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¿Educación?, la distancia y el agobio docente en tiempos de coronavirus

por 30 marzo, 2020

¿Educación?, la distancia y el agobio docente en tiempos de coronavirus

Crédito: Arlette Cifuentes

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La crisis sanitaria mundial ha modificado nuestras vidas y sobre todo nuestra relación con el tiempo de productividad, pero en el contexto educativo es necesario aclarar que sólo en algunos aspectos, porque francamente ha profundizado una experiencia de agobio instalada desde hace muchos años. La situación pone de manifiesto lo que vivimos como profesionales de la educación en el trabajo administrativo y creativo-productivo (guías, búsqueda y producción de material pedagógico, planificaciones, elaboración de pruebas, evaluación y retroalimentación) el que pareciera no tener un valor y menos un periodo real asignado para que este se desarrolle dentro del espacio laboral.

Entonces ¿cuál es la novedad?, hoy la cuarentena, dicho sea de paso necesaria, obliga a instalar las salas de clases en nuestros hogares, a estar continuamente conectades a la gran red de internet respondiendo sin considerar días ni horarios las consultas de estudiantes, apoderados, colegas y equipos directivos. ¿Cómo diferenciar las horas de trabajo del tiempo de descanso?, cuando la experiencia, en el caso de profesoras y profesores, nunca ha permitido sacar las escuelas de nuestra vida personal. Más complejo se vuelve aún al constatar que las mujeres somos un porcentaje importante del gremio de la educación y-por tanto- toca reflexionar cómo educación online se entrecruza con las labores de cuidado, ¿cómo balancear nuestros deberes laborales con las necesidades frente a la crianza? Sobre todo porque las educadoras-madres no cesan ante las responsabilidades de cuidado físico, intelectual y emocional que necesitan los propios hijos e hijas, y finalmente ¿qué esfuerzos concretos se han propiciado para democratizar esas responsabilidades domésticas? Cuando recientemente miles de mujeres lo estuvimos exigiendo en las calles.

Es momento de reflexionar e idear una economía que deje de hipotecar la vida de todas y todos. De defender nuestra vida no solo del virus, sino que de cuestionarnos y pensar acciones para que nuestros trabajos no desborden otras dimensiones de la totalidad de nuestra existencia.  

A lo anterior, se suma que muchos estudiantes carecen de equipos y/o conexión para el ingreso a páginas web, plataformas u otros recursos que permitan desarrollar las tareas de aprendizaje incluso, la mayoría de las y los profesores se encuentran trabajando con sus propios implementos. Lo lamentable es que esto es una carencia también presente en las escuelas y resta familiarización con la tecnología producto de la precarización del propio sistema educativo.

A nuestro parecer el mayor caos se produce por ser poseedores de “avanzadas herramientas comunicativas” pero incapaces de democratizarlas como experiencia, y a pesar de ser tema muchas veces discutido en las escuelas nunca logró encarnarse en una práctica social que permitiera, a estudiantes y profesores, manejar de forma pedagógica esa tecnología que siempre está avanzando a la velocidad de la luz. En definitiva, las herramientas no están disponibles y esto ha significado crear material sin posibilidad de retroalimentarlo y menos evaluarlo, así es, no hay plan pedagógico acabado frente a la emergencia que estamos viviendo porque todo se ha resuelto sobre la marcha y en la medida de lo posible. Bajo esta radiografía, ¿cómo educamos hoy y ahora?¿cuáles son los aprendizajes significativos que ofrecemos en una de emergencia epidemiológica?¿cómo respondemos ante la necesidad que nuestros jóvenes sigan educándose a pesar de la crisis?¿es correcta la producción de material pedagógico de forma masiva en virtud de demostrar una supuesta efectividad?¿cuánto contradice lo anterior con lo que nuestros estudiantes realmente están haciendo y sabiendo llevar bajo este contexto?¿cómo protegemos nuestra estabilidad emocional cuando no se está garantizando el derecho más fundamental, el resguardo por una salud integral?

Lo que vivimos muchas y muchos evidencia la precarización laboral a razón de la falta de leyes que nos protejan como trabajadores. Nuestros hogares no son ni deberían ser espacios laborales al alcance de la máquina de mercado, porque es el lugar donde buscamos por excelencia refugiarnos de la demanda de productividad a pesar que la realidad dicte algo distinto. Es momento de reflexionar e idear una economía que deje de hipotecar la vida de todas y todos. De defender nuestra vida no solo del virus, sino que de cuestionarnos y pensar acciones para que nuestros trabajos no desborden otras dimensiones de la totalidad de nuestra existencia. La pronta solución parece impensada, porque requiere aporte financiero inmediato para el problema material antes indicado, la construcción y entendimiento de una política frente a estas nuevas formas de trabajo en época compleja, pero sobre todo asegurar desde siempre y para siempre el derecho a la educación.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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