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Socializar la risa, los cuidados y la riqueza

por 22 junio, 2020

Socializar la risa, los cuidados y la riqueza
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Ya son casi cien días desde que en Santiago se declaró el Estado de Catástrofe con cuarentenas parciales y toque de queda. Tres meses donde hemos visto al gobierno responder con el mismo desprecio por la vida que tuvo frente a la revuelta en octubre. Apareció el presidente invocando una vez más el relato del enemigo interno y de la guerra, otro “enemigo cruel y poderoso” al que acusar en Cadena Nacional. Recurrieron como primera medida a la militarización, luego al ocultamiento y a la mentira sobre las cifras de contagio mientras les invadía el apuro por volver a una “nueva normalidad” con centros comerciales que abrieran sus puertas por unos pocos días antes de que la catástrofe les resultara, incluso a ellos, ineludible. No perdieron el tiempo, en medio de la pandemia profundizaron sus políticas precarizadoras con leyes pro empresariales que, a pesar de su nombre, lejos de “proteger el empleo” resguardan las ganancias de unos pocos mientras niegan a millones las condiciones mínimas para sostener la vida.

Socializar la risa

En este contexto, hace una semana, como Coordinadora Feminista 8M levantamos junto a 17 humoristas y con el apoyo de los trabajadores del Comedy Bar “La Olla Comedia”, una jornada de humor feminista con la que buscamos recaudar fondos para ollas comunes e iniciativas comunitarias levantadas por mujeres en distintos territorios. Tres horas de show donde nos reímos, nos reímos mucho, en un momento en que sabemos que no es fácil hacerlo, pero que es también por lo mismo profundamente necesario. Fuimos miles las vecinas, las amigas, las amantes, las abuelas y las nietas, las hijas, las madres y las que no quieren serlo, las que desde la distancia nos encontramos en la complicidad de la risa, en la certeza de saber que, aunque no podamos vernos, seguimos aquí, ejerciendo el derecho de vivir.

Ante la pandemia, la respuesta ha de ser la socialización. La socialización de la risa-trinchera en medio de la tristeza. La socialización de los cuidados-resistencia en medio de la soledad. 

Ante las pantallas, las compañeras humoristas demostraron una vez más, que hacer comedia feminista es importante y que es también una experiencia subversiva. Porque en palabras de Rosario Sánchez, nos queremos reír sin ser el remate del chiste machista de la sobremesa ni el objeto de burla de la tele, nos queremos reír sin por eso dejar de tener rabia ni pena, nos queremos reír de nosotras mismas y de nuestras propias contradicciones. Frente a la catástrofe de estos días, la risa ha sido una forma de conjurar el horror y el miedo. Habrá quienes nos quieran llorando, vencidas, aisladas, y por eso reírnos juntas esa noche fue también nuestra venganza. Reírnos de quienes se han reído del pueblo, de quienes gobiernan ofreciendo el camino de la deuda, del sacrificio, de la caridad televisada y del hambre, reírnos de su rotación de ministras antiderechos a quienes no reconoceremos, porque si nos podemos reír de algo, lo podemos vencer. Y como zorras que somos tenemos mucho de qué reírnos.
La jornada fue así mismo y por sobre nuestras propias expectativas, un éxito inédito en recaudación con más de diez millones de pesos que serán distribuidos a iniciativas populares a lo largo de todo el país. Fue, como confirmamos al cierre de la transmisión, una vez más, una jornada histórica de solidaridad feminista. La risa es nuestra y no dejaremos de compartirla.

Socializar los cuidados

Ante los despidos, la suspensión de ingresos y el cierre de escuelas, la actividad popular abrió paso a múltiples formas de solidaridad y redes de cuidado para sostener la vida. No sería lo mismo una pandemia sin revuelta, sin haber perdido el miedo de encontrarnos, sin las asambleas territoriales, sin los cabildos y todas las formas de articulación que han contribuido a regenerar el tejido social quebrado por tantos años. Qué duda cabe, sin la revuelta las cosas estarían siendo aún más difíciles.

