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Pepe Jara (1940-2017), una vida filosófica

por 14 octubre, 2017

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El arte de vivir es, en ese sentido, la capacidad de mantenerse en una relación armónica con lo que se nos escapa. Giorgio Agamben.
¿Qué es una vida filosófica? ¿Quién se atrevería a decir, hoy, que es posible “vivir filosóficamente”? ¿La filosofía no se hace, por definición, por medio de textos, de libros o artículos más o menos largos, más o menos densos, más o menos originales, etc? Incluso, hoy, por medio de papers (esos papeles casi desechables) publicados en revistas que casi nadie lee, pero que otorgan una puntuación que ha de ser valiosa en el reino de la “evaluación total”. ¿No es eso lo que enseñamos quienes recibimos un salario por, supuestamente, hacer eso, “filosofía”? Pues la filosofía es, desde hace por lo menos dos siglos, un ejercicio profesional más en medio de la división del trabajo. Pero mucho antes, cuando la filosofía nació en la Grecia clásica, ¿tuvieron una vida los filósofos? ¿A quien puede importarle la vida de Aristóteles, considerando la “obra” que dejó escrita? Fue Heidegger quien sentenció, en uno de sus cursos: Aristóteles nació, Aristóteles murió; en medio de eso, filosofó”.

No son estos tiempos aptos para que un nuevo Diógenes Laercio escriba otra “Vida de los filósofos más ilustres”. Y es que los filósofos, de tanto leer filosofía y de tanto escribir filosofía, suelen olvidarse de vivir, justamente, la filosofía.
Cuando ya han pasado casi dos semanas desde la partida del filósofo que fue José Jara, Pepe Jara, mi amigo, mi maestro, no he podido dejar de pensar en estos asuntos, ya que me atrevería a decir que él no sólo escribió los hermosos e importantes textos que marcaron a muchos, y que quedarán para siempre en los anales de la filosofía chilena, sino que además –cosa de sumo extraña, casi un lujo en estos días- vivió filosóficamente.

Algunos ejercemos el oficio de la filosofía, que suele consistir en investigar los más diversos asuntos desde el lenguaje y las categorías que su vieja historia nos han legado, y en enseñar y dar a conocer los resultados de esas investigaciones; pero eso no implica, de ninguna manera, que, por ello, la vida que llevamos sea de suyo filosófica. ¿Qué requisitos habría de cumplir una existencia para que sea filosófica? ¿Que, por ejemplo, quien ejerce esa existencia trabaje como “filósofo”? En ningún caso.

Como sea, puede darse la coincidencia de que el ejercicio profesional de la filosofía se complemente con una vida filosófica; fue el caso de Pepe Jara. A diferencia de las ciencias, la filosofía es un saber –tampoco creo que sea un conocimiento, ni siquiera un conjunto de informaciones a ser comunicadas- que contiene, en sí mismo, la posibilidad de su aplicación existencial; y una filosofía podrá siempre ser verificada en un modo de existencia que podrá llevarse a cabo, que podrá, como se dice, aplicarse; “aplicar” viene del latín “applicare”, es decir, ir hacia (ad) un pliegue (plicare). Una filosofía puede “plegar” una existencia, darle unos pliegues particulares, hacer que la vida sea algo así como los pliegues de unos ropajes que el viento extiende.

Es claro que no son tiempos estos para escribir “Vidas filosóficas”, como la que escribió en la antigüedad Diógenes Laercio. Como sea, yo soñaría con que un día se escribiesen vidas como la de Pepe, en la que los gestos (y la consecuencia de ellos con lo que se escribe, se dice y se enseña) son más importantes que la celebridad, el número de publicaciones indexadas o de proyectos a su haber.

Cuando, hace veinte años, tuve la oportunidad de escuchar por primera vez los cursos que Pepe dio por largos años acerca de Nietzsche, cursos que forman parte de la historia de la enseñanza filosófica universitaria donde ejerció la docencia, en Caracas, en Santiago, en Valparaíso, recuerdo haber sentido con mucha intensidad, aunque de un modo no poco confuso (la intensidad suele ir de la mano de la confusión) que era posible algo así como transformar la existencia gracias al estudio de la filosofía; que no sólo uno podía estudiar filosofía (y llegar, eventualmente, a hacer doctorados en sus materias), sino que era posible vivirla. Y al mismo tiempo, sentí que era ello lo más importante, que no podía sino ser ello lo más importante.

Pepe me enseñó eso. Él había optado por hacer suya la filosofía de Nietzsche, no sólo como el especialista –uno de los más importantes y reconocidos- y traductor brillante de su obra al español, sino como alguien que había entendido que hay ciertos pensamientos que sólo pueden vivirse. Son pensamientos que para ser pensados deben experimentarse. E incorporarse: por ello Pepe habló, en uno de sus libros más importantes, acerca de una definición del cuerpo como nuevo “centro de gravedad”: la conciencia ya no sería, como lo había sido desde Descartes, el centro de gravedad del pensamiento, sino que de ahora en más, y gracias a ese filósofo alemán vagabundo y pobre que gustaba de escalar montañas y escribir en las más altas cumbres, lo sería el cuerpo: sus pliegues, sus heridas, sus síntomas, sus miserias, su placer, su enfermedad, su “gran salud” (la que no podía sino incluir al sufrimiento y al dolor, pero ante todo la superación de estos). Paul Valéry, sin duda pensando en el autor de la Ciencia jovial (cuya magnífica traducción al español se la debemos a Pepe), había dicho: “no hay nada más profundo que la piel”.

