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Cultura - El Mostrador

Crítica a "Nos fuimos quedando en silencio. La agonía del Chile de la transición" de Daniel Mansuy

por 25 mayo, 2016

Crítica a “Nos fuimos quedando en silencio. La agonía del Chile de la transición” de Daniel Mansuy
¡Guzmán y Boeninger en portada! y el lector piensa de inmediato en que Daniel Mansuy nos mostrará cuánto hicieron uno y otro por esa transición y también, cuánto influyó el asesinato de uno (1991) y la muerte del otro (2009) en el progresivo silencio político que bien describe el autor. Pero esa expectativa no es satisfecha.
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En la portada, Jaime Guzmán aparece cortado. Solo dos tercios de su cara alcanzaron a entrar en el encuadre. En todo caso, Guzmán mira hacia adelante; a su lado -de cara completa pero de perfil- Edgardo Boeninger mira hacia el lado. Los dos están serios, con la boca cerrada, aunque en sus vidas hablaron y escribieron mucho.

¡Guzmán y Boeninger en portada! y el lector piensa de inmediato en que Daniel Mansuy nos mostrará cuánto hicieron uno y otro por esa transición y también, cuánto influyó el asesinato de uno (1991) y la muerte del otro (2009) en el progresivo silencio político que bien describe el autor.

Pero esa expectativa no es satisfecha.

En el caso de Boeninger, a pesar de que en el capítulo sobre el gobierno de Aylwin se le dedican unas significativas menciones, su figura no alcanza la dimensión que merece. Quizás haya conspirado contra esa recta comprensión la omisión de Mansuy respecto de la obra final y visionaria de Boeninger, Chile rumbo al futuro (libro que, ya muerto Boeninger, fue insólitamente mutilado en varios párrafos en la edición conjunta de sus obras, titulada Gobernabilidad, lecciones desde la experiencia).

La situación de Guzmán es, eso sí, más llamativa.

libros de Daniel Mansuy

Sumándose al coro de Hugo Herrera y Pablo Ortúzar, Mansuy vuelve a intentar una caracterización del fundador del Gremialismo como un hombre de solo dos dimensiones: el aseguramiento de la libertad económica (lo que implicaría la neutralización de la actividad política) y su capacidad para adaptar su programa a las múltiples necesidades tácticas, lo que según Mansuy, hace que sus propuestas pierdan buena parte de su consistencia si se olvidan los contextos (aunque el propio Mansuy recomienda al final de su libro una aproximación muy similar a la realidad).

De nuevo, hay un problema de fuentes. El mismo autor reconoce que se hace difícil trabajar sobre Guzmán por la carencia de una edición de sus obras completas, pero sin duda eso no lo excusa del reduccionismo al que lo somete en su análisis. La ausencia de trabajo sobre los documentos originales del Gremialismo -parte de los cuales está también reproducida en Escritos personales, el libro que Guzmán escribía al momento de ser asesinado- va resultando ya poco tolerable.

De lo que no cabe duda es que hay páginas notables de Daniel Mansuy y están justamente en el capítulo final. Son las referidas a las posibles soluciones para enfrentar los problemas que plantea la modernización en Chile. Y entonces aparecen conceptos y realidades como virtud, asociaciones intermedias y familia que el autor trabaja con especial calidad, enfrentando de paso el proyecto de Fernando Atria, al que califica como descaminado y antipolítico. Pero llama también la atención que Mansuy en estas materias no se haya hecho cargo de un clásico -que influyó decisivamente en Guzmán- como es El espíritu del capitalismo democrático de Novak, y que tampoco haya tenido en cuenta el magnífico Hacia un nuevo paradigma sociopolítico de Sebastián Burr, libro ignorado por casi todos.

En todo caso, en el capítulo final, Jaime Guzmán aparece de verdad, claro que nunca es citado. Quizás Mansuy lo asimiló tan bien en su propia formación como gremialista de hace casi veinte años, que ya considera suyas las aproximaciones del verdadero Guzmán a la vida social y política, dimensiones mucho más importantes para él que la actividad económica.

No hay problema, aunque convendría reconocerlo.

Gonzalo Rojas Sánchez
Profesor universitario

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