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Reactivar la economía: invertir en salud mental

por 8 marzo, 2017

Reactivar la economía: invertir en salud mental
Han aparecido varios síntomas de sufrimiento en el trabajo que disminuyen la cantidad de desempeño efectivo en la jornada laboral, como lo son las licencias médicas y los “cafés en la mañana”. Esa primera hora en la que se lee el diario, se habla con los compañeros de trabajo o se hacen otras actividades no laborales son, en mi criterio, un síntoma de la sobrecarga laboral. Tanto esta conducta como padecer de un trastorno mental son tratados como amenazas y devaluados no solo por jefes o empresarios, sino también por los medios y el Estado. Han sido tildados como “el chileno es flojo”, parte de la idiosincrasia y la forma de ser de nuestro pueblo. La pila es devaluada por no seguir en óptimo estado.
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Hace algunos días, Fernando Paulsen y Beatriz Sánchez sostuvieron una discusión con el panel de El Mostrador en torno a si los próximos candidatos presidenciales deben o no enfocarse en el crecimiento económico, y para qué crecer. También se habló de quiénes crecen cuando Chile crece, poniendo en el tapete la desigualdad en ingresos en la población y el fracaso de la teoría del chorreo. Respecto a cómo aumentar el crecimiento, hace un par de semanas Ricardo Lagos manifestó su intención de reactivar la economía a través de concesiones si es que vuelve a ser Presidente. Por su lado, JP Morgan considera que la reactivación de la economía pasa por la reelección de Sebastián Piñera, pues simboliza una mejora en la confianza empresarial y un aumento de las inversiones. A mi parecer, en estas discusiones se sigue omitiendo la relación entre salud mental y productividad como determinante en el crecimiento económico de un país.

A fines del mes pasado, la OMS nuevamente anunció un sostenido aumento de los índices de depresión y trastornos ansiosos a nivel mundial. Respecto a Chile, se detalla que los índices de depresión en la población son preocupantes, estando por sobre la media mundial y siendo el cuarto país con mayor índice de prevalencia.

Más aún, las personas diagnosticadas con trastornos ansiosos corresponden al 6,5% de la población total, casi el doble de la prevalencia mundial. Esto es sumamente relevante para la productividad de nuestro país, pues los trastornos neuropsiquiátricos tienen un impacto significativo en las tasas de ausentismo y calidad del trabajo realizado.

Uno de los mejores indicadores que dan cuenta de esta situación es quizás el aumento en la emisión de las licencias médicas relacionadas con trastornos mentales. Si bien en otra oportunidad ya me he referido a la relación entre Salud Mental y licencias médicas, vale la pena hacer una actualización.

A principios de febrero de 2017, fue publicado un nuevo estudio sobre el impacto de los trastornos mentales en la salud de los trabajadores en Chile. En este documento se muestra el incremento sostenido en licencias médicas y el aumento en el gasto por subsidio por incapacidad laboral (SIL), que, en otras palabras, representa los días pagados al trabajador a causa de ausencia por problemas de salud.

Nuevamente, los trastornos mentales son la principal causa de emisión de licencias médicas a nivel nacional, lo que ha llevado al progresivo aumento del gasto en SIL relacionado con salud mental. Para graficar la gravedad del problema, solo en 2015 se gastaron poco más de US$400 millones en subsidios por incapacidad laboral, en relación con trastornos neuropsiquiátricos, de los cuales el principal es la depresión.

Entonces, se puede decir que un trabajador que padece de un trastorno mental puede impactar al crecimiento económico en al menos cuatro formas: baja en la calidad de la productividad; aumento en costos operacionales, debido a ausentismo asociado a permiso médico; baja en la productividad, debido a ausentismo; e incremento del gasto en SIL. Teniendo en cuenta que las licencias médicas por trastornos mentales emitidas en 2015 fueron alrededor 850 mil y los trabajadores en el país bordean los 7 millones de personas, Chile estaría perdiendo cerca de un 10% de su capacidad productiva solo por concepto de Salud Mental.

Entonces, se puede decir que un trabajador que padece de un trastorno mental puede impactar al crecimiento económico en al menos cuatro formas: baja en la calidad de la productividad; aumento en costos operacionales, debido a ausentismo asociado a permiso médico; baja en la productividad, debido a ausentismo; e incremento del gasto en SIL. Teniendo en cuenta que las licencias médicas por trastornos mentales emitidas en 2015 fueron alrededor 850 mil y los trabajadores en el país bordean los 7 millones de personas, Chile estaría perdiendo cerca de un 10% de su capacidad productiva solo por concepto de Salud Mental.

