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Explotemos juntos ante la violencia sexual invisible

por 4 septiembre, 2018

Explotemos juntos ante la violencia sexual invisible
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Tras la ebullición del mayo feminista, en que las estudiantas levantaron la voz hastiadas de las violencias cotidianas e invisibles, no hemos dejado de escuchar denuncias que una y otra vez nos recuerdan lo brutal de los abusos que hemos normalizado, incapaces de comprender su gravedad.

Las alumnas del Liceo 1 denunciaron acoso sexual de larga data por parte de profesores, y la respuesta fue omisión, encubrimiento, y descrédito y sanciones a quienes denunciaron. En el colegio Sagrados Corazones, estudiantas denuncian a sus propios compañeros, elegidos como “brigadieres” por su supuesta honorabilidad, de vender y compartir fotografías íntimas de ellas como si fueran trofeos. Universitarias de Playa Ancha llegaron incluso a una huelga de hambre, desesperanzadas por la escasez de avances en torno a las denuncias de acoso por parte de profesores. En la televisión, actrices denuncian al director Nicolás López por abusivo, y nadie se extraña, solo les parecía “chacota” que pidiera sexo para dar trabajo. Fernando Villegas es despedido de su trabajo, y ahora todos reconocen que hostigaba sin más a las mujeres y que ellas le temían y callaban. Y que el resto sabía y guardaba silencio.

Las denuncias son brutales, y sin embargo en todas ha pasado mucho tiempo de prácticas abusivas y machistas que el entorno veía, conocía y -sin embargo- asumía como un problema con el que debemos convivir porque dios así lo quiso, porque dios también es hombre, diría Jorge González, lúcido ya en su veintena.

Si las denuncias fueran sobre un grupo que sistemáticamente robó celulares día tras días durante veinte años, hasta la PDI hubiera intercedido en los casos del Liceo 1 y Sagrados Corazones. Cuando la noticia fue que Rafael Garay había estafado a personajes de la farándula, el espanto fue mayúsculo. Al parecer, los bienes y el dinero importan mucho más que la dignidad y los derechos de las niñas y las mujeres, en una sociedad cínica que asume que tenemos que callarnos y acostumbrarnos a ser abusadas, porque somos ciudadanas de segunda clase, sin privilegios y sin honor.

La violencia con la que vivimos es tan cotidiana, que nos han hecho creer que es normal, y he ahí el meollo de los abusos contra niñas, mujeres, lesbianas, trans. En los pololeos la exigencia de entregar las claves de redes sociales no se entiende como control, sino como preocupación. En los trabajos y estudios protegerse de acosadores es responsabilidad nuestra y no responsabilidad de ellos. Si nos violentan por besar en público a la polola o por no tener la impronta que se espera de nosotras, debemos aprender a defendernos o no meternos en problemas.

Lo que nos falta es recuperar la capacidad de asombro. Y más que de asombro de espanto. Espantarnos porque nuestras hijas se pasen el dato en los liceos y colegios acerca de cómo cuidarse de tal y cual profesor o compañero acosador. Asombro por pensar si usamos o no escote cuando tenemos 15 y salimos a la calle. Espanto cuando la amiga no para de responder mensajes del pololo que si no se enoja porque desconfía.

Solo el espanto ante la violencia sexista nos hará recuperar la cordura, porque este mundo a ratos se nos hace invivible. Y aunque estamos acostumbradas a callar y aceptarlo, la rabia se acumula, y hemos acumulado por siglos. No se asombren si cada tanto explotamos, porque solo estas erupciones podrán hacernos justicia. Mejor espántense de que llevemos la vida completa aguantando y explotemos todos juntos hasta que la vida cambie y se haga digna también para nosotras.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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