lunes, 18 de marzo de 2019 Actualizado a las 15:42

Un vigoroso NO

por Rolando Soto 4 octubre, 2018

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Señor Director:

La franja política para el plebiscito del 5 de octubre de 1988 había comenzado y la ciudadanía estaba pendiente de lo que iba a aparecer en las pantallas de los televisores. Durante 15 años nos habíamos habituado al monólogo autoritario, de tal forma que escuchar algo distinto nos sorprendía.

La música contagiosa de la franja del “No” se escuchaba fuerte en el edificio donde vivíamos. La gente sacaba las banderas del arco-iris a los balcones y durante algunos momentos nos sentíamos con la confianza para gritar: “No”.

Alguien me había regalado una banderita que pasaba disimulada entre las ropas o en algún bolso. Un vigoroso “No” en letras negras en primer plano dejaba aparecer franjas de varios colores que representaban el arco-iris de la diversidad de pensamientos de la ciudadanía.

Mientras estaba en el balcón agitándola, mi madre se me acerca y con voz suave me la pide para luego volverse grave y, al mismo tiempo que la lanza al vacío, me dice que esa opción significaba volver al pasado. Luego, dio media vuelta y se fue a la cocina a continuar sus labores.

Su gesto no me extrañaba. Nuestros padres habían vivido en carne propia el proceso de la vía chilena al socialismo. Recordaban con pena y angustia el desabastecimiento, las constantes “colas” para conseguir alimentos, el mercado negro y la violencia entre los “upelientos” y “momios”. Su testimonio llevaba impresas huellas emocionales dramáticas que formaban un lastre que no les permitía alzar el vuelo.

Se afirmaban a la ilusión de que una buena educación en un colegio particular pudiera entregar a sus tres hijos las herramientas para seguir estudios superiores, algo que ellos nunca tuvieron.

Éramos la generación de los 80 y nuestros padres pedían esfuerzo y dedicación en nuestros estudios para no terminar pateando piedras, como decían “Los Prisioneros”. Con diferencias entre nosotros cada uno probó y perseveró o no en el placer de aprender. Nuestros colegios nos sumergían de tareas y laborales propiamente escolares. Ensayamos a ser delegado de algo, presidente de curso o representante ante el centro de alumnos, pero todo dentro del orden establecido.

Como adolescentes intentamos vivir nuestra época junto con las medidas de excepción que la dictadura imponía. El toque de queda obligaba a entrarse temprano o quedarse en el lugar de la fiesta hasta el fin de la hora límite. Así tuvimos que celebrar nuestra graduación de 4° medio.

Estábamos por finalizar la enseñanza media cuando en 1983 se realiza el primer paro convocado por los trabajadores del cobre. La televisión controlada por la dictadura informaba de marchas e incidentes denostando a los políticos. Se nos enseñaba a rechazar el marxismo y el comunismo, que representaban el origen del caos del que Chile había sido liberado. La maquinaria comunicacional del gobierno nos quería enseñar a desinteresarnos por la política, a dejar que los técnicos solucionen los problemas y a no meternos en conflictos por defender a los demás. A veces lo lograba, pero la porfiada realidad nos golpeaba haciéndonos entender que la vida del país estaba en riesgo.

Las jornadas de protesta en las calles iban en aumento y poco a poco el cantito “y v’a caer, y v’a caer…” se fue haciendo una melodía conocida y contagiosa capaz de penetrar nuestras conciencias para hacernos comprender toda la indignación y la lucha que encerraba.

En el colegio, pocos se atrevían a comentar lo que estaba sucediendo. El miedo a ser denunciado, perseguido y luego desaparecido había silenciado ciertos temas. A lo más, una vez, un profesor pidió cerrar las ventanas de la sala para hablar de “algo” que podía ser peligroso.

Fuimos incautos testigos silenciosos de un país sin voz y atado de manos. Sin embargo, la realidad no daba tregua avisándonos que no podía ser normal el estado actual de la situación. Más de alguna vez fui un peatón curioso que simuló ir de paso en medio de una protesta callejera para comprender qué sucedía, por qué se manifestaba, quiénes eran y cómo lo hacían.

Mi debut universitario coincidió con el secuestro y posterior degollamiento de Santiago Nattino, Manuel Guerrero y José Manuel Parada. Nos invitaron a manifestarnos. La violencia me paralizaba y el discurso, a veces incendiario de algunos dirigentes lo hacía aún más. Me encontraba sin palabras frente a un mundo desconocido que demandaba consecuencia. Este sería un aprendizaje difícil por las visiones parciales de la realidad con que veníamos del colegio.

Empecé a participar en la Vicaría de Pastoral Universitaria donde podíamos conversar acerca de la realidad política y social que afectaba al país. No se trataba de una huida del mundo, sino que de una búsqueda espiritual para un discernimiento socio político y cristiano en sociedad.

No queríamos permanecer paralizados frente a los hechos y al mismo tiempo, las formas de lucha planteadas por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez o el Movimiento Juvenil Lautaro, nos desafiaban a encontrar una respuesta no violenta. La pasión y la coherencia de las Juventudes Comunistas también nos hacían dudar acerca de nuestras formas de oponernos a la dictadura.

El miedo a la represión estaba ahí tocando a diario a nuestras puertas. La propaganda oficial buscaba adormecernos. Pero el mundo juvenil, universitario o poblacional se levantaba con indiferencia al dolor para hacer frente a la cara más violenta de la dictadura. Comprobamos su crueldad cuando en 1986, Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas Denegri, habían sido quemados por una patrulla militar y abandonados en un sitio eriazo. Esa generación que creció “pateando piedras” estaba dispuesta a darlo todo. No midió riesgos ni consecuencias para atentar contra Pinochet y salió cada vez que pudo a calle para pedir libertad y justicia, como cuando Pachi Santibáñez fue herida a bala por un carabinero al frente del Teatro Municipal para pedir la salida del rector designado de la Chile.

Esa generación, con sus virtudes y debilidades, tuvo que aprender a hacerse un espacio entre los políticos sobrevivientes del experimento socialista, otra generación que vio frustrado sus sueños. Entre aquellos, se encontraba Ricardo Lagos, quien en el programa de “De cara al país” enrostró a Pinochet su afán de poder. Su voz habló por “15 años de silencio”.

Como muchos que no estábamos por la vía armada, creímos que la fuerza de la palabra y de las convicciones podía hacer posible el retorno a la democracia. Acepté no solo inscribirme en los registros electorales, sino que además ser apoderado de mesa por el PPD.

Ese 5 de octubre de 1988, fue la primera vez que voté y tuve el sentimiento de estar tocando la historia con las manos, aquella que nos permitió volver a la democracia. Para mis padres, la historia se escribía llena de temores. Las cicatrices del pasado dejaron costras que se han endurecido. Quizás para ellos lo acontecido en estos años es demostración de que la alegría no llegó. Sin embargo, ganar la libertad valió la pena.

Rolando Soto

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