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Claudio Naranjo: Un líder espiritual propiamente del siglo XXI

por 20 julio, 2019

Claudio Naranjo: Un líder espiritual propiamente del siglo XXI
Pienso que Claudio, pese a ese look de blanca barba larga y vestimenta de colores milenarios, fue un gran líder espiritual propiamente del siglo XXI, pues su liderazgo no descansó ni en una doctrina ni en una ideología ni en una teoría, sino en la factibilidad del estado amoroso de la mente que cada cual puede hacer crecer en la suya siguiendo, con valor y disciplina, a través de un procedimiento psicológico muy específico
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La primera vez que leí a Claudio Naranjo fue cuando me formaba como terapeuta gestáltico y revisaba “La vieja y la novísima Gestalt”, texto que no solo me ayudó a entender rápidamente al núcleo de la Terapia gestalt sino que además me impresionó por la lucidez de su autor. Sin embargo, solo varios años más tarde comencé a enterarme de la profundidad de su propuesta, que básicamente se puede resumir como un programa de formación personal que apunta socavar los cimientos del patriarcado, organización social sobre el cual se asienta nuestro sistema económico y que se puede entender, más allá que en función de las desigualdades por sexo/género, como caracterizadas por relaciones de dominio de unas personas sobre otras. Según él, si bien dicha dinámica podían ser comprensibles en un contexto donde era necesario luchar descarnadamente con otros grupos para poder sobrevivir, hoy no tiene ningún sentido si se considera la enorme capacidad tecnológica que hemos desarrollado y que, potencialmente, nos permitiría satisfacer nuestras necesidades sin que se requiera continuar fomentándola. Sin embargo, pese a que las condiciones contextuales han cambiado radicalmente seguimos perseverando en dicha forma de vida. Es decir, hemos hechos del delirio un hábito y un estilo de vida. Y pareciera ser que tal manera de relacionarnos en las que durante milenios hemos participado han rubricado a tal punto nuestra mente, que nos resulta totalmente imposible pensar que podemos mutar o transformar nuestra convivencia y, por ende, nuestra mente. Bajo ese punto de vista, creo que el único gran motivo por el que perseveramos es porque quienes tiran el carro se encuentran totalmente sumergidos en el delirio de que no existe otra cosa más importante en la vida, que el deseo de triunfar, de someter, de acumular poder, de acumular riqueza, etc. pues cumpliendo dichos objetivos lograrán por fin el estado amoroso al que todo ser humano aspira. Falso amor como le llamaba Claudio. Se trata de un deseo compulsivo, materializado por lo demás en una ansiedad crónica, disfrazada muchas veces de motivación intrínseca, que dista significativamente de otros estados mentales posibles de construir a través de un “trabajo interior” y sobre los cuales es posible cimentar dinámicas alternativas de convivencia que las mencionadas.

Pienso que Claudio, pese a ese look de blanca barba larga y vestimenta de vivos colores, fue un gran líder espiritual propiamente del siglo XXI, pues su liderazgo no descansó ni en una doctrina ni en una ideología ni en una teoría, sino en la factibilidad del estado amoroso de la mente que cada cual puede hacer crecer en la suya, siguiendo, con disciplina, un determinado procedimiento psicológico. Claro está que tampoco se trata de una panacea ni de mágicas recetas que nos prometen cambiar del cielo a la tierra de un día para otro, sino más bien de un proceso personal y colectivo que como todo proceso de este tipo requiere años, décadas y quizás mucho más. Se trata de cultivar un amor que no está ni en los “cielos celestiales” ni en ninguno de los sucedáneos que de manera histérica y compulsiva nos ofrece la banalidad del mercado.

