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No nos pasemos películas: Análisis de la Industria Cinematográfica en Chile, el caso de los 33.

por 7 septiembre, 2015

Es bastante paradójico el hecho de que una historia chilena como esta, tan trascendental en los últimos años, sea contada en formatos extranjeros; pero lo que es aún más paradójico es que hay mayor probabilidad de que esta película sea vista por el público chileno en este formato a que si fuera “made in chile”. Esto porque los chilenos prácticamente no ven cine chileno. De hecho, en el último tiempo ha sido un tema de debate la “crisis” en la que estaría el cine nacional debido principalmente a problemas de financiamiento y de “salas vacías”...
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“Gimme a Ci, gimme a El, gimme a Ei” gritan los mineros en la película de los 33, versión en inglés de nuestro clásico Ce Hache I y que causó curiosidad en los chilenos. Y es que hace unas semanas quedamos sorprendidos por el nivel de glamour que implicó el estreno de la película “Los 33”: una alfombra roja con artistas internacionales de la talla de Antonio Banderas, periodistas preguntando ¿a ti quien te viste?, con más de una polémica al estilo fashion police. Y no solo eso nos sorprendió. La película basada en la historia real ocurrida en la mina San José -lugar en el que 33 mineros estuvieron al borde de ser sepultados vivos por las negligentes condiciones de seguridad en las que desarrollaban su trabajo – fue elaborada con los estándares cinematográficos más elevados, contando con increíbles efectos especiales y “actorazos” de talla mundial. Todo ello algo bastante raro en un país como Chile, poco acostumbrado al glamour de Hollywood. Entonces, ¿cómo una película chilena llegó a tener este nivel de producción?… Bueno, ese es el punto, la película no es chilena, fue producida por “Phoenix”, productora norteamericana.

Es bastante paradójico el hecho de que una historia chilena como esta, tan trascendental en los últimos años, sea contada en formatos extranjeros; pero lo que es aún más paradójico es que hay mayor probabilidad de que esta película sea vista por el público chileno en este formato a que si fuera “made in chile”. Esto porque los chilenos prácticamente no ven cine chileno. De hecho, en el último tiempo ha sido un tema de debate la “crisis” en la que estaría el cine nacional debido principalmente a problemas de financiamiento y de “salas vacías”; es decir, poca plata para producir y poca demanda. Todo ello en un escenario de supuesta consolidación de la propuesta cinematográfica chilena, siendo un indicador importante el que se realizaron 20 películas el año recién pasado, las que viajaron por el mundo ganando importantes festivales internacionales. Los argumentos al respecto son diversos, y atacan en general a variables externas al proceso de producción, por ejemplo, la poca vitrina que tiene el cine chileno en las grandes distribuidoras o un tema de gustos del chileno promedio, que prefiere las cosas vulgares por sobre propuestas artísticas.

Un argumento diferente para entender dicho dilema es el planteado por Carlos Saavedra en su libro “Intimidades desencantadas”, quién en una frase polémica para los entendidos del tema, se refiere a las narrativas del cine chileno de los dos mil como una “intimidad desencantada” pasando de la militancia a la melancolía. Extrapolando esa tesis, uno podría afirmar que estas tramas, densas emocionalmente, donde el centro es el individuo, no son muy populares. Es decir, la causa del problema sería interna, referente a la producción del cine. Varios críticos a esta idea argumentan que ya pasó el tiempo en el que el cine era “un instrumento para algo”, para ellos el cine es un arte, y de hecho Chile ha logrado ser reconocido internacionalmente por su propuesta “artística”. En este sentido existiría una “sana diversidad”, donde autores chilenos conservan aún su sello personal en la creación que llevan a cabo. A partir de esto, la propuesta para enfrentar la crisis sería valorar más la identidad de los artistas, creando audiencia. Es decir, la culpa vuelve a recaer en elementos externos al proceso creativo. Pero cabe preguntarse ¿Será tan así? ¿Es un problema de valoración? ¿De poco gusto o poca “cultura”? La respuesta no es simple, pero lo seguro es que este “romanticismo” en torno al cine de autor no es tan real como se piensa. Ello porque toda persona, al vivir en sociedad, es parte de ciertas estructuras y es al menos ingenuo pensar que se puede prescindir de ellas. En este sentido, es básico entender que, pese a las intenciones y voluntades que puedan tener los agentes, existen recursos limitados para realizar sus proyectos, más aún en un campo tan específico como el cine. Por ello, para comprender este fenómeno es necesario indagar un poco en cómo estos recursos y posibilidades limitadas van moldeando esta “creación artística”.

