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BRAGA

Maternidad forzada: embarazos en niñas y adolescentes muestran la otra cara de la violencia contra las mujeres en México

por 3 marzo, 2020

Maternidad forzada: embarazos en niñas y adolescentes muestran la otra cara de la violencia contra las mujeres en México
Ocho de cada 10 agresiones sexuales contra menores de edad son cometidas por miembros cercanos a la familia.
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*Este reportaje fue realizado por María José Martínez, Jesenia Freitez Guedez, María José Puente, Montserrat Peralta, Nancy Ramírez Duarte, Rosario Lucas y Yelly Bernal. Con la mentoría de Daniela Guazo.

Una niña de 13 años es entregada a un “amigo cercano” de su padre para aminorar los gastos en casa; tiempo después tiene a su primer hijo. Dos niñas de 12 años descubren que están embarazadas en una revisión normal del médico; una de ellas tiene discapacidad intelectual. Una joven de 17 es golpeada por su segunda pareja después de quedar embarazada. Una niña de 14 decidió abortar tras soportar múltiples abusos a manos de su tío. Estos casos son sólo una pequeña muestra de la realidad que viven miles de niñas y adolescentes en México.

De 2008 a 2018, cada año, en promedio, 14.568 menores de 10 a 14 años se convirtieron en madres, de acuerdo con los datos del Subsistema de Información sobre Nacimientos (SINAC) de la Secretaría de Salud. Y contrario a la creencia popular de que estos embarazos son el resultado de la falta de información y el poco acceso a métodos anticonceptivos, en gran parte de los casos se esconden situaciones en donde la niña es víctima de abusos e incluso uniones forzadas. 

En el Instituto Nacional de Perinatología, ubicado en la Ciudad de México, se encuentra la Clínica de Medicina de la Adolescente, lugar en el que es común ver a menores de edad con pequeñas barrigas que denotan su embarazo y que van de la mano de sus madres. Ahí, desde el primer acercamiento se investiga la edad de la pareja. “Nosotros muchas veces podemos sospechar, pero no podemos tener una certeza de esta situación”, explica Norma Velázquez jefa de salud reproductiva del Instituto Nacional de Perinatología.

Se les pregunta intencionadamente [a la menores de edad] si hubo actos de violencia [sexual], porque la actitud de estas chicas cuando ocurre esto es estar retraídas, no hablar y tienen una actitud diferente cuando nosotros les preguntamos bueno ¿tú querías?”, dice la doctora, quien añade que esta información se revela únicamente en entrevistas individuales.

Aunque no es una situación que se replique de manera tan cotidiana, la complejidad de los casos es algo que requiere de especialistas. “Algunas mamás de estas chicas ya habían interpuesto denuncias previas al llegar con nosotras a la institución y, obviamente es una condición muy difícil para ellas porque las chicas no saben qué pasa con su cuerpo, entonces sí requieren mucha atención de psicología y de psiquiatría para intentar mejorar su condición psicoafectiva”, dice la doctora.

En 2015 el gobierno federal lanzó la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes; una de las metas principales que se plantearon fue reducir para 2030 a la mitad la actual tasa de fecundidad entre las adolescentes mexicanas, y erradicar el embarazo en niñas menores de 15 años. Estas metas se ven muy poco probables tomando en cuenta que desde el año en el que se lanzó la estrategia hasta 2018, la cifra de embarazos en donde la madre tenía entre 10 y 14 años bajó apenas 1.815 casos.

En el caso de las menores de 15 a 19 años la situación no es muy diferente: cada año, en promedio, de 2015 a 2018, se registraron 381.000 nacimientos en donde la madre entraba en este rango de edad. Los datos han tenido una disminución apenas del 14%. Esto ha hecho que México se posicione como el país con la tasa de fecundidad más alta dentro de esta población entre las naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) con 64 nacimientos por cada 1.000 adolescentes en este rango de edad. 

Una deuda pendiente

La puesta en marcha de esta estrategia del gobierno federal fue un punto de partida para analizar e intentar reducir el número de partos que se registran dentro de la población de niñas y adolescentes. Pese a esto, tener una estadística confiable que ayude a crear verdaderas políticas públicas que contengan y logren reducir esta problemática y que además generen información acerca de los abusos de los que son víctimas estas nuevas madres no se ha conseguido.