Nietzsche había llamado aquello “el espíritu dionisíaco”, y había postulado que es ante todo la música la que permitía acceder a él (primero pensó en la música de Wagner, después en la de Bizet). Sus amigos más cercanos, que lo han recordado en los medios (el profesor Fernando Longás, el Dr. Iván Nazarala, que lo conocieron mejor que yo y han escrito hermosos textos en su homenaje), han insistido en la pasión que Pepe sentía por la música (tocaba el violín y la flauta dulce y era un experto melómano del jazz), y su amor por el baile (yo lo pude verificar, hace no más de dos años, en una fiesta en la que estuvimos junto a varios otros amigos). Nada hay más profundo que el baile. Y que la risa.

Fue, justamente, por Pepe que supe de la existencia de ese maravilloso libro sobre Nietzsche que es “Voluntad de suerte” de Georges Bataille, libro que fue esencial para la elaboración del pensamiento del propio Pepe y que destaca la cuestión de la risa como pliegue radical del cuerpo en el que este se muestra en su pura superficie, como ocurre igualmente en el erotismo. ¿Y cómo olvidar la risa de Pepe, y su humor, y esa hermosa liviandad y jovialidad con la que respondía cuando (como a mí me ocurrió tantas veces) uno acudía a él en momentos de desesperación, buscando su apoyo, el que él nunca –no obstante podía, como de hecho era el caso, haber estado luchando con la enfermedad más difícil- negó, ni rehuyó? Estoy seguro que todos sus amigos recordarán esas llamadas telefónicas de Pepe que podían durar varias horas: filosofía telefónica habría que llamar a esas experiencias. Y uno después de hablar con él quedaba con la sensación de que ese dolor, de que esa desesperación, de que ese callejón sin salida eran absolutamente necesarios para, después, reír de todo ello: una risa que no ha sufrido no merece el nombre de tal.

Todo ello forma parte de la “delicadeza” de Pepe. Tomo el término de Rimbaud, cuando escribe: “por delicadeza perdí mi vida”. Aquí Rimbaud y Nietzsche coinciden: ambos habían retomado un cierto saber provenzal que se preocupaba en extremo de los gestos, de las maneras, del “tono”, desde un punto de vista que nada tiene que ver con la moral (pues se trataba de un saber dionisíaco o maldito). Una vida filosófica tiene que ver entonces con los gestos; estos, de hecho, pueden ser definidos como los pliegues de la existencia. Y los gestos de Pepe eran fuertes sin ser agresivos, claros –cómo no recordar sus intervenciones políticas en decenas de asambleas, donde siempre defendió una posición libertaria y ante todo antidogmática, viniera el dogma de donde viniera, de la iglesia que fuera- y expresivos: su voz, que podría haber sido la de un actor de los años 50 del siglo pasado, expresaba las ideas con la claridad de un pliegue esencial para él: el político. Una de sus contribuciones más relevantes que encontramos en sus textos dice relación con la re-definición, desde una política del cuerpo, de la democracia actual. Y respecto a la política que organiza la actividad universitaria –donde ejerció su profesión sin temor a ocupar cargos de responsabilidad- quienes fuimos sus cercanos conocemos su decepción y su rabia respecto a la “paperización” del saber humanista que hoy impera casi sin contrapeso, en el mundo entero, con consecuencias nefastas para la creatividad y el riesgo investigativo.

Es claro que no son tiempos estos para escribir “Vidas filosóficas”, como la que escribió en la antigüedad Diógenes Laercio. Como sea, yo soñaría con que un día se escribiesen vidas como la de Pepe, en la que los gestos (y la consecuencia de ellos con lo que se escribe, se dice y se enseña) son más importantes que la celebridad, el número de publicaciones indexadas o de proyectos a su haber. Una vida así necesariamente ha de redefinir un nuevo tipo de generosidad: contra toda cerrazón, contra todo encasillamiento en grupúsculos, en circuitos de influencias o de expertos en lo que sea, ella aspira a una apertura radical hacia el otro y el acontecimiento, que vienen siempre desde la indeterminación, desde el azar, desde el peligro.

Pero la de Pepe no fue cualquier tipo de filosofía (es claro que los varios filósofos Opus Dei que de un tiempo a esta parte tienen no poco poder en la definición de las políticas de investigación en filosofía, en el mundo entero, y a quienes Pepe consideraba sus enemigos, son también consecuentes con su pensamiento), sino una que implicaba la risa, el baile, y ante todo la aceptación de la verdad del cuerpo (con todas sus miserias, con todo su dolor) como la única que cuenta. La delicadeza de Pepe fue ser fiel a esa filosofía, y por ella (si se me permite la impertinencia de corregir a Rimbaud) ganó una vida, una vida filosófica que nosotros, sus discípulos, no dejaremos de considerar como un faro.

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