viernes, 16 de noviembre de 2018 Actualizado a las 23:33

OPINIÓN

Autor Imagen

El olvido y el estancamiento de la conciencia

por 10 noviembre, 2018

El olvido y el estancamiento de la conciencia
Crecimiento económico, seguridad, compromiso con los derechos humanos, rol activo del Estado, nueva Constitución y otros, solo son posibles de lograr con convicciones y participación. Derrotar “el desencanto” pasa por  la activación de la conciencia de miles de chilenos decididos a traspasar la barrera del olvido. Es lo primordial, porque lo que se está produciendo es la disolución de la barrera entre dictadura y democracia, opción facilitada –insistimos – por la destrucción de la opinión pública. Todo lo demás son falsas ilusiones, de lo contrario podríamos ver la emergencia de un Bolsonaro… a la chilena.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

El triunfo de J. Bolsonaro ha estremecido a la clase política chilena, tanto que, ya corren ríos de tinta buscando explicaciones, algunas de ellas extraordinariamente lúcidas. Aún más, tanto desde las izquierdas como desde las derechas, se abren expectativas e incertidumbres. No es para menos, el autoritarismo brasileño, se sustenta en una concepción respaldada en el hecho que fueron los uniformados los que aceleraron la industrialización, al tiempo que ejercían una dictadura que  sólo dejó de ser funcional, cuando el agotamiento de un ciclo sistémico de acumulación, derivó en la crisis que obligó a la reconversión capitalista por la vía neoliberal. Aquel fue el tiempo de las transiciones.

En este contexto se han entregado una serie de explicaciones, de las cuales hay que sacar conclusiones porque este fenómeno podría impactar en Chile; a saber, ambas transiciones fueron negociadas y fueron las izquierdas las que impulsaron con algunas variaciones el modelo neoliberal; en ambos países la gestión de las izquierdas no logró alcanzar las promesas que se hicieron a la ciudadanía. Entonces, son las izquierdas las que están sometidas a la crítica y, por cierto, al juicio electoral, por lo que no hay que ser clarividente para saber que este modelo intentará replicarse en Chile. Seguramente la derecha escarbará en los manejos oscuros de la izquierda y probablemente encontrará los argumentos, al mismo tiempo profundizará en la sensación de inseguridad, en el desprestigio técnico y  la polémica valórica. La mesa, entonces, está servida en un ambiente que tiene como telón de fondo una profunda derrota ideológica y cultural de la izquierda.

Durante años las izquierdas olvidaron el rol de la dimensión de la ideología.

En otras palabras, la desideologización impidió ver el entramado sistémico, tanto nacional como internacional. En un mundo globalizado no puede obviarse que el pensamiento único ha convencido a vastas multitudes de que no existe alternativa al neoliberalismo; en circunstancias que este marcha hacia un estancamiento secular. En fin, no se trata de adoctrinar sino de entender la realidad, cuestión urgente porque las ideas de la derecha son cárceles de larga duración que una vez enquistadas se convierten en escorias refractarias al cambio, para lo cual hay terreno abonado en las frustraciones de los sectores medios que ven amenazada su estabilidad y en el enojo de los sectores populares por el abandono en que viven, solo disimulado con políticas públicas de carácter asistencial. Ganar la mayoría demanda superar el sentido común que impone el pensamiento neoliberal y explorar los laberintos del pensamiento crítico.

Aunque previamente el concepto había sido reducido a polvo ideológico contrarrestado por la noción sobre-ideologización (de proveniencia ultraderechista). Luego, al tomarse la economía como una ciencia cerrada en sí misma, se perdió de vista la totalidad de la sociedad. Así,  la apostasía de la izquierda respecto a la dimensión ideológica y cultural terminó por oscurecer el camino hacia una democracia profunda. La renuncia a la teoría social crítica (en cualquiera de sus variables), debilitó su proyecto. Al olvidar a viejos y nuevos autores, como Gramsci y Althusser o Zizek y Harvey, que recomiendan no descuidar el rol de los aparatos ideológicos de Estado (medios de comunicación, escuelas, es decir, las instituciones que forjan la opinión) despojó al subalterno de la mirada crítica y relego el tema al sentido común. Por su parte, Dussel desde la filosofía de la liberación, enfatizaba sobre el componente ético. Incluso Bourdieu fue más enfático al exhortar a enfrentar el sentido común del grupo dominante.

Dicho de otra manera, esta forma del olvido tuvo a lo menos dos repercusiones; a saber, el adormecimiento ideológico de los partidos de izquierda; y, el adormecimiento social de los subalternos. El abandono de la reflexión teórica posibilitó la expansión de la violencia simbólica, una forma sutil e inadvertida de violencia que está permitiendo la colonización mental de chilenos otrora críticos  al sistema. Así, miles de ciudadanos están adhiriendo, por consenso, al orden establecido, sin darse cuenta están asumiendo sus gustos y modales, cambiando incluso el lenguaje, olvidando que la palabra no es neutral. Entonces, la expansión de la dominación cultural del pensamiento único/empresarial ha sido posible por el abandono de la disputa ideológica por parte de la izquierda (ortodoxa y socialdemócrata), su falta de imaginación sociológica impidió la construcción de un utillaje intelectual moderno que saliera al paso a la ofensiva libremercadista. Aunque, debe tomarse en cuenta que el concepto “ideología”, también  fue remecido por las severas derrotas de las izquierdas tanto que prácticamente desapareció de su “caja de herramientas”.

