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Crítica Teatral

Cultura - El Mostrador

"Mateluna": Pensar el teatro en virtud de la realidad

por 26 abril, 2017

“Mateluna”: Pensar el teatro en virtud de la realidad
Este montaje, pertenece a una serie de trabajos en los que Calderón ha desarrollado un discurso que reflexiona en torno a la disciplina teatral, al mismo tiempo que, en este caso, refiere a una situación específica, concreta, de carácter social y judicial.
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¿Qué es el teatro político?

La tentación de decir que todo el teatro es político, es fácil, entre otras cosas porque es cierto, sin embargo, el problema con esa definición es que, al ser tan amplia, hace perder identidad al concepto. Es extraño, hasta cierto punto, que el tema no esté más claro, después de todo, la discusión en torno a la cuestión es extensa y la supuesta práctica de este formato, también parece serlo, al menos en Chile.

Por otro lado, convendría deslindar también los aspectos ideológicos y los propiamente políticos de una disciplina y sus puestas en práctica, pues, aunque ambos conceptos están –en general- íntimamente relacionados, no son lo mismo.

“Mateluna”, la obra de Guillermo Calderón que por estos días se presenta en el Teatro Nacional Chileno, da cuenta (entre otras cosas) de esta cuestión, cara a las artes en general y profundamente arraigada y discutida en el teatro en particular. Este montaje, pertenece a una serie de trabajos en los que Calderón ha desarrollado un discurso que reflexiona en torno a la disciplina teatral, al mismo tiempo que, en este caso, refiere a una situación específica, concreta, de carácter social y judicial, el contexto es claro: un ex frentista –Jorge Mateluna- encarcelado por años, sale en libertad por un tiempo y en ese intermedio, en ese paréntesis de libertad, el año 2013 es acusado de participar en el asalto a un banco y, posteriormente, reconocido por un testigo en presencia de carabineros.

Nace inmediatamente un cuestionamiento no menor: ¿Es posible pensar un asalto como una acción política hoy? ¿Cómo pueden reintegrarse los excombatientes paramilitares a una sociedad “pacificada”, “económicamente viable”, que ha olvidado algunas bases de lo que hace válida o justa a una democracia? Todos quienes somos de la generación del mismo Jorge Mateluna (mi caso) recordamos cómo fue la dictadura y como los compañeros, ya no universitarios, sino de colegio, hicieron e hicimos (más o menos) esfuerzos por la lucha contra la dictadura y el recuerdo de amigos que estuvieron presos o murieron por tener menos suerte, ni que decir de la discusión en torno al Mauricio Hernández Norambuena (ex comandante Ramiro), preso en Brasil en una situación a todas luces fuera de la legalidad internacional.

El problema se hace más denso, profundo y terrible, cuando nos enteramos, durante la obra de teatro y con pruebas de carácter testimonial, reales, bastante evidentes, al menos como son presentadas allí, que Jorge Mateluna es inocente, que no participó del robo y que el dato más importante para sostener la acusación en su contra, es una prueba apócrifa, pervertida, encima de todo, esta perversión de la prueba, fue hecha por un funcionario público y avalada por un juez de la república.

El estupor, la rabia y la sensación de surrealismo político (que a estas alturas, después de los escándalos de impuestos internos, SQM y los correos del ex presidente Piñera) ingresan en el público y movilizan una experiencia extraña que pasa desde la furia hasta la indefensión, la total decepción y violencia ejercida sobre el ciudadano, a tal punto que uno puede llegar a preguntarse si el concepto mismo “ciudadano” en el Chile de hoy, se ha vuelto una idea vacía, un signo hueco y sin sentido posible.

A la par, Calderón está reflexionando sobre la disciplina teatral en virtud de esta realidad.

¿Cuál es el lugar del arte en el espacio social? ¿Y del teatro en particular? En todo caso ¿Tiene un lugar?

“Mateluna” de algún modo propone pensar esta práctica en diversos ámbitos. Desarrolla una relación, primero, en torno a la creación teatral misma, al modo de organizar un discurso escénico que suponga una opinión ideológica y que, al mismo tiempo, funcione como un discurso de carácter social válido, esto en diversos contextos y, en particular, el de Chile, sobre todo si pensamos en la contingencia de un público no necesariamente interesado en el arte, la política o los procesos sociales, todo ello, gran herencia por cierto, de la dictadura de Pinochet y la ideología de Jaime Guzmán; de manera que la escenificación inserta al público en los procesos dramatúrgicos, actorales, humanos incluso, que permiten la articulación de una obra de teatro “política”, asumiendo además, la vaguedad (o imposibilidad) de dar cuenta del horizonte de expectativas que esa idea –“teatro político”- supone.

Las actuaciones, en términos generales están a tono con la propuesta, María Paz González, Andrea Giadach y Luis Cerda construyen un trabajo sólido, con detalles que organizan una propuesta de personajes multívocos, posibles de apreciar con distintos ángulos y modos de enfrentar la acción dramática que permiten al publico observar una reflexión en torno al personaje que instauran, del mismo modo, Carlos Ugarte y Camila González, también modulan un discurso propio sobre sus personajes, tal vez con mayor performatividad corporal, dando un color diferente a sus actuaciones, a su vez, Francisca Lewin no solo sostiene una actuación llena de tensiones y distensiones emotivas y discursivas, sino que tiene la responsabilidad (nada fácil) de narrar permanentemente los diversos procesos que la puesta en escena requiere para su desarrollo, tal como ha sido pensada.

El teatro siempre ha sido político, esto no es una frase hecha o, si lo es, simplemente da cuenta de una realidad concreta, desde aquello que suele considerarse sus orígenes en occidente –la Grecia del siglo V que es lo que podemos rastrear en este sentido- el teatro se situó en la discusión ciudadana e, incluso, integrar a los individuos en los aspectos colectivos de la comunidad, cosa esta ultima que, ni más ni menos, era justamente lo que los convertía en ciudadanos, pues la identidad de los sujetos solo podía sostenerse en la posibilidad de relaciones sociales, éticas, humanas (en una palabra, políticas) comunes.

“Mateluna” sostiene esta misma lógica, se fundamenta en los mismos supuestos generales y propone repensar conceptos caros a cualquier civilización: justicia, ciudadanía, ideología, arte, ética, por ello, es -a todas luces- una obra necesaria en el espacio cultural de Chile, hoy.

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