Frente a esto, es difícil entender cómo los distintos gobiernos de nuestro país no han dado importancia suficiente a este problema. Pese a que existen muchas explicaciones sociológicas que pueden ser dadas, quisiera referirme a un recuerdo que muchos podrán compartir y que me ayudó a darle sentido a esta situación.

Cuando era pequeño, jugaba con un auto de juguete, de esos que funcionaban a pila. Como me gustaba mucho, pasaba mucho tiempo jugando. Cuando la pila se acabó, me dijeron que una forma de poder seguir jugando era morder las pilas un poco y así el auto podía seguir andando. Es mi impresión que gran parte de los trabajadores del país funciona como pila mordida. Desde hace ya varios años, el motor de la economía ha sido energizado con la vitalidad de muchos ciudadanos, quizás por más tiempo del adecuado. Evidencia de esta política es que Chile es el quinto país con mayor cantidad de horas laborales anuales por trabajador de la OCDE, ritmo que al parecer no está pudiendo ser sostenido. Considero que el aumento de las tasas de trastornos mentales es una consecuencia de este desgaste.

Asimismo, han aparecido varios síntomas de sufrimiento en el trabajo que disminuyen la cantidad de desempeño efectivo en la jornada laboral, como lo son las licencias médicas y los “cafés en la mañana”. Esa primera hora en la que se lee el diario, se habla con los compañeros de trabajo o se hacen otras actividades no laborales son, en mi criterio, un síntoma de la sobrecarga laboral. Tanto esta conducta como padecer de un trastorno mental son tratados como amenazas y devaluados no solo por jefes o empresarios, sino también por los medios y el Estado. Han sido tildados como “el chileno es flojo”, parte de la idiosincrasia y la forma de ser de nuestro pueblo. La pila es devaluada por no seguir en óptimo estado.

Actualmente, he podido observar al menos dos formas comúnmente usadas en diversas compañías para hacer frente a esto.

La primera está relacionada con la creación de un ambiente laboral en el que la amenaza del despido se halla siempre latente. Esto tiene que ver con “no ser el trabajador ideal que espera la empresa”, aquel que no se enferma, que llega a la hora y cumple sus metas. Con esto se incentiva la idea de una pila que no se gasta, que no falla, que está siendo constantemente agredida (mordida) para seguir funcionando.

La segunda tiene que ver aumentar los incentivos para que la pila siga funcionando de la misma forma. Esta es la política de los bonos al rendimiento, que en las grandes compañías superan los millones de pesos.

Hace más de 20 años, Harvard Business Review ya decía que este mecanismo no era efectivo, pues no tiene efecto en la calidad de la productividad ni en el compromiso de los trabajadores. Más aún, le resta capacidad creativa y flexibilidad a la hora de enfrentar problemas desconocidos. En otras palabras, se estaría logrando mantener las tasas de productividad a costa de mecanización de la actividad laboral.

Lo que quisiera proponer es cambiar la visión sobre el capital humano de nuestro país: invertir en la Salud Mental de los trabajadores tiene un impacto directo en la productividad y un retorno muy significativo en la economía. El año pasado, The Lancet Psychiatry bajo el auspicio de la OMS publicó un estudio en el cual se analizan las perspectivas sobre inversión en Salud Mental y sus consecuencias en el aumento de la productividad en países con distinto PIB.

En el caso de países con una economía parecida a la chilena, por cada dólar invertido en tratamiento de la depresión, el retorno directo para la economía es de 2,6 dólares, donde en el mejor de los casos el retorno es de 6,2 dólares. Si se tienen en cuenta los beneficios para la economía y también para la salud de la población, este retorno sube inmediatamente a 3,8 dólares. Incluso si el pronóstico fuese muy pesimista, este estudio indica que por cada dólar invertido hay un retorno de 2,2 dólares para la economía y la salud de la población. Si bien no soy economista, una inversión en la que se garantice un retorno de más del doble de lo invertido, en el peor de los casos, me parece una apuesta segura.

Este es sin duda el desafío de los próximo 20 años, que determinará qué tipo de sociedad y país queremos ser: uno que se preocupa por sus personas o solo por la economía.

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