Los descalabros de los setenta, el colapso del socialismo, la triple crisis (izquierda, marxismo, socialismo), la imposición norteamericana de los Acuerdos de Santa Fe y el peso del Consenso de Washington lograron invisibilizar un concepto trascendente en las teorías críticas, afectadas además, por lo que fue la irrupción de eurocomunismo, la polémica modernidad/posmodernidad y novedosas propuestas como la de los Estudios subalternos y otras. Por eso, se aceptó la irreversibilidad del desarrollo dependiente y la posibilidad de compatibilizarlo con la democracia representativa. El tema no es menor porque se trata del olvido del rol de las ideas-representaciones y actitudes-comportamientos sobre el mundo, del abandono de un proyecto de sociedad y del acomodo, en plena crisis civilizatoria, en la cultura que legitima el dominio del capital financiero. El olvido del papel de las ideologías impidió, durante décadas, centrar la atención en cómo opera los mecanismos de dominio sobre la mente.

De esa manera el olvido/teórico, se abatió sobre las izquierdas con graves consecuencias.

Al abandonarse el concepto se concluyó que la izquierda no tenía necesidad de medios de comunicación propios. Pero, ¿cómo contrarrestar el mensaje dominante sin medios de comunicación? Hoy queda claro que considerar que la “mejor política comunicacional era no tenerla”, no tenía sentido. Fue regalar el campo comunicacional, reforzado ahora por la posverdad (la mentira y manipulación desembozada). Pero, esto no es todo, la renuncia en los días iniciales de la transición a tener una política comunicacional con medios de comunicación propios, fue un primer paso. El segundo, fue entregar a las leyes del mercado la sobrevivencia de los medios, medida que culminó con la desaparición de las publicaciones “progresistas” (La Época) y luego con las de izquierda (Punto Final, El Siglo). El tercer episodio se está consumando con los despidos que afectan a trabajadores de TVN, Megavisión y Canal 13, culminando de esta manera la centralización y concentración de estos aparatos ideológicos de Estado.  De esta manera se configura un campo de poder que relacionará a los dueños del capital  con el control del campo cultural.

En esto ya hay campo abonado, el temor a confrontar ideológicamente a las fuerzas armadas terminó con la autonomización que permitió el dolo…el miedo de analizarlas teóricamente como institución del Estado impidió que al menos se pensara en los cambios de planes y programas de estudio. La falta de contrapartes (comunicacionales y sociales) trasmutó al partido político transformándolo en organizaciones clientelísticas, desideologizadas,  sin respeto a la democracia interna y sin conocimiento de su historia de luchas por un mundo mejor. Cuestión grave porque si se persigue una democracia sustantiva la operación comienza en la democracia partidaria. En fin, otro de los tantos temas de enorme importancia, es no haber contrarrestado el extremo individualismo con la consiguiente pérdida de valores como el de las eticidades y solidaridades humanas, contribuyendo, por acción  u omisión, al anti humanismo que recorre al mundo, así como a la relativización de la democracia.

En otras palabras, la desideologización impidió ver el entramado sistémico, tanto nacional como internacional. En un mundo globalizado no puede obviarse que el pensamiento único ha convencido a vastas multitudes de que no existe alternativa al neoliberalismo; en circunstancias que este marcha hacia un estancamiento secular. En fin, no se trata de adoctrinar sino de entender la realidad, cuestión urgente porque las ideas de la derecha son cárceles de larga duración que una vez enquistadas se convierten en escorias refractarias al cambio, para lo cual hay terreno abonado en las frustraciones de los sectores medios que ven amenazada su estabilidad y en el enojo de los sectores populares por el abandono en que viven, solo disimulado con políticas públicas de carácter asistencial. Ganar la mayoría demanda superar el sentido común que impone el pensamiento neoliberal y explorar los laberintos del pensamiento crítico.

En un marco, sorprendentemente feble para la lucha de las ideas de cambio, resulta pasmosa la grave omisión sobre la relación ideología/movilización/encantamiento que observamos en el reciente documento dado a conocer por la Convergencia Progresista, una iniciativa loable que intenta poner de pie a parte de la oposición, solo que nuevamente una elite proveniente de la clase política, pensando desde el Si-mismo (desde los intereses del partido) elabora una invitación a la ciudadanía. ¿Pero, le han preguntado al pueblo que es lo que quiere? ¿No habrá llegado la hora de preguntar directamente a los humildes, a la clase media que es lo que anhelan? ¿Son las oligarquías dirigentes y sus cuadros técnicos lo que tienen que pensar por los carenciados? Esto debería cambiar, no se puede seguir pensando por el-otro, una infección ideológica que resalta a un grupo de poder sobre el intelectual colectivo.

En fin, los ejes temáticos del documento: crecimiento económico, seguridad, compromiso con los derechos humanos, rol activo del Estado, nueva Constitución y otros, solo son posibles de lograr con convicciones y participación. Derrotar “el desencanto” pasa por  la activación de la conciencia de miles de chilenos decididos a traspasar la barrera del olvido. Es lo primordial, porque lo que se está produciendo es la disolución de la barrera entre dictadura y democracia, opción facilitada –insistimos – por la destrucción de la opinión pública. Todo lo demás son falsas ilusiones, de lo contrario podríamos ver la emergencia de un Bolsonaro… a la chilena.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV