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Cultura - El Mostrador

Crítica de cine: "De vida y de muerte. Testimonios de la operación Cóndor" (Pedro Chaskel, 2015)

por 17 agosto, 2015

Crítica de cine: “De vida y de muerte. Testimonios de la operación Cóndor” (Pedro Chaskel, 2015)
Pedro Chaskel, como en otros documentales suyos, logra hacerse cargo de mostrar dimensiones trágicas de la violencia política y social, estructurando un discurso que tiene que ser lo suficientemente afirmativo para hacerse cargo de lo fáctico (la documentación, los hechos) y a la vez lo suficientemente atento a las dimensiones humanas: una escucha , decíamos, profunda, que alejada del acercamiento miserabilista da un alto sentido de dignidad a sus personajes.
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Quizás no se ha dicho lo suficientemente claro, pero la exhibición de De vida y de muerte. Testimonios de la operación Cóndor es un hito importante para el cine chileno. Antes que todo, se trata del estreno de una figura clave de nuestro cine, precursor del cine documental y montajista importantísimo, así como un maestro que ha dejado huellas en diversas generaciones (esto está consignado en el excelente libro Desmontando fábulas de Andrea Chignoli y Catalina Donoso). Me refiero a Pedro Chaskel que retorna tras varios años sin que un filme de su autoría viera la luz, aunque diga entre risas, luego del estreno en la Cineteca, que es su “primera película estrenada oficialmente”.

Es también un documental fruto de varios años de trabajo y que tuvo sobre todo una motivación personal: documentar la existencia de la Operación Cóndor, la operación conjunta y articulada de las dictaduras latinoamericanas -esencialmente Brasil, Argentina, Uruguay, Parauaguay- para hacer desaparecer, secuestrar y torturar a un grupo importante de ciudadanos latinoamericanos. Ya por estos hechos -razones históricas, personales y políticas- creo que es un documental que debe verse. Pero a ello se suma que es, como muchas películas de Pedro, una lección documental… una lección donde las dosis sobre ética y estética, montaje y punto de vista, síntesis y profundidad, son ajustadas, precisas, metódicas. De ahí que la belleza de este filme sea el de una forma silenciosa de equilibrar -por vía del montaje, información y ritmo- silencios y palabras.

El filme está dividido en 10 capítulos, en los cuales se va estableciendo un acercamiento desde afuera hacia adentro, desde las dimensiones contextuales a las experienciales (los archivos, los documentos, los militares, los niños, el compañero, la prisión…). Cada uno de ellos recoge testimonios, documentos e historias vinculadas a La Operación Cóndor, tomados entre la década del noventa y del dos mil, principalmente en Argentina, Paraguay y Chile. Desfilan aquí valiosas voces: Martín Almada, activista paraguayo de los derechos humanos, víctima del terrorismo de Estado y uno de los principales investigadores de los llamados “archivos del horror” ; o John Dinger, investigador norteamericano que ha dedicado su trabajo a buscar las relaciones entre la CIA y las dictaduras en el marco de la Guerra fría. Hay también testimonios de familiares y madres de hijos “secuestrados” en Argentina que luego de años de investigación aparecieron. Entre de ellos destacan el escritor Juan Gelman (cuyo hermano fue desaparecido y su sobrino hurtado) y Sara Méndez, secuestrada de la operación que sobrevivió, un caso emblemático a quien fue robado su bebé apenas nacido, y a cuya búsqueda dedicó gran parte de su vida.

Como decíamos, la estructura informativa del documental va abordando los hechos de una forma concéntrica, acercándose poco a poco desde una dimensión “objetiva” -formulada en una estética del archivo y del registro- hacia las condiciones personales que profundizan en el testimonio, cambiando aquí los tiempos hacia una escucha más matizada. Quizás el punto de mayor emotividad al respecto viene dado por el testimonio de Leila Pérez y el caso del “compañero” Jorge Isaac Fuentes en Villa Grimaldi, quienes se conocen en aquel centro de torturas y en un contexto de muerte, destrucción y crueldad logran apoyarse mutuamente, sobreviviendo de ambos solo Leila. Es aquí donde el documental logra rescatar, en la trama del horror y las atroces descripciones, la fuerza de la solidaridad como algo indestructible. Fuentes, como muchos otros, fue un héroe anónimo en ese marco y en gran parte es a su gesto de entrega y entereza a quien está dedicada la película.

Chaskel, como en otros documentales suyos, logra hacerse cargo de mostrar dimensiones trágicas de la violencia política y social, estructurando un discurso que tiene que ser lo suficientemente afirmativo para hacerse cargo de lo fáctico (la documentación, los hechos) y a la vez lo suficientemente atento a las dimensiones humanas: una escucha , decíamos, profunda, que alejada del acercamiento miserabilista da un alto sentido de dignidad a sus personajes: todos ellos, aunque víctimas de la violencia de Estado, luchadores vitales, y qué decir, sobrevivientes ejemplares, de enorme resiliencia. El efecto de esa búsqueda es todo lo contrario que el regocijo en la catástrofe y el trauma, tiene un criterio histórico sobre aquello que debe ser comprendido y legado a las generaciones por venir. El valor del documental, en los sentidos precisos de comprensión que le da Chaskel al formato, tiene que ver con medios y fines, con la búsqueda de un objetivo, el cual se perdería sin el ajuste de los recursos. En el recorrido de Chaskel ese lugar de interrogación incesante y metódica es el montaje. A esta búsqueda de “la imagen justa”, aún poco estudiada en términos de comprender qué es y a qué fines obedece el cine político, creemos que ha estado dedicada gran parte de su filmografía. De Vida y de muerte. Testimonios…. es un punto de llegada al respecto, donde detrás de cada corte existe una comprensión de aquello que es el trabajo cinematográfico.

 

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