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Obra Chaika: profunda sensibilidad y belleza

por 31 mayo, 2019

Obra Chaika: profunda sensibilidad y belleza
“Chaika” es una obra que se construye en torno a una puesta en abismo: una actriz mayor, ensaya frente al público “La Gaviota” de Chéjov. No hay, propiamente, una historia más amplia por contar, excepto la serie de reflexiones y conflictos de la actriz, con la escena, con su ayudante, con el montaje; también se muestran escenas de “la Gaviota”, con sus propios trances, de este modo, asistimos a otra puesta en abismo con Irina, Boris, Konstantin y Nina en escena, precisamente por esta serie de problemas y personajes, el montaje resulta tan atractivo, en particular si tomamos en cuenta que se trata de una obra unipersonal.
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La puesta en abismo como formato estético tiene una larga historia en las diversas formas artísticas. La exposición de una disciplina creativa y sus elementos modales dentro de una obra, permite múltiples reflexiones, tanto sobre la producción estética como sobre sus  (posibles) efectos sociales, políticos, humanos; así, el teatro dentro del teatro ha sido una fructífera forma de articular muy diversas propuestas escénicas.

La actuación de Tita Iacobelli, única intérprete en escena, es brillante. La calidad de su actuación es bella, en la medida que construye diversas emociones, logradas con verdad escénica y que logran trasuntarse al público, al mismo tiempo, la sólida precisión con que cada uno de sus gestos y movimientos dan vida a todo el universo presentado, exponen una calidad actoral que no se ve a menudo.

“Chaika”, en efecto, es una obra que se construye en torno a una puesta en abismo: una actriz mayor, ensaya frente al público “La Gaviota” de Chéjov. No hay, propiamente, una historia más amplia por contar, excepto la serie de reflexiones y conflictos de la actriz, con la escena, con su ayudante, con el montaje; también se muestran escenas de “la Gaviota”, con sus propios trances, de este modo, asistimos a otra puesta en abismo con Irina, Boris, Konstantin y Nina en escena, precisamente por esta serie de problemas y personajes, el montaje resulta tan atractivo, en particular si tomamos en cuenta que se trata de una obra unipersonal.

La actuación de Tita Iacobelli, única intérprete en escena, es brillante. La calidad de su actuación es bella, en la medida que construye diversas emociones, logradas con verdad escénica y que logran trasuntarse al público, al mismo tiempo, la sólida precisión con que cada uno de sus gestos y movimientos dan vida a todo el universo presentado, exponen una calidad actoral que no se ve a menudo.

Por lo mismo, tal vez, hace sentido que la creación y dirección del montaje esté a cargo de la misma Tita Iacobelli y la ruso-belga Natacha Belova. Claro, hace sentido en la medida que resulta evidente que gran parte del proceso creativo y de acciones escénicas emergen de la actriz que debe sostener por sí misma todo el espectáculo, al mismo tiempo organizado y definido, hilvanado desde fuera por una sensibilidad capaz de conducir un proceso tan complejo e íntimo; sin duda, en el ámbito direccional, la relación Iacobelli/Belova logra un fenómeno altamente logrado y eficiente.

Del mismo modo, la asistencia dramatúrgica logra objetivos de un soporte textual bien desarrollado. Como público, es imposible saber dónde exactamente se instaló el trabajo de Rodrigo Gijón o cómo dialogó con la actriz y las directoras, sin embargo, resulta claro que despliega su creatividad, en virtud del espectáculo, generosamente, para que esta crezca a través de diálogos y acciones, especialmente, si pensamos que la obra se asienta desde la intertextualidad, sobre todo en conflictos internos y atrayendo –con mucha perspicacia escénica- texto de “La Gaviota” y de “Hamlet, príncipe de Dinamarca”.

El diseño integral, a cargo de Belova, es extraordinariamente inteligente, uso este adjetivo conscientemente: a pesar de ser minimalista (o precisamente por ello), todos y cada uno de los objetos tienen un sentido, una función, un peso semiótico concreto sobre el escenario, no hay ornamentos, solo escena significante.

Es, seguramente, la misma lógica la que se estructura en torno a la música y el diseño sonoro -Simón González y Gonzalo Aylwin- así como en la iluminación diseñada por Gabriel González, en ambos casos, las propuestas apoyan y sustentan, con profundo conocimiento, lo que sucede en escena, generando diversos ambientes y emociones desde el lenguaje que les compete.

“Chaika” es, extensamente, uno de los mejores montajes nacionales, una obra técnicamente notable, de profunda sensibilidad y bellamente interpretada.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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