Y bueno, no podemos empezar a hacer este análisis sin hacer referencia a Hollywood: la evolución del cine a escala mundial ha implicado la hegemonización de este tipo industria cultural, ya que posee potentes medios de producción y comercialización a nivel internacional. Dicha industria opera elaborando formatos cinematográficos tipo Blockbuster con estructuras narrativas y audiovisuales definidas, que se reproducen a escala mundial. Así, nuestra industria y casi cualquier industria cinematográfica nacional, sin mecanismos que mermen el poder de mercado de las grandes productoras y distribuidoras, no podrían competir con Hollywood. En este contexto, ¿cómo podemos hablar de industria cinematográfica nacional en condiciones de mercado? ¿Cómo nos insertamos en este escenario?

Para responder esto es necesario saber cómo se produce cine en Chile, cuestión imposible de abordar sin entender su dependencia del Estado, el cual subsana los problemas asociados a la demanda y la escasez de recursos para la producción cinematográfica mediante la puesta en marcha de políticas culturales, en base a las llamadas alianzas público-privadas. Ya resuelto relativamente el tema del financiamiento por la creación del fondo audiovisual el 2004, la forma de enfrentar el problema de la demanda fue mediante dos mecanismos: primero, integrar al país a los circuitos mundiales mediante la asistencia a festivales y segundo, la “creación de audiencia” (véase: http://www.eldefinido.cl/actualidad/lideres/4798/CinemaChile-desmiente-el-mal-ano-en-taquilla-del-cine-chileno/). Para entender el paradigma detrás de estas políticas, son precisas las palabras del ex Ministro Cruz Coke quien afirma la importancia de “abrir más aún el abanico y generar las condiciones para que Chile pueda transformarse en un polo de desarrollo cinematográfico regional competitivo con los suficientes incentivos para atraer producciones audiovisuales internacionales, que dejan recursos, impulsan la profesionalización del sector y difunden indirectamente la imagen del país” (http://eltipografo.cl/2013/05/el-despegue-del-cine-chileno/). En otras palabras, consolidar un cine que opere como mercancía cotizada en el mercado.

En el contexto de estos mercados –nacional e internacional-, es posible hablar de dos polos de formatos de producción cinematográfica, basándonos en las formas de financiamiento y de generación de retornos para el equipo productor: el cine de autor y el cine comercial.

El primer tipo de cine corresponde a aquellas películas “de autoría”, lo que supone que el director tiene una influencia significativa en su creación. La orientación principal para este tipo de cine es la internacionalización: se apela a la notoriedad en festivales internacionales, para ganar premios y conseguir financiamiento. El ganar un festival conlleva no solo una retribución económica sino que también en prestigio, los que permiten la continuidad de la realización cinematográfica de estos directores. Como consecuencia, a nivel de dirección es posible notar la tendencia a dos adaptaciones que operan en estas obras: primero, sobre todo en festivales para directores novatos, la supremacía de la forma por sobre la narrativa, del backstory por sobre la story, en tanto esta permite hacer notar la película fácilmente para productores y jurados (véase: http://www.lafuga.cl/para-que-sirven-los-festivales-de-cine/304); y segundo, tramas donde el universo narrativo se agota en la intimidad de los protagonistas, totalmente descontextualizadas de entornos sociales reales, en espacios acotados, lo que las hace más asimilables por las audiencias de estos festivales. Así, el producto final es un cine que poco expresa la cultura y sociedad chilena más allá de vivencias individuales.

El segundo tipo de cine refiere al que se denominará comercial, porque su orientación directa es generar retornos mediante las entradas vendidas. Sus formas de financiamiento varían, se componen en parte por aportes públicos pero también por aportes privados directos o el “placement”, publicidad inserta en la misma película. Las temáticas están orientadas a la audiencia nacional, y por ello suelen conjugarse con el tipo de consumo cultural del formato televisivo, apuntando a partir de ello a distintos estratos. Por lo anterior, se podría imaginar que refiere un poco más a la realidad chilena como estrategia para cautivar audiencia. Sin embargo esto no es así, por la simple razón de que, al igual que la televisión, se enmarca en un mercado de ideas y proyectos, donde son hegemónicos formatos tipo blockbuster.

¿Cuál es el punto de esta caracterización?, se preguntará a estas alturas el lector. Bueno, el punto es que, pese a las apariencias, el cine de autor hecho para circular en festivales también se encuentra formateado por cánones externos, los del “cine independiente primer mundista”, que al igual que el cine en formato blockbuster hecho para formato theater, lo que cambia es la audiencia pero ambos operan igualmente bajo lógicas de mercado.

