Publicidad
Eliodoro, por qué me has abandonado Opinión

Eliodoro, por qué me has abandonado

Publicidad
Mirko Macari
Por : Mirko Macari Asesor Editorial El Mostrador
Ver Más

Caval tiró por el suelo la agenda reformista de Bachelet y la entrada al gabinete de Burgos abrió paso a la ilusión restauradora de ese tiempo noventero glorioso. Junto a la derecha y su orquesta comunicacional, el laguismo hizo entonces gárgaras contra ‘la retroexcavadora’ y la ilusión de que alguien distinto a esa eficaz trenza de poder podía administrar el gatopardismo reformista. El escenario político parecía propicio para la operación retorno y, como un anciano que vive en la nostalgia de sus hazañas pasadas y de repente descubre el viagra, volvieron con todo.


Lagos no es Lagos. Su arremetida presidencial no es una aventura personal sino la pulsión de toda una generación política que articuló con eficacia y astucia amplias redes para gobernar Chile durante más de 20 años. Eso es la Concertación. No una suma de partidos de centro e izquierda. No. Ese era el espejismo. Partido transversal fue denominado a comienzos de los 90. Un punto de encuentro de todos jóvenes de los 60, muchos formados en la DC, universitarios, sofisticados y cultos, procesaron el trauma histórico del Golpe como un anestésico de las posibilidades de cambio social.

Todos disciplinados lectores de Lenin, convirtieron el asunto del poder en la cuestión decisiva y fundamental de la acción política. Ideología e instituciones republicanas, el arroz del asado. Su arma favorita: las comunicaciones, el control del discurso, la magia del relato. “La transición más exitosa del mundo”, fue uno de sus golazos y por eso transformaron, sin culpa alguna, la operación para traer de regreso a Pinochet de Londres en una ofrenda de realismo político que los redimía de ideales y discursos incendiarios de juventud.

La derecha social los ungió  entonces con el título de estadistas. Desaparecidos los socialismos reales y consagrado el Consenso de Washington como la nueva teología global, entendieron que el poder económico era el nuevo amo. No estaban para domesticarlo ni regularlo desde el Estado, sino para usarlo a su favor.

Bajo la astucia cínica de Edgardo Boeninger, adoptaron el lenguaje de la tecnocracia made in USA. Y tejieron con esta una red de control ideológico sobre la política parlamentaria y la representación democrática. Crecimiento, austeridad, gestión, eficacia, inversión, iniciativa  privada, incentivos, mercados globales, competitividad, fueron el marco conceptual para jugar a la política. Cualquier cosa fuera de esas virtudes cardinales era una falta grave. Si no tenías un Ph.D. o un MBA, no eras serio. Agencias de comunicaciones, asesorías estratégicas y consultoras les permitieron tender puentes con el empresariado pinochetista, ahora devenido en liberal. La sociedad fue win-win.

El Gobierno de Lagos (2000-2006) fue el gran momentum de galvanización de esa trenza. El CEP fue el lugar para las reuniones a puertas cerradas entre viejos revolucionarios y las fortunas top del PIB. En ceremoniosas cenas privadas se fraguaron los destinos de un país construido a imagen y semejanza del mercado. La primera ley de financiamiento de la política fue parida ideológicamente desde la vieja casona de Providencia que alberga al brazo de influencia política más sofisticado del empresariado, comandado por Eliodoro Matte, que hasta los casos de colusión del Confort ostentaba la categoría de primus inter pares entre las fortunas nacionales.

Una mezcla de riqueza, tradición y estatus que no se compra, y que deslumbra a esa generación que reconoce los símbolos de autoridad y las jerarquías invisibles, como buenos  hijos del siglo XX. Esa convicción de un mundo movido por crudos intereses envueltos en una narrativa de épica del consumo, posibilita casos como el de Osvaldo Puccio, ex ministro de Lagos y figura del allendismo (su padre fue estrecho colaborador del ex Presidente), que sin asco ocupa asiento en los directorios de Ponce Lerou.

[cita tipo= «destaque»]Sin embargo, el mayor símbolo de descomposición del viejo orden y sus reglas no fueron las encuestas veleidosas ni los chilenos malagradecidos, incapaces de borrar de su memoria hojarasca como el CAE y el Transantiago ante todos los pergaminos del estadista. No. El asunto tuvo su crujidera más ruidosa cuando Insulza olio una oportunidad y no trepidó en olvidar su pertenencia a ese ethos y su deber de entender las jerarquías implícitas. Tan complejo fue el asunto, que el propio Enrique Correa tuvo que salir públicamente a recordar que, pese a su amistad con el ex secretario general de la OEA, “todos somos Lagos”.[/cita]

Desde entonces, el laguismo habita con absoluta propiedad las páginas dominicales de El Mercurio y de otros medios de grupos económicos, desde donde dictan clases sobre gobernabilidad y responsabilidad. Asisten a seminarios en Sanhattan donde son ovacionados cada vez que alzan su voz valiente para criticar las reformas de Bachelet por exceso de ideologismo. Los hijos de la derecha pinochetista tipo Evópoli, los admiran y recuerdan con nostalgia esos años de gobernanza (¿habrá una palabra más siútica?) y crecimiento sin parangón, dicen, en la historia de la República. Los hijos biológicos de la derecha son, en verdad, hijos políticos de la Concertación. Prefieren un café en el Starbucks con Tironi a una cena a puertas cerradas con Jovino.

