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Miedo al devenir de la economía, lo demás es música

por 8 agosto, 2017

Aunque suene tosco, y hasta simplista, aun cuando se siga valorando y apoyando en las encuestas la educación gratuita y de calidad, la promulgación de nueva Constitución, el cambio al sistema de pensiones, el matrimonio igualitario y despenalización del aborto, por nombrar algunos temas, estos no logran relevarse –electoralmente– como más importantes que el devenir económico y su gestión, como sí lo hicieron en la elección de Bachelet en 2013. El miedo irrumpió en la subjetividad comunicacional y hoy está siendo, posiblemente, más incidente de lo que fue en todas las elecciones presidenciales desde el 90.
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“La tarea número uno es crecer, lo demás es música”. La frase de Ricardo Lagos en el seminario de Moneda Asset Management del 3 de agosto puso de manifiesto que fue el ex Presidente y ex candidato quien finalmente mejor sintonizó con el sentir ciudadano ante a la próxima elección presidencial.  Esto, claro, dentro del mundo de centroizquierda, pues Sebastián Piñera lo tiene diagnosticado hace un buen rato.

Más allá del contexto empresarial donde deslizó su frase, Lagos apeló a su respetabilidad para enviar un elocuente recado a su sector político: el miedo colectivo frente al devenir de la economía y sus conductores, lenta y sutilmente, se ha apoderado de la campaña presidencial. Eso, por no decir que ya la colonizó.

La instalación del temor a la conducción económica ha sido un proceso más bien silencioso, que al entrar no dio luces ni tiempo al Gobierno para atraparlo, observarlo y dominarlo. Quizá sea por esa sutileza con que se ha colado, que la coalición gobernante lo ha minimizado, escudándose en la mayor relevancia de sacar adelante sus reformas emblemáticas y, también, anestesiada por tasas de empleo aparentemente estables. De ese anestesiamiento es del que Lagos intentó despertar a sus huestes en el mencionado seminario empresarial.

El punto es que hoy, a tres meses de la elección, subjetiva u objetivamente la ciudadanía teme al bajo crecimiento, pero mucho le asusta el desempleo, la restricción al endeudamiento, el congelamiento de los salarios y el estancamiento de sus opciones de consumo. Contexto temeroso que termina desdibujando a aquellas candidaturas que no se proyectan sólidas en cómo hacerle frente o que simplemente lo soslayan.

Lo demás, es música. Aunque suene tosco, y hasta simplista, aun cuando se siga valorando y apoyando en las encuestas la educación gratuita y de calidad, la promulgación de nueva Constitución, el cambio al sistema de pensiones, el matrimonio igualitario y despenalización del aborto, por nombrar algunos temas, estos no logran relevarse –electoralmente– como más importantes que el devenir económico y su gestión, como sí lo hicieron en la elección de Bachelet en 2013.

La instalación del temor a la conducción económica ha sido un proceso más bien silencioso, que al entrar no dio luces ni tiempo al Gobierno para atraparlo, observarlo y dominarlo. Quizá sea por esa sutileza con que se ha colado, que la coalición gobernante lo ha minimizado, escudándose en la mayor relevancia de sacar adelante sus reformas emblemáticas y, también, anestesiada por tasas de empleo aparentemente estables. De ese anestesiamiento es del que Lagos intentó despertar a sus huestes en el mencionado seminario empresarial.

El miedo irrumpió en la subjetividad comunicacional y hoy está siendo, posiblemente, más incidente de lo que fue en todas las elecciones presidenciales desde el 90. No hay dudas de que la angustia de un retorno a los grises días de la dictadura acompañó e incidió en las elecciones presidenciales que vinieron tras el triunfo del NO el año 88. Sin embargo, ninguno de los candidatos que en adelante triunfaron apelaron principalmente al miedo como estrategia de campaña, como exitosamente pareciera estar haciéndolo hoy la derecha.

Veamos. Patricio Aylwin ganó la elección del 89 prometiendo el advenimiento de la alegría y la libertad; Eduardo Frei, por su parte, se impuso con holgura el 94, entusiasmándonos con los nuevos tiempos; y, en 1999, Ricardo Lagos logró, ajustadamente, torcerle la mano al cambio de Lavín, prometiendo más igualdad.

Ya en el presente siglo, y con la dictadura desdibujada en sus efectos electorales, Michelle Bachelet triunfó en 2005, proponiéndose maternalmente cercana, y Piñera ganó en 2009 por el agotamiento ciudadano con la Concertación y el contraste entre su derroche de energía y el laconismo de Frei Ruiz-Tagle. Y, en la última elección presidencial de 2013, Bachelet apostó a su confianza personal como capital político para resultar electa. Visto así, la apelación al temor no ha sido la que ha llevado a los candidatos a La Moneda en ninguna de las elecciones posdictadura.

¿Y la emoción central en las elecciones de 2017? Según muestran las diversas encuestas de opinión, lo más probable es que el próximo Presidente de la República sea Sebastian Piñera, quien, estratégicamente, ha hecho del bajo crecimiento económico y la escasa generación de empleo de estos años la razón de ser de su candidatura.

Con esta estrategia ha logrado, de paso, desvanecer otros clivajes no económicos de la elección, dejando fuera de juego a sus competidores. Su habilidad para posicionarse como única figura capaz de atenuar los temores a la conducción económica del país es lo que lo tiene en esa expectante posición, impensada hace solo tres años, cuando abandonaba el Gobierno con una aprobación claramente menor a las expectativas que hoy genera.

En el seminario de la semana pasada, Lagos dijo algo tan simple como que, hasta ahora, Sebastián Piñera no ha encontrado en la centroizquierda una candidatura capaz de contrapesar el temor al manejo de la economía o, bien, de ponerla al servicio de un bien superior.

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