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A 19 años de su muerte: Kurt Cobain es un grito

por 5 abril, 2013

A 19 años de su muerte: Kurt Cobain es un grito
Hoy se cumplen 19 años desde la muerte del que le hacía bromas telefónicas a Eddie Vedder (líder de Pearl Jam). El que con la rusticidad de su rasgueo, la simpleza de sus acordes y la complejidad de sus letras marcó a fuego no solo a una horda de jóvenes ansiosos de escuchar el sonido tan genuino como sucio de Nirvana, sino a millones de fanáticos en el mundo que, pese a ser solo unos niños cuando el menos aventajado alumno de la escuela del rock clásico decidía (o la heroína decidía por él) dejar este mundo, le prestamos atención a sus letras, en tiempos de MP3, Lollapalooza y bombardeo musical vario.
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El rubio niño símbolo de MTV. El hijo de padres separados que jamás superó la pérdida de esa conexión con quienes eran los llamados a custodiarlo y cuidarlo de todo lo que lo atormentó, lo hizo mejor músico, más famoso y lo llevó a la muerte. El objeto de biografías varias, documentales sobre su música, amoríos, locuras y miles de excesos.

El que escribió una canción sobre dormir bajo los puentes que fue desmentida después por el autor de un libro completo dedicado a su vida. El responsable de haber decorado como un velorio el Unplugged de Nirvana y de haber estado a punto de no salir a escena a grabar un concierto que perfilaría el destino de una franquicia millonaria para MTV y abriría paso a una ciudad que se transformó en el epicentro del terremoto grunge.

El líder del grupo ícono de los noventa que le dijo al líder de uno de los grupos ícono de los 00' que era un baterista ni bueno ni malo. El eterno perdido que iba de auto en auto, casa en casa en el Seattle de los ochenta buscando donde dormir para alejarse de sus tormentos, creció para ver “Beavis and Butthead” y componer canciones dedicadas a alguna novia que le aguantara no trabajar o vivir encerrado en un huracán de pocas certezas, anhelando lo que no está, no estuvo y nunca estaría.

Es un poco de las protestas del que creció viendo T.V cable, vio a sus papás separarse, a la mina que quería solo porque se vestía, cantaba y vivía como punky, irse con otro. El llanto de una generación intermedia entre el consumo total de la vida, la protesta nostálgica de lo correcto y la rebeldía de querer hacer lo que uno quiere hacer. Aunque no sepa qué es lo quiere hacer.

Kurt Cobain, más que cualquier cosa que se diga de él simboliza un clamor adolescente en código de rock, con riffs que influenciaron a más de una generación completa que de estar en su estado corriente, sin la exaltación de los lacrimógenos noventa y el grunge (del que Nirvana es muy responsable), lo hubiera rechazado.

Es un poco de las protestas del que creció viendo T.V cable, vio a sus papás separarse, a la mina que quería solo porque se vestía, cantaba y vivía como punky, irse con otro. El llanto de una generación intermedia entre el consumo total de la vida, la protesta nostálgica de lo correcto y la rebeldía de querer hacer lo que uno quiere hacer. Aunque no sepa qué es lo quiere hacer.

El que llevaba la guitarra al colegio mientras los otros llevaban alcohol. El que pensó que, sin ser un gran músico, la pasión por traducir sus inexplicables dolores de estómago lo iba a llevar a algún lado. Y miren dónde lo llevó.

Hoy se cumplen 19 años desde la muerte de Kurt Cobain. El que le hacía bromas telefónicas a Eddie Vedder (líder de Pearl Jam). El que con la rusticidad de su rasgueo, la simpleza de sus acordes y la complejidad de sus letras marcó a fuego no solo a una horda de jóvenes ansiosos de escuchar el sonido tan genuino como sucio de Nirvana, sino a millones de fanáticos en el mundo que, pese a ser solo unos niños cuando el menos aventajado alumno de la escuela del rock clásico decidía (o la heroína decidía por él) dejar este mundo, le prestamos atención a sus letras, en tiempos de MP3, Lollapalooza y bombardeo musical vario.

Kurt Cobain es un grito, un riff y una búsqueda. Una búsqueda de lo que nos duele, lo que no podemos hacer y lo que no podremos jamás conseguir. Un flaco esmirriado que le cambió la vida a una ciudad, a una guitarra, una familia y una escopeta. Quiso dejar de ser búsqueda cuando un cinco de abril de 1994 decidió transformarse en pérdida.

El testimonio de lo que dejó, una bocanada rabiosa de canciones que se conectan con el adolescente más triste que llorón que todo rockero tiene escondido, es la posta para entender al adicto a la heroína y extraordinario músico que decidió ponerle distorsión a una guitarra de palo y transformarse en Leadbelly para preguntarle a la mujer que le robaba el sueño dónde durmió la noche anterior. Una colección de canciones y grabaciones caseras que a 19 años de la muerte de Cobain, aún huelen a espíritu adolescente.

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