El éxito de la Nueva Mayoría y su reformismo edulcorado, aunque moderado y razonable para una sociedad en proceso de transformación, era una amenaza a ese pináculo de autocomplacencia con el que serían encumbrados al pedestal de la Historia. No podía ser una mujer, carismática y poco más que eso, la que confirmara que podían cambiarse las reglas de la educación de mercado que legitimaban Brunner y Beyer bajo el lenguaje de la ‘evidencia científica’, la competencia y los números del Simce o la PSU. Un triunfo del movimiento estudiantil, de la gratuidad  y su fin al lucro en un solo periodo de gobierno, eran una afrenta a la última verdad revelada de esa generación: el cambio debe ser tan lento y sutil, que ni siquiera parezca cambio, para que no genere ningún conflicto. Ottone lo escribió con sapiencia vaticana en su libro La osadía de la prudencia, en el que purgó su pasada adoración a la dictadura del proletariado y el exceso de entusiasmo para asaltar el Palacio de Invierno.

Caval tiró por el suelo la agenda reformista de Bachelet y la entrada al gabinete de Burgos abrió paso a la ilusión restauradora de ese tiempo noventero glorioso. Junto a la derecha y su orquesta comunicacional, el laguismo hizo entonces gárgaras contra ‘la retroexcavadora’ y la ilusión de que alguien distinto a esa eficaz trenza de poder podía administrar el gatopardismo reformista. El escenario político parecía propicio para la operación retorno y, como un anciano que vive en la nostalgia de sus hazañas pasadas y de repente descubre el viagra, volvieron con todo. La candidatura Lagos, inflada por la prensa y el establishment empresarial, les insufló esperanzas y nuevos bríos. No por casualidad César Barros, ex presidente de La Polar con pasado en Patria y Libertad, declaraba que «me gusta Lagos más que Piñera… tiene una actitud de estadista y no le vienen con pelotudeces».

“Esta es la peor crisis política e institucional que ha tenido Chile”, dijo Lagos, haciendo retumbar la promesa de orden desde arriba por la que clamaba la elite y, de paso, terminar de hundir las reformas de papel lustre de Bachelet.

Ese fue su último despliegue de fuerza. Tal como la ofensiva de los nazis en Las Ardenas intentó detener por última vez el avance aliado hacia Berlín, después de lanzado al ruedo presidencial todo fue cuesta arriba para el laguismo. La ilusión de una blitzkrieg para cuadrar al PS, asaltar el PPD y someter a la DC, terminó estrepitosamente con una arenga de gloria que no tuvo eco en las encuestas. El rey comenzó a caminar desnudo ante una ciudadanía indiferente que alguna vez lo respetó, pero nunca lo amó.

Partidos bajo control parlamentario y sin respeto por la historia, han estirado el chicle con toda la brutalidad de ese realismo político con el que esa misma generación hace gárgaras de su madurez política y al que transformaron en virtud suprema a prueba de sueños, utopías y humanidad.

Sin embargo, el mayor símbolo de descomposición del viejo orden y sus reglas no fueron las encuestas veleidosas ni los chilenos malagradecidos incapaces de borrar de su memoria hojarasca como el CAE y el Transantiago ante todos los pergaminos del estadista. No. El asunto tuvo su crujidera más ruidosa cuando Insulza olió una oportunidad y no trepidó en olvidar su pertenencia a ese ethos y su deber de entender las jerarquías implícitas. Tan complejo fue el episodio, que el propio Enrique Correa tuvo que salir públicamente a recordar que, pese a su amistad con el ex secretario general de la OEA, “todos somos Lagos”.

Y dejó muy claro, con la agudeza estratégica que lo caracteriza, que lo que estaba en juego era el lugar de la transición en la Historia, pero particularmente del ethos de esa notable trenza política que cogobernó con Pinochet un tiempo y luego se metió a la cama con las fortunas más relevantes de Chile: “Parte del mundo que de alguna manera construyó la transición y participó colectivamente en esta proeza que fue poner al país a las puertas del desarrollo. En particular Lagos, es simbólico y emblemático de esa generación, probablemente la generación de más larga vigencia en la historia, que hunde sus raíces en la Patria Joven y también jugó un rol importante y a veces decisivo en los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende, y encabezó la lucha contra la dictadura”, señaló Correa.

Por eso la caída de Lagos del pedestal, condenado a luchar solo por una salida política honrosa luego de la encuesta CEP de ayer, es mucho más que la desventura de ocasión de un candidato. Es ante todo el réquiem de un proceso histórico con luces y sombras, la última batalla de un  grupo digno de una novela de Tom Wolfe sobre las vanidades, el poder y la miseria humana.

Publicidad

Tendencias