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Sexualidad y discapacidad, ¿un verano naranja inclusivo?

por 23 febrero, 2017

Sexualidad y discapacidad, ¿un verano naranja inclusivo?
Se requieren esfuerzos sustantivos de nuestra sociedad contra la discriminación arbitraria frente a la diversidad funcional o personas en situación de discapacidad en todos los ámbitos, incluso en los más cotidianos, como son el amor y la amistad.
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“Juventud y naranja, contigo y con amor” cantaba el argentino Donald Mc Cluskey, el famoso hit veraniego de los 70’s, que se ha fijado en las memorias veraniegas de abuelos, padres y de nosotros mismos. En estas fechas uno recuerda paseos familiares, nuevos paisajes, y ¿por qué no? conocer a alguien, un amor de verano, que tiña ese verano de naranja. Sin embargo, lo que no aparece en nuestro imaginario es a las personas en situación de discapacidad (PeSD) en dichos paseos, nuevos paisajes o incluso teniendo veranos naranjas, ¿Acaso por su situación de discapacidad no podrán tener un verano naranja?, ¿La etiqueta de “capacidades diferentes” los hace “sentir diferentes”?, o la clásica pregunta, ¿Se podría dudar que las personas con diversidad funcional tienen sexualidad? Cabe recordar que en base a la Encuesta Nacional de la Discapacidad II (2015), se plantea que existen 2 millones 836 mil 818 personas en situación de discapacidad

Puede sonar extraño dudar de la sexualidad de las PeSD, pero a nivel internacional fue necesario plantear en el artículo 24 de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (CDPD) de la Organización de Naciones Unidas (2006) el “Respeto del hogar y de la familia”, aclarando que “los Estados Partes tomarán medidas efectivas y pertinentes para poner fin a la discriminación contra las personas con discapacidad en todas las cuestiones relacionadas con el matrimonio, la familia, la paternidad y las relaciones personales, y lograr que las personas con discapacidad estén en igualdad de condiciones con las demás”, o sea fue necesario definir un apartado en la CDPD para asegurar su libertad a tener parejas. Esto es consistente con las líneas políticas y de investigación que definen a la situación de discapacidad como una categoría relacional que estratifica, que establece diferencias injustas entre las personas en situación de discapacidad y la sociedad.

Ante dichas diferencias injustas sobre las PeSD, se requieren esfuerzos sustantivos de nuestra sociedad contra la discriminación arbitraria frente a la diversidad funcional o personas en situación de discapacidad en todos los ámbitos, incluso en los más cotidianos, como son el amor y la amistad. El desarrollo de estrategias de apoyo para el bienestar y realización sexual y reproductivo de PeSD en nuestro país es absolutamente necesario, en al menos tres puntos: a) Asegurar el acceso a la salud sexual y reproductiva de niños, niñas y adolescentes en centros de salud, desde la accesibilidad hasta la disposición de nuestros profesionales; b) Asegurar estrategias de prevención y promoción de la salud sexual y reproductiva en las comunidades educativas de escuelas públicas y escuelas especiales de nuestro país (que son los centros preferentes a los que asisten nuestros estudiantes en situación de discapacidad); c) Trabajar con familias y comunidades sobre la autonomía y el desarrollo de proyectos de vida de personas en situación de discapacidad, pues debemos comprender que el mejor protector no es la prohibición de las parejas de las personas con discapacidad o la esterilización , sino el desarrollo de estrategias generadas desde y para la comunidad, con un enfoque de derechos humanos.

Hace unos meses, se publicó un artículo en “El Mostrador” en el que una madre argumentaba la necesidad de esterilizar a su hija: “No se sabe cuidar a ella, cómo va a cuidar a un hijo. Imagínese que ni Dios lo quiera le pasara eso… serían dos niños”. Una de las principales reflexiones que se puede extraer ante dicha frase es que se requiere apoyar a la comunidad ante estos temas, decirles que no están solos, apoyar a esas familias para mirar la sexualidad desde una esfera mucho más amplia que la relación sexual y el abuso, es necesario discutir sobre la afectividad, las relaciones interpersonales, la autonomía progresiva y los proyectos de vida de todos los niños, niñas y adolescentes de nuestros sistemas educacionales. Un verano naranja sería imposible con todos los miedos y riesgos que la sociedad desarrolla sobre las PeSD y sus familias.

Espero que al final de este verano podamos decir que fue más inclusivo que anteriores, que hayan existido muchos veranos naranjas de PeSD. Incluso, una que otra anécdota que contar en sus escuelas, ya sea en la educación especial o estudiantes del programa de Integración Escolar. Espero que como sociedad avancemos en mirar a las personas en situación de discapacidad como sujetos de derechos en todas las esferas (obviamente, como seres sexuales), seres integrales que son parte de nuestra sociedad, porque en Chile nadie sobra.

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