lunes, 18 de febrero de 2019 Actualizado a las 01:55

CULTURA|OPINIÓN

Autor Imagen

“Riedemann Blues”. Fondo fúnebre y esperanza

por 6 febrero, 2019

“Riedemann Blues”. Fondo fúnebre y esperanza
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Tener la posibilidad de leer una nueva entrega de Clemente Riedemann nos permite observar que su trabajo mantiene una tendencia clara frente a los temas relacionados con la memoria, la historia, el despojo y la barbarie que con una voz que se asume como colectiva, ha venido investigando mediante su creación en el campo estético de manera consistente desde “Karra Maw’n” (Editorial Alborada, Valdivia, 1984, 84 págs.) con el cual “alcanzó cumbre, escribiendo uno de los libros indispensables para el Chile de todos los tiempos y la lengua castellana, un libro francamente brillante”, como se refirió a él el destacado poeta Ernesto González Barnert (Temuco, 1978) en una entrevista que le hiciera el año 2007.

Y sí, al contrario de lo que decía Theodor Adorno, sí existe la posibilidad de la poesía después de Auschwitz, aunque tenemos que considerar que en ese sentido ésta, la poesía, ya no será la misma después de ese evento cúspide en la dislocación de la humanidad a costa de ella misma, donde el atropello, el fascismo, la xenofobia, el racismo y todas las formas del desprecio humano hacen girar la rueda del horror.

Clemente Riedemann pertenece a la generación que ha sido llamada “del post-golpe”, “del contragolpe”, “de la diáspora” o “del exilio interno” por diversos académicos nacionales e internacionales que fijan sus principales características en aspectos como: la reflexividad del texto, que el hablante es siempre un sujeto violentado y con una generalizada tendencia al lenguaje coloquial en función de potenciar lo no dicho, donde no se pueden disociar escritura y política, así como literatura y sociedad. En esta generación podemos incluir a poetas que van desde Juan Luis Martínez, Jorge Montealegre, Teresa Calderón, Soledad Fariña, Eugenia Brito, Tomas Harris hasta Elicura Chihuailaf, los que concuerdan en que les ha tocado vivir la poesía “no como literatura, sino como historia”, al decir de Cintio Vitier, el destacado crítico literario cubano, sobre esta generación, a lo que podemos agregar que la producción poética de este autor en particular, más que la producción de una ficción, es más bien un producto relacionado a la memoria sobre el horror y también sobre las consecuencias que la dictadura acarrea para el país completo y no sólo para algunos de sus hijos.

“Riedemann Blues”

Lo que primero salta a la vista es que este texto está escrito íntegramente en tercera persona, lo que provoca un doble efecto que tiene que ver con que el autor habla de un otro que representa a una comunidad completa y compleja; y que también habla de sí mismo visto desde fuera, en perspectiva, pleno gracias al volumen del tiempo que le ha permitido observar y observarse, reflexionar como un sujeto de memoria que representa no tan sólo al conjunto de víctimas del genocidio dictatorial, sino que también a un país herido en la lucha por un país más justo, solidario y humano, que tiene la capacidad de levantarse gracias a estos ejercicios espirituales y de justicia que se hacen no tan sólo a nivel jurídico, sino que también poético, como es el caso que ahora apreciamos y comentamos críticamente en el libro “Riedemann Blues”.