Y es que, en un país como Chile, el cine no puede operar por fuera del mercado ya que como producto que requiere altísima inversión de capital, necesita financiamiento y el canal que existe para ello es precisamente el mercado. La política pública en materia de cultura, al igual que cualquier política pública chilensis, trata al cine como mercancía, por lo que se limita a insertar al mercado nacional o internacional. Esto es lo que explica la orientación que ha tomado el Estado hacía, por un lado, la exportación de un producto que cumpla con los requerimientos de festivales internacionales, y por otro, la motivación para la inversión de productores internacionales en el país, vendiéndoles una industria cinematográfica con “sello propio”.

¿Es esto algo malo? No, solo es una realidad. Las personas que deciden hacer cine deben sustentar no solo sus producciones, sino que sus condiciones de vida y de su equipo… Ahora bien, lo que sí creo es que resulta problemático son las consecuencias de este “romanticismo” asociado al cine de autor, que lleva a identificar el problema del cine chileno con un tema de gustos. Esto porque, como se dijo, en el mercado internacional no existe la posibilidad para una industria local de competir con Hollywood, por lo que si no se disputan las formas de producción de cine de mercado, se está permitiendo que el cine sea formateado, de una u otra forma, por quienes tienen más poder en él. Así, los productos culturales favorecen a estos poderosos, por lo que en términos ideológicos no se disputa la producción de ideas y proyectos de vida que nos venden. Se podría decir que el cine de autor tendería a tensionar esta estructura, pero las condiciones en las que los directores pueden producir hace sus obras se adapten a formatos que finalmente no hacen sentido a las personas comunes en Chile. Esto explica que, pese a que el 2014 existió una política que fomentó las vitrinas para el cine chileno, fue el año con menor cantidad de asistentes.

Entonces, ¿qué sacamos con tanta crítica? Recalcar que el cine, se le quiera o no, es una herramienta importante, y en el capitalismo es imposible que no se preste para la producción y mercantilización de ideas de la clase dominante. Una producción individual, irreflexiva, inorgánica, sin proyecto político, permite el enriquecimiento del capital y la circulación de ideas proclives a la dominación. Retomando las ideas de algunos cineastas mencionadas al comienzo, se dice que el cine es un arte, no es instrumental, pero me pregunto en estas condiciones, ¿instrumental para quién? A estas alturas, vale la pena recordar el proyecto de Cine films en los 70, que precisamente buscaba disputar de forma directa la colonización de ideas que generaba la industria hollywoodense en nuestro país. El certero Víctor Jara se reconocía a sí mismo como un trabajador de la música, es el pueblo quien juzgaría si era artista, ¿qué es eso finalmente en una sociedad neoliberal y capitalista como la chilena?

No se trata tampoco de demonizar al cine de autor e idealizar al pueblo, de hecho el “gusto” de los chilenos está influido profundamente por los formatos blockbuster. Y ese es precisamente el punto: se debe disputar este espacio de producción de ideas, usando al cine para desafiar las conciencias del pueblo. Y si no tenemos un proyecto de Estado que propicie ese objetivo político, debe construirse. Hoy en día eso no es ni siquiera un tema de discusión, existen por supuesto interesantes instancias de resistencia (véase www.feciso.cl), pero no generan el impacto suficiente. Sin un proyecto político popular, el capitalismo nos seguirá vendiendo la pomá.

La historia de los 33 resultó desde sus inicios una idea rentable: tres mil millones de personas en el mundo vieron la gran hazaña chilena, de la mano de la idea cliché de que “con perseverancia nada es imposible”. Así, no es sorprendente que Chile se haya transformado por unas semanas en un pequeño Hollywood, y que nos cuenten en inglés la historia “heroica” de los 33 y nos transformen el Ce Hache I, en un gimme a Ce… y que, de pasadita, se hayan ignorado las condiciones laborales deplorables en las que funciona la mediana y pequeña minería. De esta forma solo podemos aspirar, como máximo, a que grandes productoras inviertan y aporten al “crecimiento económico”. El cine chileno transándose al igual que nuestras commodities: aportando a la acumulación capitalista antes que al desarrollo de la conciencia del pueblo.

Lidia Yañez Lagos

Licenciada en Sociología

Investigadora, Centro de Investigación FRAGUA

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Envíada por Pietro Sferrazza T | 7 diciembre, 2019

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