Intentar medir la situación del embarazo adolescente a través de un censo sería muy costoso. Hay aproximaciones para medir este fenómeno a partir de las respuestas básicas de las personas, en donde se pueden saber las edades y las vinculaciones, pero sería demasiado vasto, aseguró Edgar Vielma Orozco, director general de Estadísticas Sociodemográficas del Inegi.

Además, asegura que las cifras que se tienen varían mucho dependiendo del organismo que las recabe, la metodología empleada, la calidad de los procesos y el tiempo en que se llevan a cabo. Los datos son tan ambiguos que “la cifra más certera es la de 2011 […] la metodología nos dice que se debe dejar una ventana de diez años”, asegura Vielma Orozco.

Pero un dato que sobresale es que el número de menores de entre 12 y 11 años que han sido madres no se ha podido reducir de manera significativa. Del mismo modo que ocurre con los casi 100 casos anuales en el que la madre es una niña de 10 años y representa “una clara violación” si se consulta cualquier legislación vigente para las 32 entidades del país.

Marcadas por la violencia

El Inegi es uno de los organismos que cuenta con las estadísticas más cercanas del número de menores que se convierten en madres cada año en México. Con estos datos han podido analizar el perfil de las mujeres que integran esta estadística y como sus características se encuentran definidas por un ciclo de violencia, marginación y pobreza que les impide salir de él.  

Son personas que van a enfrentar un ciclo de violencia y pobreza, intergeneracional. Ellas están ahí porque su madre, su abuela y tatarabuela estaban ahí y romper con esos ciclos es muy complejo. Los estados deben entender que crear una política para controlar las tasas de fecundidad es una prioridad de urgencia […] y la importancia de que a estas niñas se les atiendan como víctimas cuando denuncian un abuso”, afirma Vielma Orozco.

Convertirse en madres a una edad tan pequeña les impide tener una educación de calidad, oportunidades de superación y en ocasiones son obligadas a casarse bajo coacción sexual. 

En 2016, por ejemplo, más de la mitad de las menores de entre 10 y 14 años que fueron madres no tenían la primaria completa, de acuerdo con datos publicados por el Consejo Nacional de Población (Conapo).

Abuso sexual: el origen de todo.

Lo que se esconde detrás de los embarazos de menores de 18 años, en especial de niñas entre 10 y 14, son innumerables historias de abuso que ejemplifican los niveles de violencia a los que están sometidas las mujeres en México. La última Encuesta Nacional sobre la Dinámica de Relaciones en los Hogares (ENDIREH) señala que el cuatro de cada diez adolescentes de 15 años sufrió violencia sexual en algún momento de su vida y que 9%, es decir 4,4 millones, fueron víctimas de abuso sexual durante la infancia.

Estas situaciones se reproducen en un país donde se cometen al menos 600.000 delitos sexuales cada año y en el que nueve de cada 10 víctimas son mujeres y el 40% tienen menos de 15 años, explica María Antonieta Alcalde, directora de IPAS México: “25 niñas de 10 a 14 años de edad dan a luz todos los días. Es un problema alarmante y estas son solo las que están embarazadas, pues el problema de violencia es mucho más amplio”, asegura.

El lado más oscuro de estas estadísticas de nacimientos es que el padre, por lo general, es mucho mayor que la madre. “No son dos niños teniendo relaciones sexuales. Este es un adulto que muchas veces con coerción, con violencia, con amenazas, está teniendo relaciones con una niña”, añade Alcalde.

Este tipo de datos no se reflejan únicamente en los análisis que han hecho en IPAS, sino también en la Encuesta Nacional de la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) 2016, documento en el que se muestra que en el 20% de los casos los agresores sexuales son tíos y en un 14% primos. Y de acuerdo con las cifras que publica el Secretariado Ejecutivo se ha determinado que en ocho de cada 10 casos los agresores sexuales son conocidos o personas cercanas a la víctima. 

A esto se le tiene que sumar los resultados de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) de 2012, que muestra que el 92% de las menores que iniciaron su vida sexual antes de los 12 años tuvieron una pareja masculina que tenía entre 15 y 19 años. En el caso de las adolescentes, entre los 12 y 14 años, 65% detalla que su pareja tenía entre 15 y 19 años y 24% que sus parejas eran mayores de 20 años, incluyendo hombres de más de 30. Para el estado mexicano esto constituye violencia sexual, ya que se genera un abuso de parte de un adulto que cuenta con mayor experiencia y habilidades de manipulación, engaño, “seducción” o incluso fuerza física por parte del hombre hacia la niña o adolescente con el fin de obligarla a tener relaciones sexuales abusivas, aseguran las autoridades.

