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El día después de Fondart

por 9 enero, 2015

El día después de Fondart
"Fondart, que nació para fomentar la creación, se ha encontrado con una serie de nuevas necesidades del sector artístico con el correr de los años, que han incluido en su programación a través de la creación de distintas líneas: líneas de formación, investigación, desarrollo de industria, surgimiento de empresas creativas, implementación de infraestructura y equipos técnicos, difusión, entre otros, pero lo ha hechos sin planificación, sin el diseño de una estrategia sectorial que se formule plazos y objetivos concretos que alcanzar."
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El día después de Fondart, como siempre ocurre, es el turno de celebraciones y también de quejas, pataletas y reclamos. Lo que está bien, porque todos tenemos derecho a patalear, pero sobre todo porque cada año, es en este día cuando más se evidencia que la flamante política pública de subsidio a la cultura y las artes que ha sido Fondart, ha tocado un techo y se ha vuelto insuficiente.

Que no se malentienda: le debemos mucho a Fondart –que en realidad se llama “Fondos de Cultura”-, que durante más de dos décadas ha sido una política modelo en el continente, que al menos en el papel era garante del ejercicio artístico apoyado por el Estado pero desvinculado del mismo, y que cumplió a cabalidad con la necesaria tarea de resucitar la creación artística que fue extirpada durante la dictadura.

Felizmente, hoy podemos decir que tenemos una producción artística fecunda, diversa y que en muchos casos rebosa calidad y originalidad. Los artistas son cada vez más y cada vez crean más. Tenemos aquello que no teníamos a principio de los 90 y que tanto necesitábamos. Los artistas y la creación ya están, y aunque probablemente la mayoría postule a fondos cada año y dependan económicamente de ellos, no van a dejar de crear si no se los ganan. La mayor necesidad de los artistas ya no es el fomento a la creación; los que necesitan es estabilidad. Y con el actual sistema, que no ha cambiado en 23 años, lo que Fondart garantiza es exactamente lo contrario.

Fondart, que nació para fomentar la creación, se ha encontrado con una serie de nuevas necesidades del sector artístico con el correr de los años, que han incluido en su programación a través de la creación de distintas líneas: líneas de formación, investigación, desarrollo de industria, surgimiento de empresas creativas, implementación de infraestructura y equipos técnicos, difusión, entre otros, pero lo ha hechos sin planificación, sin el diseño de una estrategia sectorial que se formule plazos y objetivos concretos que alcanzar.

Que los Fondos de Cultura sean la política estrella del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes da cuenta de la falta de perspectiva respecto del crecimiento del sector artístico y sus necesidades más inmediatas si es que se quiere seguir apoyando ese crecimiento, puesto que no existe garantía de continuidad en el tiempo para ninguno de los proyectos que se adjudican los fondos, que solo operan por un año (o dos cuando en solo algunas líneas) sin posibilidad alguna de renovación que no sea volver a concursar de forma regular. Proyectos realmente buenos han debido ser abandonados porque no consiguieron ganarse un fondo dos años seguidos, lo que en muchos casos supone, además, la pérdida de tiempo y dinero que implicó ese año de trabajo; un desperdicio de fondos públicos, que se produce no por la incapacidad del artista, si no por la falta de garantías que otorga la misma política.

En su origen Fondart, dentro de una lógica muy neoliberal y asociada al concepto de “emprendimiento” que tan de moda se ha puesto en la última década, pretendía ser una plataforma, un puntapié inicial que permitiera a los artistas iniciar sus carreras, algo así como el Capital Semilla del arte. Eran el optimismo fundacional del nuevo Chile neoliberal donde cualquiera podría tener éxito económico si lo intentaba. Pero el tiempo demostró algo que, por cierto, era más o menos fácil de prever: las lógicas productivas del arte no tienen nada que ver con las lógicas productivas del libre mercado. Las industrias culturales – salvo contados ejemplos – no funcionan por sí solas en ninguna parte del mundo; ¿por qué iban a funcionar aquí? Eso generó lo que ya todos conocemos: la fondart-dependencia, porque hace rato ya que no solo son los artistas nóveles quienes necesitan fondos concursables para crear, sino también los consagrados, que por mucho éxito que hayan conseguido con su trabajo y esfuerzo, muchas veces no tienen la estabilidad necesaria para seguir creando, estabilidad que es la gran deuda, no solo de los Fondos, pero de toda la política pública de Cultura.

Y eso sin siquiera dar cuenta de casos como la escandalosa adjudicación de 150 millones de pesos a la fundación CorpArtes, del grupo CorpGroup, bastión de la familia Saieh, que si bien ha tenido algunas dificultades económicas en el último tiempo, nadie pone en duda que es perfectamente capaz de solventar esa cantidad que podría haber sido repartida entre muchas otras instituciones pequeñas que sí necesitase apoyo. No estoy haciendo ninguna acusación; es muy probable que esa adjudicación haya ocurrido de forma regular, de acuerdo a las reglas del concurso. Sin embargo, constituye otro abuso de la clase empresarial que se hace de fondos públicos que no necesita. Es necesario actualizar los mecanismos de los fondos para que la repartición sea justa, sin que resulte asimismo excluyente ni que signifique una sobrecarga de burocracia que pueda boicotear todo el sistema, una paradoja que sin duda será difícil de resolver.

Ya lo hemos dicho antes: es necesario y se está volviendo urgente rediseñar la política de cultura. Necesitamos una reforma de la cultura que parta de un cambio de paradigma sobre lo que significan las artes dentro de nuestro proyecto país, y que participe de las tres grandes reformas que se están llevando acabo; educación, tributaria y laboral, de las cuales las artes han sido, hasta ahora, olímpicamente omitidas. Fondart, o los Fondos de Cultura, ya no son suficientes. Necesitamos una política que apunte a la estabilidad de un sector completo y que se dirija no solo a los artistas, sino que les permita ponerse en sintonía con el resto de la ciudadanía. En lugar de improvisar ante la aparición de nuevas necesidades y solucionarlas con medidas -o líneas- parche, hay que saber mirar referentes exitosos afuera y saber adaptarlos a nuestra realidad. Chile no es pionero en gestión cultural; necesitamos ponernos al día en estas materias donde en otros países hay tanto avanzado. Necesitamos integrar el sector creativo al resto del mercado pero de forma efectiva, sin aspirar a un empate imposible con otras industrias que sí funcionan en las lógicas neoliberales. Necesitamos que la política entienda que la cultura es de importancia transversal, y no el último Ministerio de la lista de prioridades. Si no, seguiremos dependiendo de una política pública que, simplemente, quedó chica y miope.

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