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"Serotonina", el último libro de Michel Houellebecq: Hacia el derrumbe del hombre occidental

por 21 abril, 2019

En su último libro, el autor francés regresa a sus temática habituales y analiza la derrota del individuo en manos de un sistema económico que lo empuja, inevitablemente, hacia la soledad y el suicidio.
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“Ya no lo sé, ahora soy viejo, no consigo recordarlo bien pero me parece que ya tenía miedo, y que había comprendido ya en aquella época, que el entorno social era una máquina de destrucción del amor”, dice Florent-Claude Labrouste, protagonista de Serotonina (Anagrama, 2019) la última novela del escritor, poeta y ensayista francés Michel Houellebecq, autor de Las partículas elementales (1998) y El mapa y el territorio (2010, Premio Goncourt), entre otros éxitos literarios.

Florent-Claude es un ingeniero agrónomo de 46 años que trabaja en el Ministerio de Agricultura francés y ve cómo su vida, alienada en la rutina administrativa, se ve despojada de sentido. Su crisis existencial es evidente y encuentra refugio en un antidepresivo de última generación llamado Captorix, que libera serotonina y que lo nivela emocionalmente.

No obstante, este medicamento tiene algunos efectos adversos que juegan un rol fundamental en el argumento de la novela: la desaparición de la libido y la impotencia.

La historia nos lleva al viaje y al declive de su protagonista. El inicio de la novela nos adentra en el mundo de Florent-Claude.

Comienza con un encuentro casual con dos hermosas mujeres, muy jóvenes, en una gasolinera. Una de ellas pareciera estar dispuesta a una supuesta aventura, pero el protagonista, impávido, no es capaz de reaccionar a tiempo. El recuerdo de la escena lo atormentará durante años, como si ese minúsculo detalle, sensual e insignificante, fuera el detonante de su futura caída.

Las temáticas habituales de Houellebecq se realzan en la contraposición de extremos. La crudeza en la descripción de ciertas escenas relacionadas con los impulsos homicidas de Florent-Claude o con los videos pornográficos que hace Yuzu, su novia japonesa con la que apenas se comunica y que abandona, en silencio, después de descubrir la pornografía grosera de sus infidelidades, se ve contrapuesta con sus reflexiones sobre las posibilidades del amor en la sociedad moderna.

Es quizás el libro más “esperanzador” de Houellebecq —si se permite usar esa palabra en su obra—, por que dentro del abismo hacia el cual se dirige Florent-Claude, ve cierta luz en el amor, pero no el amor como vivencia inmediata, sino como un recuerdo lejano y frustrado: apreciamos la felicidad solo cuando la hemos perdido por completo.

Los sueños del hombre solo

El sistema económico juega un rol fundamental en las novelas de Houellebecq. Desde su ópera prima, "Ampliación del campo de batalla" (1994), hasta la actual "Serotonina", vemos el derrumbe de la sociedad capitalista en fragmentos de vidas que se vacían de significado.

Seres individuales que sufren en silencio, personas con vidas económicamente aseguradas, pero que se ven aislados y enajenados del entorno, como si cada uno de ellos fuesen tuercas inútiles de un engranaje que jamás llegan a comprender.

"Serotonina" es quizás la más ensayística de las novelas de Houellebecq y muchas de sus ideas ya están presentes en el libro de poemas que la precede, "Configuración de la última orilla" (2015). Pareciera, a ratos, que las escenas se suceden solo en función de la reflexión.

Los escenarios cambian de manera brusca y el personaje principal se traslada de lugar continuamente. Sumado al relato existencialista del protagonista —que recuerda a ratos a Meursault, de "El extranjero" de Camus—, Florent-Claude nos entrega una visión de la Francia rural y agrícola, esa alejada de París y de museos glamorosos.

Nos adentra en las protestas donde agricultores —posiblemente las Chaquetas Amarillas— se enfrentan en una guerra campal contra la policía. El Estado los reprime en pos de una economía de libre mercado que deja a la deriva a los campesinos, que ven cómo sus campos y sus productos son vistos como un estorbo al progreso del país. El resultado de la batalla ya se sabe con anterioridad.

La felicidad es un horizonte lejano

Un punto importante dentro de la novela es la búsqueda de la felicidad. Florent-Claude se cuestiona constantemente el no haber podido ser feliz. Haber tenido la oportunidad, específicamente con dos mujeres —Camille y Kate—, y haberla desechado por circunstancias triviales: sexo pasajero, la cobardía hacia un reencuentro, etc.

Es el sistema sobre el individuo, donde el único refugio —además de los antidepresivos— es la idea nostálgica del amor compartido.

Acá vemos una revelación en la obra del autor francés, la tabla de salvación del protagonista. “El mundo exterior era duro, implacable con los débiles, no cumplía nunca sus promesas, y el amor seguía siendo lo único en lo que todavía se podía, quizás, tener fe”.

El análisis del mundo moderno se ve puesto en escena. La mujer, más capacitada para encontrar la felicidad, se ve agobiada y extenuada en un mundo repleto de presiones laborales excesivas y de lucha continua contra un patriarcado que se niega a ceder. Si esta visión es pesimista, la visión del hombre es demoledora. El hombre occidental se encuentra acabado. Desde el inicio somos espectadores del viaje suicida de un protagonista que se encuentra muerto mucho antes de morir.

La conclusión es de una lucidez cegadora. El hombre, perdido entre sueños grandilocuentes que no se cumplen y deseos sexuales jamás satisfechos, queda a la deriva y sin significado en el mundo moderno. No es capaz de resignificarse. Está destinado al precipicio y a la soledad.

Hacia el final de la novela Florent-Claude, resignado a dosis máximas de antidepresivos y cada vez más cercano a creencias cristianas, cita a Baudelaire, como si pusiera de manifiesto que los cimientos de su persona han sido aniquilados, que la derrota ha sido consumada: “Cuando nuestro corazón ha hecho una vez su vendimia/vivir es un mal”.

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