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“La mujer empieza a vivir cuando se organiza”: Reflexiones en torno a la violencia contra las mujeres

por 9 junio, 2018

“La mujer empieza a vivir cuando se organiza”:  Reflexiones en torno a la violencia contra las mujeres
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El caso Weinstein, famoso director del séptimo arte, sacudió al mundo cinematográfico luego de las denuncias de hostigamiento, acoso y abuso sexual por parte de muchas mujeres que trabajaron con él.

En abril de este año, el inepto veredicto de la Corte de Navarra (España) descartó el delito de violación a cargo de 5 jóvenes, caso similar que ocurrió posteriormente en Chile. A eso se suman los recientes crímenes contra infantes que han dejado a la población en un estado de estupefacción e ira justificadas, lo que ha derivado en un grandioso eco entre varios movimientos de estudiantes universitarias. Mujeres que definitivamente no pertenecen a las anteriores generaciones del miedo, clamando fuerte un alto al acoso en el aula y en la calle.

Son dignas del reconocimiento por alzar la voz contra el machismo y su denigrante lógica patriarcal que diezma a Chile —recordemos al paradigmático caso Nábila Rifo— y al mundo entero. Los hombres deberíamos mostrarnos mucho más enfáticos, pero parecemos enmudecidos por la bruma reivindicativa de nuestras compañeras y quizá por la vergüenza que pesa sobre nuestro género.

Las reacciones del mundo masculino a cada uno de los eventos mencionados son varias y desiguales.

“Nuevas inquisiciones”, publicada por Mario Vargas en El País, estima al feminismo como “el más resuelto enemigo de la literatura”. Si bien se puede entender cuando discute condenaciones excesivas a cargo de ciertas censoras literarias feministas, es peligroso vulnerar por amalgama a la multitud de estudiosa/os feministas diseminada/os en una diversidad de opciones y propuestas que la teoría feminista ofrece desde más de dos siglos. Oferta que obligó a una serie de revisiones profundas a grandes “certezas” teóricas y prácticas de las Ciencias Sociales y del pensamiento filosófico. En breve, no existe una praxis feminista, tampoco una línea teórica feminista: son muchísimas, enrolladas en constantes dinámicas, tal vez sea su mejor encanto. En la mira se encontraban las seguridades teóricas del patriarcado pregonando la estabilidad política machista del mundo académico (y del pensar) puesto que, en él, los hombres y ¿por qué no? sus cómplices femeninas, podían mantener un status quomuy conveniente.

También tenemos una entrevista al escritor chileno Rafael Gumucio, publicada en mayo de este año en El Desconcierto, donde declaró que lo que está haciendo el feminismo es decirle a los hombres ‘oye, pégame más’”. No creo que Gumucio acepte la violencia contra las mujeres, pero escogió una odiosa y pública manera para insultarlas y con ellas, a todas las mujeres de Chile. Vuelve a las mujeres culpables pasivas y activas de la desgracia que las afecta tan gravemente.

Terminemos con una digresión en torno a la nota publicada en El País en abril de 2018: “Por qué los hombres violamos”. Su autor, el profesor de Ciencias Políticas Víctor Lapuente, considera responsable a “la testosterona, que dificulta nuestro autocontrol”. Esta explicación biologista parece una sutil manera de disfrazar que las relaciones entre mujeres y hombres son dinámicas sociales de poder, exasperadas por una sociedad hiperconsumista e hipercompetitiva. Nuestra cultura de sumisión y violación ha devenido con los años en un modo de “ser macho”  que confunde el deseo erótico con el dominio y la subordinación; todo alimentado del sexismo generalizado de los programas de televisión, la política, la publicidad, la banalización de la crueldad y horrores de los conflictos armados, la permisividad moral y ética y tantas otras vicisitudes que reducen los seres sexuados que somos a objetos explotables, despreciables y desechables.

Ahora pues estamos frente a la obligación de desafiar esta pseudohipersexualidad que reduce y obliga las mujeres y los más vulnerables en nuestras sociedades a satisfacer un supuesto derecho masculino esclavo del capricho de sus hormonas. Como afirma el psiquiatra León Cohen, estamos frente a la obligación de inventar un nuevo imaginario de poder ciudadano en el que “ambos géneros, ciertamente diferentes, han de cohabitar en una existencia de cuya vida ambos son responsables”.

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