Desde la intimidad, y pese al miedo que aún las acompaña, estos son los testimonios de quienes siguen sobreviviendo a una violencia que las forzó a ser niñas madres. 

Colgada del guamúchil

La mudanza a una nueva casa significó una gran cambió en la vida de Enriqueta Salas. A sus 13 años su padre, con el consentimiento de su mamá, la entregó a un “buen amigo” que quiso hacerse cargo de ella para aliviar las cargas del hogar y de su familia, en Culiacán.

Pronto Enriqueta quedó embarazada del primero de sus seis hijos, un bebé que no estaba en los planes del “buen amigo” de su padre y quien en ese momento tenía como único objetivo emigrar a los Estados Unidos. “Yo en ese tiempo era una niña inexperta, de rancho”, recuerda.

Con un ser creciendo en su vientre, la menor tuvo que regresar al hogar del que la habían “sacado” como un favor. Pero eso duró poco, pues meses después conoció a su segundo marido, un vendedor de tortillas. 

“Yo pensaba que era bueno, pero él me dio una vida muy mala. Me golpeaba, yo no le podía decir nada”, dice Enriqueta, quién para ese momento tenía 16 años.

A pesar de que también fue víctima de abuso por parte del “amigo” de su padre, ella lo ve como “el bueno”, por haber recibido al hijo que ambos tuvieron en Estados Unidos. Pero sobre todo porque nunca la golpeó ni la ofendió como si lo hizo su segunda pareja.

En ese segundo matrimonio no tuvo nada más que maltratos. “Durante el bautizo de unos de mis hijos me desmayé y al llegar a la casa me golpeó, qué porque lo había dejado en ridículo. Una vez me pegó en la cabeza y no supe de mí y cuando volví en sí me volvió a golpear. Le pedí que me llevara al médico […] Como pude me regresé a la casa y me dijo que, si me estaba haciendo pendeja”, relata entre lágrimas.

Enriqueta es una mujer amable, de dulce hablar y mirada triste. Sobre su larga melena se dejan ver sus canas que despintan su cabello rubio tintado, al que le gusta recoger con una gruesa trenza, similar a la de una bailarina. Los surcos que marcan su rostro, junto a la blancura atrevida su cabello, revelan los años de dolor que ha vivido esta sinaloense a manos de la violencia de su pareja.

Una mañana, adolorida por los golpes y embarazada por cuarta ocasión, aprovechó la ausencia de su esposo y corrió a resguardarse a la casa de sus tíos, donde se reencontró con su mamá después de 10 años. Con dolores de parto y “bañada en sangre” la llevaron a una de las habitaciones de la vivienda. Después de un doloroso parto le dijeron que su hija estaba muerta. La única salida que encontró fue regresar con su agresor. “Volví otra vez con él para no andar rodando otra vez con mis hijos y salí embarazada otra vez”. Sin embargo, esperar un nuevo bebé no la salvó de seguir recibiendo golpizas su pareja.

Días después llevó a sus hijos con su mamá y le contaron que su pareja la había colgado de un Guamúchil, (un árbol de frutos). “Mi mamá no lo podía creer, ya desde ahí podía ni verlo […] ´Te acuerdas cuando te tenía colgada´ me dijo una vecina, pero yo no lo recuerdo. Solo sé que estaba desmayada y embarazada de esa niña que me dijeron que perdí. ´Yo fui y te bajé´”, fue lo que su mente borró.

Muñecas rotas

Sin conocerse, Ámbar y Sofía comparten algo además de su edad. Ambas llegaron a los 12 años al centro de salud de urgencia y descubrieron que esperaban un bebé. La noticia también sorprendió a sus familias.

La diferencia de Ámbar con Sofía, nombres que usaremos para proteger sus identidades, es que la primera sufre de un retraso mental severo y sus padres padecen serios problemas con el consumo alcohol.

La madre de Sofía, en cambio, trabajaba como lavandera. Esto impidió que cuidara de Sofía y la tuviera que dejar al cuidado de sus abuelos, pero al poco tiempo quedó embarazada de nuevo. Sofía regresó a casa, solo para hacerse cargo de su nuevo hermanito. Poco después la menor también quedó embarazada. La familia sospecha que el padre podría ser la pareja de su madre, pero Sofía se niega a dar esa información.

