En este número de Universo Paralelo, de la mano de Jane Goodall, hablaremos de cómo el hombre tampoco es central cuando se trata de descubrir sus orígenes.
Envejecer parece hoy el peor de los agravios. Claro, vernos atrapados en un cuerpo que cambia puede resultar frustrante: “Sé que me veo diferente/ pero me siento el mismo por dentro/ Tengo las mismas inseguridades/ que tenía cuando era niño”
El contenido fabricado por IA ya es difícil de detectar casi en cualquier ámbito. La empresa de ciberseguridad DeepStrike estima que los deepfakes en circulación pasaron de 500 mil en 2023 a cerca de 8 millones en 2025 y que gran parte ya engaña a ojos entrenados.
Más allá de recordarnos que la Tierra es un sistema activo y dinámico, estas imágenes vuelven a instalar una pregunta incómoda ¿Nos estamos acostumbrando a ver edificios colapsados, comunidades aisladas y personas rescatadas entre los escombros?
El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, hora de Hiroshima, el mundo entró en la era atómica. Setsuko Thurlow tenía 13 años y estaba a 1,8 kilómetros del hipocentro. Décadas después, al recibir el Nobel de la Paz en nombre de los sobrevivientes, los hibakusha, lo describió así.
Por estos días hablar de algo que no sea fútbol parece una herejía. Incluso en este Universo Paralelo caímos en la inevitable pasión de ese deporte. Por supuesto, solo como una justificación para hablar de otra cosa. De ciencia.
La próxima semana el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) se va a dormir. No para siempre, pero sí por varios años. Cuando despierte, en 2030, será una máquina distinta: el HL-LHC, de alta luminosidad, capaz de producir muchas más colisiones y acumular datos con una precisión que hoy no es posible.
Cada vez que comemos, respiramos aire limpio, tomamos agua, caminamos por una playa, disfrutamos un paisaje, estamos recibiendo algo de la naturaleza. A veces lo llamamos servicios ecosistémicos, contribuciones que hacen posible nuestra vida cotidiana, aunque muchas veces no lo veamos directamente.