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Libro "Entrenieblas": Lo falso y lo auténtico novelado

por 8 septiembre, 2018

Libro “Entrenieblas”: Lo falso y lo auténtico novelado
Pertenencia y desapego, recepción y resistencia son instructivas herramientas con que es posible alejarse de las vulgares tentativas de suavizar la realidad que precede el presente, aquella cotidianidad de la que se nos quiere permitir ver la parte y no el todo. «Entretinieblas», novela corta del prolífico Diego Muñoz Valenzuela, expone los fundamentos del humanismo radical de personajes azotados por la auténtica obscenidad que tensionó la década de los ochenta.
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De todas las ramas del conocimiento asociadas al humanismo, la literatura es casi la que está menos de moda, la menos atractiva y la mas inactual, y también, la que con menor probabilidad asoma en las discusiones sobre la relevancia para el humanismo para la vida en el siglo XXI, de la misma manera que el socialismo [anti]marxista se ha dejado cooptar por los mantras neoliberales haciéndonos creer que la igualdad y la libertad son «cosas» de la academia.

Además, ha sido en la academia el lugar donde se han acuñado neologismos, «logorreas» que intentan retratar lo extraño e impreciso. Vaya un ejemplo paladino:

El diccionario inglés Oxford declaró a post-truth [posverdad] como la palabra internacional del año 2016, y fue definida como la circunstancia en que «los hechos objetivos tienen menos influencia en formar la opinión pública que las apelaciones a la emoción y las creencias personales»; se podrá argüir que el consenso sobre el significado de las palabras es uno de los consensos más básicos que existen en cualquier sociedad, tanto que ni siquiera nos damos cuenta de ello.

Cómo es que no hay —o si la hay, no se hace notar— resistencia a la catástrofe narcotizante de la democracia de gabinete, parece, visto desde fuera, ser lo que se interroga Diego Muñoz Valenzuela en su última novela —Entrenieblas—, editada bajo el talento editorial de Vicio Impune.

De la Posverdad a la Posmentira

«Entrenieblas», bajo la colección Narradores Chilenos, está conformada por un poco más de un centenar de páginas en que novela, recrea la mística con que se relacionaron los seres humanos bajo la dictadura pinochetista , trata de la vida y la presurosa muerte de muchachos a quienes desde el Estado ­—«[aquella] eficaz maquinaria de exterminio»­— se les designaba bajo el rótulo de «humanoides», toda vez que lograban sobrevivir a las balas.

Escrita en un tono ameno, de calibrada velocidad y lejos de las ínfulas de la pedantería narrativa o el embelesamiento de la lucha de la juventud contra la dictadura, el conjunto de textos refleja de forma exquisita la fascinación del escritor por poner al alcance de los nuevos lectores la atmósfera de época, relata la vida, los acostumbrados asesinatos, los hábitos, el lenguaje, las creencias, adversidades, juegos, sus voces y formas de pensar.

Está hecha de voces diversas, contrapuestas y hasta contradictorias, voces que rondan la impostura y el equívoco, tejiendo y destejiendo una espesa trama de signos y referencias y un ambiguo sistema de ecos y resonancias cuya finalidad es la descripción de calamidades y milagros con un estilo combinatorio que alterna el testimonio con la crónica, la ironía con el asombro, el paisaje íntimo y el cosmopolita.

El contexto es un territorio hostil y de arduo sacrificio en que aquellos protagonistas del Chile de la década de los ochenta no perdieron la magia de la vida, como fácilmente se puede deducir de la lectura de «Entrenieblas».

Lejos de cualquier impronta naïf, endulzada, la publicación de la casa editorial y el propio escritor rinden sentido y respetuoso homenaje a las víctimas, al tiempo que con la característica precisión y alta calidad narrativa de Muñoz Valenzuela.

La verdad sobre los procesos políticos bajo los años de la dictadura pinochetista hace que «Entrenieblas» pueda contener más sabiduría que la que tiene el autor.

*****

Así escribe.

Miércoles 10 de octubre, 1973

La presión de sus propios compañeros hizo que los rebeldes concurrieran —a regañadientes— a los actos patrióticos de los lunes por la mañana. No obstante, demostraban desobediencia de diversas formas: alborotando en las filas que los obligaban a formar; prescindiendo de la estrofa dedicada a los valientes soldados; emitiendo silbidos y rechiflas en momentos selectos. Los inspectores se paseaban entre ellos para amonestarlos o amenazarlos, según el caso.

La prueba de ingreso a la universidad quedó postergada como tantos otros eventos. Diógenes se devanaba los sesos meditando acerca de su futuro. Tenía una beca para estudiar física nuclear en la Universidad de Lomonósov; se lo habían comunicado pocos días antes del golpe militar. Debía responder a través de la embajada de la India y viajar a Argentina para emprender un largo viaje acaso aceptaba.

Sabía que si viajaba a Moscú no podría volver en mucho tiempo. Su padre estaba sobre los setenta años, aunque él no lo consideraba viejo. Quizás no pudiera verlo nuevamente. Bastaba que lo pusieran en una lista de indeseables para la dictadura y se convertiría en exiliado, como miles de compatriotas.

Los padres de Diógenes deseaban que se fuera de Chile. Estaría a salvo, lejos de las garras criminales. Él se debatía en la incertidumbre. De una parte, soñaba con estudiar en el extranjero una carrera del futuro, conocer un mundo nuevo, aprender otro idioma. De otra, no quería desprenderse de su país ni menos de su familia en aquella contingencia terrible. No podría soportar la impotencia en la distancia.

Fue a mirar el palacio de gobierno. Había un perímetro de custodia muy estricto.  Los fotógrafos deambulaban por allí a la caza de imágenes y los soldados los estorbaban, les pedían identificación, los espantaban con sus fusiles ametralladora. Ennegrecido por el humo, agujereado por balas de grueso calibre, arrasado sin piedad, el edificio se convirtió en un monumento vivo a la dignidad de Salvador Allende.

La garganta se les tornó amarga y la vista borrosa. Diógenes y sus amigos se fueron de allí sin poder hablar, estremecidos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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