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CULTURA|OPINIÓN

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Obra "Dragón" de Guillermo Calderón: los cuestionamientos del arte

por 15 junio, 2019

Obra
La obra retrata precisamente eso: en una época indefinida (aunque sospechosamente similar a los últimos ochentas) un colectivo artístico intenta desarrollar una suerte de acción de arte que fundaría una preocupación y toma conciencia en torno a una visión ideológica, a partir de hechos sustanciales acontecidos en otros países y el nuestro.
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La idea de un arte conceptual y socialmente comprometido, de obras que no solo sean un objeto técnicamente creado y que refieran a la belleza como lugar de disfrute, sino también como un ámbito de reflexión y acción ideológica, se constituye como una problemática de larga trayectoria en el arte en general y en el teatro en particular. En cierto sentido, desde su origen en occidente, el teatro suponía una reflexión y puesta en debate de carácter político en torno a los diversos temas que resultaban caros a la época y comunidad en que emergen, de manera que esta filiación, podemos encontrarla desde la antigüedad misma, en cierto sentido, no es necesario llevar el teatro a lo político, siempre estuvo ahí y tal vez se trate más bien de resignificarlo.

“Dragón” el recientemente estrenado montaje del director Guillermo Calderón, retoma este tema con un cierto eco nostálgico de aquellos colectivos que, en los años ochenta especialmente, articularon la necesidad de convertir sus obras artísticas, no solo en un concepto reflexivo, sino en una acción social que diera cuenta de una necesidad política. De hecho, la obra retrata precisamente eso: en una época indefinida (aunque sospechosamente similar a los últimos ochentas) un colectivo artístico intenta desarrollar una suerte de acción de arte que fundaría una preocupación y toma conciencia en torno a una visión ideológica, a partir de hechos sustanciales acontecidos en otros países y el nuestro.

Desde mi interpretación, ya desde “Mateluna” podía verse que Calderón había llegado a una cierta frontera con su lenguaje y que necesitaría reinventarse, sin perder su estilo y línea; me parece que “Dragón” es una obra bisagra entre aquello que era su estilo reconocible y una evolución (y digo “evolución” porque sin duda se manifiesta un avance) de su trabajo.

La dramaturgia de Calderón es, seguramente, una de las más interesantes de las última décadas. En esta obra, revisita su estilo con algunos lugares que dan cuenta de su autoría. La parodia, por ejemplo, es un juego permanente en los diálogos de los personajes, del mismo modo, su trabajo está lleno de instersticios, lugares implícitos que como espectadores debemos dotar de significación, por otra parte, diría que avanza en ámbitos que, si bien antes había explorado, en esta última obra acentúa más: la fragmentación temporal, el juego de la no identificación de los sujetos como un universo monádico o la interrupción discursiva, en tanto esta se trata de un modo de penetrar en la construcción de los hechos como si fuesen testimonios construidos, ensamblados a partir de la interpretación y no de la verdad absoluta, en fin, como cualquier testimonio, de todos modos. Hay un proceso en la dramaturgia de Calderón del que somos testigos en este momento, un cambio que va dando paso a una evolución en su trabajo, lugares discursivos que está –en mi opinión- comenzando a explorar. En este sentido, creo que hay un balance con la dirección, pues aquí también se ve un proceso que se está abriendo, un lugar no del todo colonizado, pero que está en la búsqueda de avanzar, más que de descubrir, nuevos espacios y formas escénicas. Desde mi interpretación, ya desde “Mateluna” podía verse que Calderón había llegado a una cierta frontera con su lenguaje y que necesitaría reinventarse, sin perder su estilo y línea; me parece que “Dragón” es una obra bisagra entre aquello que era su estilo reconocible y una evolución (y digo “evolución” porque sin duda se manifiesta un avance) de su trabajo.

Las actuaciones, por su parte, sostienen competentemente el trabajo que emerge desde la dramaturgia y la dirección. Los personajes se movilizan desde una cierta inconciencia hasta la radical ironía, con cambios de situación y de emoción radicales que emergen de un momento a otro, en este sentido, la ejecución de las actrices y el actor resultan pertinentes a la propuesta, ciertamente, da la impresión que el registro de Francisca Lewin y Luis Cerda aparece en un tono algo distinto al de Camila González, sin embargo, no se trata de un problema respecto de la totalidad de la obra. Luis Cerda y Francisca Lewin sostienen su trabajo con precisión y solidez, articulan sus personajes a partir de una lógica compleja que manifiesta la imposibilidad de una visión completa y absoluta de los mismos, un proceso que, en mi opinión, es difícil de lograr y que aquí se lleva a cabo cabalmente.

Camila González, por su parte, articula estas mismas condiciones, pero me parece que la condición irónica de su personaje, la fuerza que implanta en su actuación es, verdaderamente, notable. Su desempeño no solo está lleno de verdad escénica, sino que además, es posible ver, precisamente en el modo como levanta a su personaje, una opinión, diríamos ideológica, sobre el mismo que, no cabe duda, suma al universo planteado.

Rocío Hernández, una vez más, en el diseño integral, desarrolla un trabajo pulcro, bien construido y signicamente cargado, de manera que este ámbito de la creación fomenta la esencia de la misma, dotando a todo el montaje de recursos discursivos que amplían los márgenes interpretativos de la obra.

“Dragón” es un montaje muy bien logrado, que, no sin nostalgia, revisa categorías en torno al arte respecto de las necesidades de obras cuyo compromiso sea más que ornamental y se funden en intenciones y, sobre todo, hechos políticos; sin embargo, también propone cuestionamientos extraordinariamente lúcidos, en torno a si esto es posible, si el medio, los artistas y las obras, pueden con ello y, sobre todo, si esto importa hoy día.

Obra "Dragón"

Teatro UC, Sala 1: Ana González.

Del 5 al 29 de junio. Miércoles a sábado / 20 h.

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