En el poema “Llévame hasta el fin del mundo”, por ejemplo, nos encontramos frente al escape de un mundo o una comunidad de la cual el hablante se siente expulsado, rechazado, perseguido, que le provoca un estado de incomodidad tal que éste “se ha instalado en los bordes de la carretera (…) junto a la cuneta”, un poco más allá de la marginación, donde los problemas arrecian al personaje por los cuatro costados:”ve gente haciendo S.O.S., encaramadas en los techos de sus propias casas”, imagen de la desesperanza que se intensifica en el poema “Hans Pozo Blues”, donde se refuerza la imagen del despojado, del marginal sin esperanza, un desaparecido en plena democracia, democracia que no se preocupa de sus hijos perdidos: Un descuartizado que vuelve a cubrir de drama y horror el mundo que este poema recoge para levantarlo como una víctima de un pueblo o país en extremo individualista, producto del funcionamiento a toda máquina de un neoliberalismo voraz. En “Tenía que ir a Auschwitz” el poeta reúne escenarios de terror en que Chacabuco, Treblinka, el mismo Auschwitz, Llancahue, Guantánamo o Isla teja “donde una vez estuvo preso” comparten el mismo espacio de sacrificio donde se ha masacrado a la humanidad en pos de una supuesta “limpieza” que en Chile ha sido comandada tanto por civiles como militares no una, sino que muchas veces y que continúa haciéndolo en la actualidad contra los mapuche y otros defensores del medio ambiente. Al igual que en “Hans Pozo Blues”, en “El jardinero Oróstica” la vida de un ser humano termina gracias esta vez a un accidente laboral: “Acaban de encontrar su cuerpo, rasmillado, bien asfixiado y muerto, a los sesenta y cuatro de vivir ¿Cómo puede ocurrir tal cosa en un país moderno?” poema que me atrevo a decir contiene un espeso humor negro sin el cual no se podría respirar. Poemas del estupor causado por una sociedad que se desarrolla como una enfermedad. En el poema “Por las grandes alamedas” se muestra la ambición misma que tienta al que primero se preguntaba “Cómo es que el hombre no puede acabar con la miseria y cómo es que yo no termino de aceptarlo?” en un desarrollo más bien macabro del poema en que también la voz se juega con versos que evidencian un quiebre de su ética y moral al decir “¿No será mejor aprender a calcular los intereses mientras se jala del gatillo?”. Pareciera que es el mismo neoliberalismo el que lleva de la mano a la voz poética que manifiesta que “Luego pensó cuan inteligentes son aquellos que mantienen las enfermedades catastróficas, para hacer fortuna con las drogas que quizás las curen y cuán práctico resulta dejar morir a quien no puede pagar”, muerte por enfermedad que se viene a sumar a la muerte por la exclusión social en “Hans Pozo Blues” y a la muerte por accidente laboral en “El jardinero Oróstica”.

En el poema “Temor de entrar en las carnicerías” el tema cambia bruscamente para pasar al horror sin mediación más que el poema mismo donde declara que “en las grandes paletas de vacuno colgando de los ganchos de hierro veía los cuerpos de sus amigos en las salas de tortura”, poema que huelga comentar nos trae a la mente la imagen del vacuno sacrificado colgando de los ganchos de una carnicería de Rembrandt, el pintor holandés. Y sí, al contrario de lo que decía Theodor Adorno, sí existe la posibilidad de la poesía después de Auschwitz, aunque tenemos que considerar que en ese sentido ésta, la poesía, ya no será la misma después de ese evento cúspide en la dislocación de la humanidad a costa de ella misma, donde el atropello, el fascismo, la xenofobia, el racismo y todas las formas del desprecio humano hacen girar la rueda del horror.

"El buey desollado" Rembrandt Harmenszoon van Rijn

En “Crónicas marcianas” podemos ver el consumo como el verdadero motor de la atomización social que se refleja como una práctica y una táctica de dominio y manipulación de una sociedad dormida, “pero pasan por alto que sus verdugos han levantado un muro para que no se pongan de acuerdo (…) sin embargo, se divierten como si todo fuese de perlas, pero no aprovechan esa energía para romper sus cadenas”.

Lo que sigue es la voz poética que explora en las fichas y legajos del informe Rettig y sus 2.279 casos de violaciones a los derechos humanos en dictadura y que de cualquier manera debiera servir para sensibilizar sobre este tema que aún no hemos asimilado como sociedad y que muchos de nuestros políticos aún niegan, con la oscura esperanza de callar el himno, el réquiem, la música fúnebre como blues de fondo que es la banda sonora que nos acompañará día y noche hasta que no se haga justicia y reparación. Poemas de amor a la vida con la forma de una bomba de memoria.

“Riedemann Blues”, Clemente Riedemann, Ediciones Kultrún, Valdivia, 2017, 78 páginas.

Ramiro Villarroel Cifuentes. Escritor

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV