamiento) y develando conocimientos que nos han permitido sobrevivir, como hemos podido, hasta hoy. Quizá sólo haga falta revisar un poco la historia del pensamiento occidental para notar que todo parece indicar que las ideas, más allá de su verdad o falsedad (además de prácticas y valorizaciones) siguen la misma regla de la evolución de la vida. Es decir, muchas se heredan y en el algún punto del camino sufren accidentes y, dependiendo del contexto social y político en que se dan, podrán heredarse generacional o incluso horizontalmente, entre pares. Bueno, a esto es lo que llamamos cultura, o nomos antiguamente, información transmitida por aprendizaje social entre seres humanos. En fin…  

En este sentido, si las nuevas especies son capaces de sobrevivir a su ambiente y el mero hecho de sobrevivir produce que su ambiente cambie. Entonces, las nuevas ideas tienen el mismo efecto, sólo que en las conductas de los hombres y, por asociación, en los fundamentos de sus sistemas sociales, políticos y ambientales. ¿De qué fiarnos entonces, si durante la historia del hombre muchas majaderías cognitivas han sido disfrazadas de “conocimiento” y racionalizadas, más no razonadas, como “verdades”, sin que hayan satisfecho su correspondencia con la realidad para demostrarse? Recogiendo el ejemplo anterior (el mundo en 7 días), ejemplificamos esta interrogante. Llegados a este punto cabría preguntarse: ¿qué rol juega la filosofía en todo este enredo?

Personalmente, considero que el rol de la filosofía no es buscar un sentido a la vida, pues ésta como el universo no parecen tener sentido alguno. Esto no quiere decir que cada persona no pueda darle a su vida un sentido ni mucho menos. Tampoco debiera ser rol de la filosofía rumear y rumear pensamientos de otros con el fin de rumearlos con los propios hasta el punto de disfrazar las palabras con sus antónimos y llegar a nuevos y enigmáticos designios. Como bien lo hizo Habermas y todo el idealismo alemán, por ejemplo. En tal caso, es preferible dedicarse a la poesía o la literatura e inventar nuevos o posibles mundos. La ficción, al igual que los sueños y los deseos, más bien cualquier cosa que sea producto de la imaginación, son sin lugar a dudas más gustosos, provechosos e intelectualmente nutritivos cuando se sabe que son ficción, sueños y deseos. Sólo hace falta leer La transfiguración del lugar común de Danto para aprender aquello. Así lo hizo Carroll para enseñarle a hablar a Alicia, por ejemplo. Einstein utilizaba su imaginación para llegar a posibles conocimientos. Pero el hombre era sensato, sabía que lo que decía debía demostrarse para que la verdad o falsedad de sus enunciados posibilitasen el conocimiento. Galileo, por otra parte, en su libro Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo (1632) utilizó la literatura para “vulgarizar” las observaciones a las que había llegado. Así también lo hicieron Nietzsche, Huidobro, Camus, Orwell, Churchill, Mistral, Cioran, por mencionar a otros pocos.

El rol de la filosofía, según mi opinión, es jugar contra el relojero ciego. La idea es sentenciar, a través de preguntas, las incontables sentencias sobre el mundo que pululan entre personas y grupos. Sometiéndolas, por norma, al escrutinio de la lógica y las evidencias hasta definir cuáles de ellas son conocimientos. Pues, como el relojero es ciego, el objetivo del juego es prever las consecuencias significativas de sus movimientos. Quizá por ello hoy exista la Filosofía de la Biología, de la Física y de otras ramas que transitan por caminos formales (normados), en busca de nuevos conocimientos. Las ciencias y los científicos tienen mucho que decir, ¡no debemos dejarles sólo a ellos la riqueza de sus descubrimientos! Más aún si utilizan fondos públicos para hacerlo.

Bajo esta perspectiva, los filósofos tienen la misión de resguardar y proteger los caminos que nos conducen a aquellos conocimientos (como a estos últimos) de todo filisteo, que por conveniencia o ignorancia, intente deslegitimarlos bajo sus lógicas carentes de causas y excesivamente condimentadas de misticismo. Tal como lo hacen muchas pseudociencias, por ejemplo. También es tarea de la Filosofía buscar los nuevos caminos al conocimiento que van naciendo, con el fin de comprender hacía dónde nos llevan dichos caminos. ¿Es menester de la filosofía pensar sobre la vida en otros mundos, la ingeniería genética, el universo, la mente, las IA o el rol del Estado? ¡Por supuesto! ¿Existe acaso labor más humanista que entender, analizar, criticar, proteger y compartir los resultados de nuestros propios procesos, y de paso, aprender sobre la naturaliza del ser humano?

La filosofía también debería relacionar conocimientos, ayudando a plantear nuevas preguntas e ir estableciendo, por consecuencia, qué es sensato dar por posible y por qué, y qué es lo que sencillamente ignoramos. Daniel Dennett e Ian Hacking hacen esto en la mayoría de sus libros. También lo hicieron Russell, Wittgenstein y Giannini, y lo siguen haciendo Mosterín y Torretti, por dar algunos ejemplos. Además, es trabajo de la filosofía identificar las consecuencias que traen consigo los cambios tecnológicos o de procesos (sean prácticas, hábitos, tradiciones, productivos), y de qué forma nuestras vidas, nuestra organización social y el ambiente serán afectados por dichos cambios. No obstante, para que dicha empresa produzca ricos frutos, el trabajo filosófico debe nutrirse de los conocimientos más fiables (aunque no infalibles) que poseemos.

A fin de cuentas, la Filosofía será útil en la medida que muestre a los hombres, inmersos en la contingencia de cualquier época, que ante cualquier tradición o cambio, su bienestar o malestar dependerá de lo que conocemos e ignoramos, haciendo de todo el resto ¡materia de olvido! Puesto a que es la viralización de dicha ignorancia o conocimientos entre la población lo que determinará que cada individuo pueda alcanzar su cometido. ¿Sin los aportes “inútiles” de Faraday y Maxwell, Tesla habría podido hacer algo de lo que hizo? Nuestra evolución como especie demuestra que el traspaso de conocimientos ha sido clave para estar donde estamos. Quizá por esto, cualquier filosofía que esté fuera de algún camino que demuestre conseguir conocimientos pierde todo sentido, todo valor, todo uso. Quizá no debiéramos pedir a la filosofía opiniones ni respuestas, ya que para ellas están los ciudadanos y los científicos sociales. Tal vez, lo único que deberíamos esperar de la filosofía son preguntas inquisitivas y reflexiones analíticas robustas que nos conduzcan a aclarar mundanos y tontos malentendidos para, luego, como Heráclito, indicar un camino.

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