Si bien Claudio nos ha dejado una explicación sobre cómo la cultura moldea nuestra mente, se ha encargado de destacar sobre todo el enorme potencial de ésta para transformar la cultura en la que vivimos. De ahí que, en contraposición al patriarcado, su propuesta le otorga un espacio fundamental a la espiritualidad, esa faceta de la vida que ha sido prácticamente desestimada en nuestro tiempo, al menos, por parte de los discursos oficiales. Pero claro, se trata de una comprensión de la espiritualidad radicalmente distinta de la que recibimos quienes fuimos formados por padres cuyos abuelos muy posiblemente se forjaron durante el siglo XIX o al menos lo rozaron. Un concepto de espiritualidad absolutamente funcional a los fines del patriarcado. En cambio, la propuesta de Claudio, alineada por lo demás con diversas tradiciones milenarias, rescata una noción muy diferente: una espiritualidad viva, real, de dulce y agraz, cercana, cariñosa y sobre todo, encarnada. Ubicada a años luz de aquélla que ha venido siendo promulgada desde hace siglos por los moralismos de cartón y sermoneada por instituciones que hoy por hoy se caen a pedazos a vista y paciencia de sus seguidores. Una espiritualidad que se funde con el amor, ese estado mental que hoy sabemos que no consiste en un deber ser ni en un mandato supremo ni en ideal platónico, sino más bien, en una fuerza que crece como un germen bendito cuando aprendemos a percibir (sic) nuestra neurosis y, consecuentemente, a disolver a ese o esa “perezoso/a”, “mandón/a”, “vanidoso/a” u otros personajes que la cultura, experiencias con nuestros cuidadores tempranos de por medio, ha construido “en” cada uno de nosotros, haciéndonos creer además que el personaje con que cada uno ha sido rubricado, coincide justamente con “uno mismo”. Pero ahí estuvo Claudio para mostrarnos que evidentemente eso no es así, que lo que realmente somos no tiene horizonte y que su alcance solo depende de cuánto apostemos en avanzar y, sobre todo, de cuánto dolor y sacrificio estemos dispuestos a asumir en dicha búsqueda.

Pienso que Claudio, pese a ese look de blanca barba larga y vestimenta de vivos colores, fue un gran líder espiritual propiamente del siglo XXI, pues su liderazgo no descansó ni en una doctrina ni en una ideología ni en una teoría, sino en la factibilidad del estado amoroso de la mente que cada cual puede hacer crecer en la suya, siguiendo, con disciplina, un determinado procedimiento psicológico. Claro está que tampoco se trata de una panacea ni de mágicas recetas que nos prometen cambiar del cielo a la tierra de un día para otro, sino más bien de un proceso personal y colectivo que como todo proceso de este tipo requiere años, décadas y quizás mucho más. Se trata de cultivar un amor que no está ni en los “cielos celestiales” ni en ninguno de los sucedáneos que de manera histérica y compulsiva nos ofrece la banalidad del mercado. Un estado mental, fuente de gratitud y satisfacción, cuya principal fortaleza muy posiblemente radique en su potencial para desbaratar el infame modelo que hemos construido, asentado en la negación de lo obvio, la destrucción del prójimo y la invención de necesidades que no necesitamos, y que ha terminado por transformar este maravilloso planeta en una mezcla de vertedero y máquina de moler carne.

Claudio, a quien tuve el privilegio de conocer en los talleres SAT realizados en Santiago a comienzos de este siglo, fue un tipo muy documentado y pleno de experiencias. La erudición desborda en sus textos, explicándonos diversos temas sobre filosofía, literatura, psiquiatría, modelos psicológicos, culturas milenarias y por cierto, su principal herramienta de trabajo: el eneagrama. Pero lo más notable de su testimonio es que fue una persona que transformó su vida en una permanente e intensa búsqueda, haciendo de ésta un viaje o una aventura cuyo destino fue desentrañar el gran misterio de estar arrojado a la existencia. Este psiquiatra porteño, profesor de Harvard, que se codeó con diversas luminarias de la psicología del siglo XX, fue construyendo un conocimiento basado en su propia práctica y experiencias. Una búsqueda que pisó los territorios de la ciencia tradicional tanto como los del esoterismo, la ayahuasca, la Terapia gestalt, el eneagrama, entre otras. La sabiduría de Claudio proviene de un largo y atrevido viaje al epicentro de su ser. En palabras de hoy, fue una persona que jamás se arrimó a su zona de confort, buscando incesantemente herramientas que le permitieran ir desprogramando su propia neurosis, es decir, aquello que tenemos en común la mayor parte de los seres humanos y que nos impiden estar en paz y plenos con la existencia y con los demás seres humanos.

Octavio Poblete Christie. Psicólogo. Terapeuta gestáltico y terapeuta sistémico. Magíster en Psicología Clínica y becario Conicyt.

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