Entretanto, las cuarentenas han intensificado la crisis de cuidados. Muchísimas son las que hoy enfrentan la suspensión de sus ingresos, la incertidumbre de la continuidad de sus trabajos remunerados, el ajuste precario al teletrabajo y junto con ello los malabares cotidianos que trae la extensión de jornadas de trabajo no remuneradas. Trabajo de cuidados que hoy llaman esencial, pero que sigue sin ser reconocido más que como un mandato.

Ante esto, las ollas comunes que se organizan en las sedes vecinales, en los patios, en parroquias, incluso en plazas y calles supone para muchas personas la posibilidad, hoy incierta, de alimentarse, pero no solo eso. Habilitan experiencias donde el abastecimiento y la alimentación son asumidas como labores colectivos más allá de la unidad familiar y con ello anticipan prácticamente, la posibilidad de su socialización.

Estos trabajos, de los que depende la existencia de todes, no pueden seguir recayendo sólo en nosotras ni pueden seguir siendo trabajos privados y no reconocidos. Hemos visto a unos pocos legislar en contra de miles, rechazando el post natal de emergencia que buscaba proteger mínimamente la maternidad y la niñez en medio de una pandemia. Luchamos por un Sistema Plurinacional de Cuidados, para socializar esos trabajos, para que toda persona tenga derecho a ser cuidada y para que quienes cuidan sean cuidadas también. Socializar el trabajo de cuidados como una necesidad para sostener la vida, pero también como un horizonte político que reconozca y redistribuya esta labor.

Socializar la riqueza

Seguiremos tejiendo solidaridad y resistiendo colectivamente desde nuestras necesidades y deseos. Pero nos negamos a aceptar que la subsistencia sea una batalla, nos negamos a aceptar que la posibilidad de comer dependa siempre de socializar lo poco que tenemos. Nos negamos aceptar que esto ocurra mientras existen gigantescas fortunas, dueños del país, de las montañas, de las aguas. Queremos poner en común nuestras vidas, los trabajos, nuestras deliberaciones y sueños; y exigimos también poner en común la riqueza apropiada por unos pocos mientras los pueblos pasan hambre.

Nos negamos a pagar una vez más, una crisis que no hemos provocado y que cuesta vidas. Nos negamos a esta forma de impunidad que descarga la responsabilidad de la crisis sobre nosotras, que nos dice por cadena nacional que los pobres se contagian por irresponsables de la misma manera que antes han dicho que los pobres son pobres porque no se esfuerzan. Todo esto se nos dice mientras los verdaderos responsables profundizan sus políticas de precarización y muerte.

Las grandes empresas se escandalizan ante propuestas simples que buscan redistribuir la riqueza, como la idea de limitar el monto de la herencia en ¡4 mil millones de pesos! o la idea aplicar un impuesto a las mega fortunas. Todo ello les parece terrible, pero no les parece terrible que millones de personas vivamos en la incertidumbre mientras unos pocos se reparten millonarias utilidades como en el caso de Cencosud, holding del que tanto la ministra del Trabajo como las AFP son accionistas; o que enormes transnacionales puedan dejar de pagar sueldos si se acogen a la Ley de Protección al Empleo y que sean libres de despedir a miles de trabajadores y trabajadoras después de haberlos obligado a consumir sus fondos de cesantía, condenándoles a la miseria. Esta es la “nueva normalidad” a la que convoca el gobierno. Pero si hay una certeza que nos trae la revuelta es que a esa normalidad violenta no volvemos nunca más porque siempre fue el problema. Nos deben una vida y la vamos a cobrar.

Ante la pandemia, la respuesta ha de ser la socialización. La socialización de la risa-trinchera en medio de la tristeza. La socialización de los cuidados-resistencia en medio de la soledad. La socialización de la riqueza concentrada en tan pocos. Frente a sus políticas de privatización y precarización de la vida, como feministas buscamos avanzar en un horizonte de socialización radical hacia vidas que valgan la pena ser vividas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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