Hoy Ámbar vive en un refugio y Sofía no tuvo otra opción más que regresar a casa de su madre.

Mariana: un nombre que su suma a la lista de víctimas de violencia sexual, económica y verbal.

Mariana Gómez quedó embarazada a los 14 años. Apenas comprendía los procesos de su cuerpo, tuvo su primera menstruación a los 12. Un año antes conoció a Pablo, vivía a dos casas de la suya y le llevaba 11 años de edad.

Pablo constantemente le hablaba de sexo y un día la convenció de tener relaciones sexuales con él. “Yo no sabía nada de esas cosas, luego de la primera vez que estuvimos juntos lloré una semana”, recuerda.

Residente del Barrio Independencia, de Monterrey, Nuevo León, una colonia popular conocida por los altos niveles de violencia y tráfico de droga, Mariana entró en pánico cuando supo que esperaba un hijo. Sus padres la forzaron a casarse “para que tuviera un hombre que se encargara de ella y de su niño”.

El día que le dijo a Pablo lo que ocurría fue el peor. “Me dijo que él no quería hijos, que se iba a casar conmigo porque no le quedaba opción, pero que de ahora en adelante debía estar en casa, me prohibió trabajar porque él se encargaría de todo y también me exigió dejar los estudios para que no anduviese de ofrecida en la calle”, relata.

Mariana mide 1.56, pesa 42 kilos y apenas puede verbalizar su historia. Sufre desnutrición y estuvo en riesgo de morir cuando dio a luz. Pablo no la acompañó en el parto, tenía miedo de que lo denunciarán ante las autoridades por embarazar a una menor de edad. 

Lo poco que cuenta Mariana sobre su embarazo tiene una carga de dolor. Sufrió depresión postparto, no solo porque no estaba preparada para tener un bebé, sino porque tuvo complicaciones: desgarros y hemorragias.  De acuerdo con los datos de Ipas México, las niñas y adolescentes que salen embarazadas tienen cinco veces más riesgo de presentar complicaciones en el embarazo y en el parto.

Además, su pareja es constantemente violento con ella, aunque no sabe reconocerlo. “Él no es malo conmigo, se molesta si salgo a hablar con las vecinas, pero siempre hace la despensa y dice que no tengo nada que buscar en la calle. Habla fuerte, pero así es desde que lo conocí. Ya yo estoy acostumbrada a su carácter, porque ya son cuatro años juntos”, relata la joven.

El hijo de Mariana tiene ya cuatro años y ella alcanzó la mayoría de edad, pero eso no quita la timidez arraigada a raíz del miedo que le tiene a Pablo. Pide que en la entrevista se resguarde su nombre y aunque estaba dispuesta a contar su testimonio en video, finalmente decidió no hacerlo por miedo a que Pablo tome represalias contra ella.

Un embarazo que no supo ocultar

Idalia entró a la recámara de su hija de 17 años y un olor extraño le llamó la atención. En una mesa de noche encontró un licuado que olía tan fuerte que podría hacer vomitar a cualquiera. La mezcla de ramas era para inducir el aborto, pero Kimberly, su hija, no fue capaz de tomarlo.

Esto apenas era el inicio del viacrucis para esta joven. El padre del niño siempre negó su paternidad e incluso amenazó con golpearla. La depresión se apoderó de ella. Dejó de salir de casa y cuando dio a luz no pudo darle pecho a su hijo. “Hasta decía que no era suyo”, cuenta Idalia.

Cuatro meses después Kimberly conoció a un hombre que le aseguró que la apoyaría con su bebé y se fue a vivir con él. Nada fue real. Lo único que vivió dentro de esa nueva casa fueron golpes y malos tratos que con el tiempo ya le parecían normales. 

Kimberly abandonó a la pareja que la golpeaba, se fue de su casa y dejó a su hijo al cuidado de la abuela. Tiempo después se involucró con un muchacho que la llevó a consumir drogas. Sus amigas la hicieron a un lado y dejó los estudios. Ahora se encuentra en un proceso de desintoxicación.

“Ella sale el 8 de abril de 2020 y yo creo que le ha servido estar ahí. Ella dijo que esa vida no era para ella”, asegura su madre.

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