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Plan de marketing para la vejez

por 15 junio, 2017

Plan de marketing para la vejez
La vejez tiene mal marketing. Es un tema poco atractivo que en Chile y en varios países del mundo se asocia mayoritariamente a enfermedades, soledad, deterioro, inutilidad o inactividad y, finalmente, muerte.
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Nadie quiere envejecer. Obvio. Por qué alguien podría querer convertirse en adulto mayor en una sociedad que no incluye a los mayores de 60 años y que los considera,  muchas veces, como personas incapaces de salir solas, de tomar decisiones sobre su propia vida, como seres asexuados, frágiles e inhabilitados para continuar (o reinsertarse) en el mercado laboral. Pero cuando los padres necesitan que los abuelos cuiden a los nietos, dejamos de pensar en los mayores en forma negativa.

Es esta imagen peyorativa que tenemos de la vejez la que actúa como caldo de cultivo para las más variadas formas de maltrato hacia este grupo etario. Para tomar conciencia de ello es que la ONU designó el 15 de junio como el Día Mundial de la Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, es decir, como el día en que el mundo y en particular las personas mayores, levantan la voz en contra de cualquier forma de violencia y mal trato hacia los mayores de 60.

En Chile se conoce como el Día del Buen Trato hacia el Adulto Mayor y tanto el Servicio Nacional del Adulto Mayor como diversos municipios realizan actividades que buscan visibilizar una realidad que afecta a miles de personas mayores y, al mismo tiempo, informar para prevenir futuras situaciones de maltrato.

Es que cuando hablamos de maltrato hacia las personas mayores no podemos  quedarnos solo en la violencia física, no es necesario golpear a una persona para maltratarla. Por ejemplo, abandonar a un familiar mayor en una residencia, es una forma de maltrato. Esto no quiere decir que todas las personas mayores que están en una residencia estén abandonadas y sufran de maltrato, porque para muchas familias la institucionalización de esa persona es la mejor solución y aunque viva en un “hogar de ancianos”, mantienen el contacto y continúan preocupándose por el bienestar físico y emocional de su familiar.

Lo mismo sucede si, por ejemplo, vivimos con un adulto mayor y relegamos a esa persona a la última habitación de la casa, no la consideramos en las decisiones o proyectos familiares (muchas veces la familia se va de vacaciones y deja al adulto mayor solo) o no le brindamos los cuidados necesarios para una vida digna, por ejemplo.

Otra forma de maltrato es, por ejemplo, impedirle salir solo por temor a que sufra accidentes, pese a que esa persona esté en perfectas condiciones de autivalencia. Muchas veces por el cariño que sentimos hacia nuestros familiares mayores tendemos a sobreprotegerlos y coartamos su libertad y poder de decisión. En lugar de prohibir, deberíamos generar las condiciones de seguridad necesarias para que la persona mayor pueda continuar haciendo su vida de forma autónoma por el mayor tiempo posible. En este sentido, adecuar el hogar para hacerlo más seguro (barras en las duchas, fijación de alfombras, zapatos antideslizantes) y darle acceso a ayudas técnicas que le den seguridad en su desplazamiento (barras de apoyo, bastones) son pequeñas acciones que promueven la independencia del adulto mayor.

Sin embargo, hay formas más sutiles de ejercer el maltrato y que como sociedad hemos naturalizado. Son situaciones cotidianas, que muchas veces pasan inadvertidas, como cuando acompañamos a nuestros padres, suegros o abuelos al médico y el profesional, en lugar de hablarles a ellos (que son los pacientes), nos habla a nosotros porque cree que el mayor no entenderá. Cuando nos estacionamos en el lugar reservado para personas mayores o en situación de discapacidad, cuando en el Metro o en la micro nos sentamos en el lugar reservado para ellos y nos hacemos los dormidos cuando vemos que se sube un adulto mayor.

Incluso sucede con la gente de edad más cercana, cuando hacemos lo posible para no escuchar las mismas historias del abuelo o tratamos de que nuestros padres no hagan sus cosas para que no les pase nada.

Hoy, cuando el mundo nos invita a volcar la mirada en nuestros viejos y a tomar conciencia de su vulnerabilidad, el desafío es justamente ese: tomar conciencia de nuestros actos y comportamiento hacia los mayores en general y nuestros viejos más cercanos en particular para identificar aquellas actitudes que coartan su libertad y merman su dignidad y cambiarlas por actitudes que promuevan su autonomía, su independencia y les reconozca su condición de persona. Podemos contribuir a mejorar el marketing de la vejez.

Cada pequeño cambio que hagamos hoy nos permitirá generar más espacios de participación para los adultos mayores y, al mismo tiempo, allanará el camino para que las futuras generaciones de mayores gocemos de una vejez más plena, digna y con mejor trato.

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