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Después de Francia: pistas de reflexión para que “nunca más”

por 22 enero, 2015

Muchos suburbios populares de las grandes ciudades de Francia son abandonados a la ley del más fuerte y se repliegan en un comunitarismo que favorece la creación de focos islámicos radicales. Sin dinero, el Estado Francés tolera la llegada de fondos oriundos de fundaciones islámicas extranjeras, quienes bajo el pretexto de financiar proyectos sociales, favorecen la presencia de discursos antirrepublicanos (imames extranjeros radicales; instalación de fundaciones musulmanas fundamentalistas, etc.). La escuela, la cárcel y los suburbios populares son territorios de la República. Sólo la ley republicana tiene que regirlos.
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Golpeada, aturdida. Así despertó Francia el día después del peor atentado ocurrido en su suelo desde hace 50 años. Lo que intentaron debilitar los terroristas fueron dos pilares de las democracias europeas: la libertad de expresarse libremente y la posibilidad de convivir en paz.

Si bien los últimos días fueron de emoción, de tristeza y de recogimiento, no hay que olvidar que la amenaza terrorista sigue existiendo. Varios expertos, tal como Peter Neumann, del King’s College de Londres, están seguros de que este tipo de ataques podría multiplicarse.

Ahora ya es tiempo de reflexionar para saber cómo enfrentar este problema y evitar su repetición.

No existen soluciones milagrosas para evitar los atentados. Lo primero es que los Estados de Europa asumen que es una “guerra”. Fuerte palabra que habría que discutir. Si fuera así este conflicto tiene dos frentes. Primero, en Europa, donde los ejecutantes son los propios ciudadanos de Europa, y luego en el Medio Oriente, el Sahara y África ecuatorial, sin hablar de Pakistán y Afganistán. Ahí prosperan los ideólogos que seducen y reclutan con demasiada facilidad.

Muchos suburbios populares de las grandes ciudades de Francia son abandonados a la ley del más fuerte y se repliegan en un comunitarismo que favorece la creación de focos islámicos radicales. Sin dinero, el Estado Francés tolera la llegada de fondos oriundos de fundaciones islámicas extranjeras, quienes  bajo el pretexto de financiar proyectos sociales, favorecen la presencia de discursos antirrepublicanos (imames extranjeros radicales; instalación de fundaciones musulmanas fundamentalistas, etc.). La escuela, la cárcel y los suburbios populares son territorios de la República. Sólo la ley republicana tiene que regirlos.

Quiero tratar de abrir algunas pistas de reflexión para saber cómo esperar que termine algún día este fanatismo que conduce a la muerte.

El frente interior primero.

El modelo de integración francés está fracasando. Y hay lugares en el país galo fuera de la República.

Los terroristas responsables del atentado a Charlie Hebdo eran franceses. Terroristas, pero también hijos perdidos de la República. Al igual que sus compatriotas, se les enseñó durante su escolaridad los valores de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Después del primer ataque hubo un día de duelo nacional con un minuto de silencio. Llamó la atención que, a pesar de lo ocurrido, varios profesores dieran testimonios de niñas y niños que desobedecieron y justificaron el actuar de los terroristas (“se lo merecían”; “no se puede burlar de nuestro Profeta”, entre las palabras escuchadas). Algo está fallando en cómo transmitir los valores democráticos en los futuros ciudadanos de Francia.

En las cárceles también. Está comprobado que varios de los terroristas entraron como delincuentes y radicalizaron sus posturas durante su estadía en la prisión, al contacto de criminales que profesan un islam ultrarradical. El gobierno francés tiene que actuar para terminar con este adoctrinamiento: nombrar más imanes capacitados que defiendan un Islam respetuoso de la democracia, por ejemplo. Como en muchos países, la cárcel no cumple su objetivo de rehabilitar y neutralizar a los antisociales. Todo lo contrario.

Muchos suburbios populares de las grandes ciudades de Francia son abandonados a la ley del más fuerte y se repliegan en un comunitarismo que favorece la creación de focos islámicos radicales. Sin dinero, el Estado Francés tolera la llegada de fondos oriundos de fundaciones islámicas extranjeras, quienes  bajo el pretexto de financiar proyectos sociales, favorecen la presencia de discursos antirrepublicanos (imames extranjeros radicales; instalación de fundaciones musulmanas fundamentalistas, etc.).

La escuela, la cárcel y los suburbios populares son territorios de la República. Sólo la ley republicana tiene que regirlos.



El frente exterior: es un hecho que si tantos europeos y europeas se sienten atraídos por el terrorismo islámico es porque existen regiones enteras donde los fanáticos pudieron instalar su poder y promocionan, vía redes sociales, un mundo de fantasía. Un espejismo que puede atraer a jóvenes franceses y/o europeos, desorientados y débiles sicológicamente. Al tener regiones enteras, estos terroristas tienen recursos y lugares para reclutar, financiar y entrenar a miles de candidatos yihadistas. De hecho, al menos uno de los terroristas de París se fue a entrenar en Yemen.

Derrotar estos “Estados Terroristas” es indispensable para Francia y Europa. Eso significa para el Viejo Continente formar alianzas con aliados de confianza. Para poder lograrlo habrá que ser más firme con Estados que practican un doble lenguaje: formalmente aliados con Europa (Turquía es miembro de la OTAN y Qatar participa en los bombardeos en Irak), pero financiando a los yihadistas o dejando circular material, armamentos y candidatos al terrorismo.

Hoy, Francia y Europa tienen, además, que liberarse de su dependencia militar y estratégica con EE.UU. Aliados, sí. Simples subordinados, no. Ya no puede ser que Francia tenga que pedir cohetes y drones a los EE.UU. para librar su guerra en Mali. Europa geográficamente está en primera línea frente a los terroristas. No EE.UU. Ellos no tienen las mismas prioridades (China, el Pacífico). No es casual que ningún miembro del gobierno estadounidense estuviese presente durante la marcha del domingo. La señal es fuerte.

Es importante, también, saber apoyar con mucha fuerza los procesos democráticos que están en curso en los países árabes (Túnez en particular), y condenar con fuerza las dictaduras. Hay que dejar en un segundo plano las consideraciones económicas egoístas (el petróleo, por ejemplo) que nos hace tolerar regímenes políticos en los cuales la población ve en el Islam radical la única vía para derrocar a la tiranía.

La democracia en los países árabes y musulmanes es en realidad la única solución para terminar con la locura terrorista islámica.

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