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Crítica literaria

Cultura - El Mostrador

“¿Cuentos o recuerdos?” de Orlando Sáenz: las trincheras de una memoria personal

por 3 noviembre, 2017

“¿Cuentos o recuerdos?” de Orlando Sáenz: las trincheras de una memoria personal
Persevera en Sáenz, una búsqueda espiritual frente al fracaso del mundo. Al parecer, la única solución posible. No hay revolución que valga, ni liberación, donde al final del camino está la ominosa muerte. Las historias que componen el libro, aunque bien narradas, lo que permite una lectura ágil y amena, se solucionan con conocimiento, experiencia, madurez, superación de la hipocresía, encuentro con Dios, en un plano moral, o incluso en una sexualidad heteronormativa, todo esto, claro está, dentro de los límites sociales impuestos.
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“El que no esté seguro de su memoria debe abstenerse de mentir”, Michel de Montaigne.

La memoria para el historiador francés Jacques Le Goff es “la capacidad de conservar determinadas informaciones, remite ante todo a un complejo de funciones psíquicas, con el auxilio de las cuales el hombre está en condiciones de actualizar impresiones o informaciones pasadas, que él se imagina como pasadas”. De cierta forma, el nuevo libro del polifacético Orlando Sáenz se inscribe en esa necesidad de actualización, del todo personal, más aún considerando quien es el autor: dirigente estudiantil, ingeniero civil, profesor universitario, empresario y embajador de Chile ante la Asamblea General de Naciones Unidas. Quizás su rol más recordado: presidente de la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa) en los tiempos de la UP.

Tras la publicación de “Testigo Privilegiado”, el libro “¿Cuentos o recuerdos?” (Erasmo Ediciones, 2017) es una suerte de precuela, que complementa los hechos históricos, esta vez en un contexto íntimo, anecdótico, ficcional, presumiblemente. En este sentido, todos los cuentos están entrelazados, como hebras de una historia mayor, la del mismo Orlando Sáenz, puesto que los mismos personajes (el Milico Ibáñez, el Mateo Santos, el Conde, etc.) se encuentran en una y otra narración, teniendo en común el recuerdo de la época escolar, en un colegio de curas españoles.

Una memoria sin aspavientos, porque muchos de los relatos autobiográficos transitan con crudezas, entre microviolencias cotidianas. Desencantados, los protagonistas de estas narraciones viven y actúan en un mundo que pronto devela su lado más salvaje, desapasionado.

Así ocurre con el procaz José, alías “Ferrilo”, un joven mutilado quien disipa “su más recóndito y atormentado temor”, el ser considerado un “monstruo asexuado”, gracias a la experiencia sexual que vive en un prostíbulo, que es el regalo que le hacen los bravucones del colegio por su cumpleaños número 17. O con Maese Pedro (Pedro Villegas), un homosexual revolucionario que descubre el fracaso de todo un proyecto político, del que se hizo parte luego de ver frustrado su deseo de consagrarse a la vida religiosa. O de Felipe Zubaldía, alías el Conde, agitador de una célula revolucionaria en Estocolmo, Suecia, a quien le cambió la perspectiva de vida “que por entonces llevaba” al encontrarse con Mateo Santos, un excompañero de colegio y líder empresarial, y someterse al peso del recuerdo y sus propias contradicciones. O de Valentina, malograda y arribista joven que se enamoró perdidamente de un cura futbolero, con quien, luego de un arrebato de placer azuzado por el “cruel juego” de la coquetería, tuvo un hijo que quiso abortar, pero interrumpido finalmente por la “conciencia” y “obsesión con el creciente clamor por el derecho a nacer”.

“Lloraba de vergüenza por su desnudez, lloraba de pena por no haber tenido más que una mano y unos cuantos muñones para acariciar la carne fresca y palpitante que se le había ofrecido, y lloraba, sobre todo, de alegría de sentirse hombre cabal a pesar de todo” (pág. 31).

“Pero, por grande que fuera el desastre de su vida material, peor aún era su odisea espiritual. Sus desdichas lo habían llevado a renegar de Dios y, en el mundo sin Dios en que penetró, tampoco podía encontrase el amor y la caridad hacia sus semejantes. El motor de su actividad revolucionaria había sido el resentimiento y en su altar había sacrificado todo lo noble que había en su interior” (pág. 45).

Prescindiendo de un análisis ideológico que fustigue las imposturas (porque juzga intrascendente las ideologías que provocan guerra y sufrimiento), los personajes de estos relatos viven encerrados en carencias (no todos, por cierto) que devienen en odios, frustraciones y resentimientos, que luego serán sometidos a un cambio radical, aleccionador, cuestionando las acciones realizadas, para pasar a un estadio de crecimiento y normalización, como si todo tuviera una raigambre individual, psicológica, que dependiera exclusivamente del sujeto. Incluso, en el último cuento donde habla de la figura paterna, el autor reflexiona sobre la humildad, la bondad, los valores de un “hombre bueno”, “temeroso de Dios”, que hizo mucho sin saberlo, su padre, porque eso era, al fin y al cabo, lo importante. Aun de una vida que juzgó “insignificante”, dejó una herencia biológica y moral que el autor valora y reconoce.

“(…) Fue así como el Conde sintió en los huesos el golpe de Estado que se avecinaba en medio del desorden, las tendencias contradictorias y la inútil verborrea revolucionaria de los partidos del régimen. Con el correr de los meses, le nació la preocupación por su seguridad personal, en el caso de una catástrofe, y ello lo llevo a la decisión de acumular recursos y cultivar protecciones que pudieran servirle en el caso de una emergencia” (pág. 77-78).

“El viento y la lluvia envolvían a este trío mágico que ahora giraba y reía, ignorándolos. Pero ya no los castigaba, porque ahora el viento y la lluvia acariciaban y cantaban de alegría porque el milagro de la creación se repetía y de los escombros de tres vidas truncadas surgía la gloria de una familia completa y feliz” (pág. 113).

“Muchas veces vio en los ojos de moribundos el alivio de una bendición postrera y no le faltaron los casos en que un comecuras reconocido recibía su absolución extrema con lágrimas de agradecimiento, porque no hay nada que acerque más a Dios que la inminencia de la muerte” (pág. 120).

Persevera en Sáenz, una búsqueda espiritual frente al fracaso del mundo. Al parecer, la única solución posible. No hay revolución que valga, ni liberación, donde al final del camino está la ominosa muerte. Las historias que componen el libro, aunque bien narradas, lo que permite una lectura ágil y amena, se solucionan con conocimiento, experiencia, madurez, superación de la hipocresía, encuentro con Dios, en un plano moral, o incluso en una sexualidad heteronormativa, todo esto, claro está, dentro de los límites sociales impuestos.

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