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Asesinato del presidente Frei Montalva: la República traicionada

por 1 febrero, 2019

Asesinato del presidente Frei Montalva: la República traicionada
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El homicidio del expresidente Eduardo Frei Montalva acreditado por sentencia de un ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, 37 años después de perpetrado el asesinato nos pone de frente a la realidad cruel e inhumana de un crimen artero de la dictadura de Pinochet que declaró enemigos a los propios chilenos que disintieron de ella.

Mucho se escribirá sobre el delito y sus autores, de la abyección de aquellos que siendo sus cercanos traicionaron a Frei, sobre la trama para ejecutarlo por aquellos que dieron la orden, también de la víctima y de las razones de cómo Eduardo Frei llegó a ser un objetivo criminal, del silencio de los tribunales y de la actuación de su partido y familia para esclarecer su muerte.

Con este crimen se, ratifica, que el Golpe de Estado en Chile, instauró un régimen que en su delirio fundacional no sólo rompió con la República y el sistema democrático, sino que conscientemente estableció una nueva concepción del poder y sus límites, quebrando definitivamente con Chile y su historia.

La historia en el siglo XIX y XX registra graves disensos, conflictos y quiebres entre los chilenos. Nunca ni en Lircay, o en la Guerra Civil de 1891, ni en los Golpes de principio del siglo XX que supusieron el fin de la republica parlamentaria, los vencedores instauraron una dictadura, los vencidos fueron respetados, los muertos entregados a sus deudos para ser honrados y recordados. El Presidente Bulnes amnistió a los derrotados en el rio Lircay. Los Balmacedistas triunfaron en las elecciones 3 años después de su derrota y del sacrificio del presidente Balmaceda. Es decir, Chile resolvió muchas crisis y quiebres fuera de la República para inmediatamente restaurarla e instalar el poder en ella y sus reglas. A esto se refirió lúcidamente Frei Montalva en agosto de 1980 en su recordado discurso en el Caupolicán.

Toda esta tradición y forma de hacer política en septiembre de 1973 se hizo añicos, los vencedores declararon aparte significativa de los chilenos y a sus organizaciones sociales y políticas como un cáncer a extirpar, enemigos de la patria, a los que había que exterminar; que cual Cronos griego asesina a sus hijos, por temor a la traición y felonía por él instaurada.

Cómo se puede explicar la no entrega de un cadáver a una familia, o hacer desaparecer compatriotas y negar incluso su existencia, en qué laberinto oscuro caímos para que médicos, amigos y colaboradores asesinen a un enfermo postrado y entregado a sus cuidados. Hizo muy bien Carmen Frei al recodar la lucha y desgracia de Sola Sierra y de Anita González, que murieron sin saber de sus familiares desaparecidos porque ellas simbolizan a todos quienes aún no saben el destino de sus seres queridos.

Además de un delito alevoso, el asesinato de Frei Montalva nos enrostra que el golpe de estado es un quiebre en sí mismo con la historia y con el modo que se resuelven los disensos y las crisis en Chile. Sus autores conscientemente corrieron el límite de las conductas permitidas representadas e imaginables y dejaron una marca de terror y espanto, un recordatorio a generaciones futuras que décadas después, nos persigue.

El asesinato de Frei Montalva interroga a los chilenos, clama no sólo por justicia y verdad sino por la restauración efectiva de la República de hombres y mujeres libres.

Por eso el Jefe de Estado hoy tiene una oportunidad para quebrar con ese pasado oscuro y terrible, reivindicar la memoria de víctimas y actualizar el compromiso de Chile con su historia republicana. Quizás bastaría que el presidente Sebastián Piñera volviera a leer las palabras premonitorias que escuchó junto a su padre de boca de Eduardo Frei Montalva en el Caupolicán ese invierno de 1980 y que probablemente sentenciaron su muerte.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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