martes, 30 de noviembre de 2021 Actualizado a las 16:21

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Investigación científica: ¿parte del problema o parte de la solución?

Investigación científica: ¿parte del problema o parte de la solución?
Mientras las desigualdades y las injusticias se incubaban en nuestro país, las y los científicos nos convertimos en pequeños reyezuelos de nuestros laboratorios, talleres y oficinas. El sistema científico nacional (creado e implementado durante la dictadura cívico-militar)  permitió a algunos administrar sus propios espacios a discreción -casi al margen de las instituciones donde trabajamos- y glorificamos nuestras propias preguntas, nacidas mayormente de una curiosidad individual, supuestamente impermeable a cualquier factor ajeno a la ciencia.
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En la mañana del viernes 25 de octubre, la Comisión Desafíos del Futuro convocó a una reunión con miembros notables de la comunidad científica nacional, para buscar respuestas a la explosión social que vive el país. El ambiente fue de camaradería y ganas de aportar. Hubo acuerdo en que lo que se necesita es un nuevo pacto social, y cada cual se puso a disposición para aportar desde su disciplina. Sin embargo, para parte importante de la comunidad científica el problema es sólo la clase política y su incapacidad de financiarlos adecuadamente y de escuchar las verdades que nuestra comunidad tenía que decir. Una soberbia y falta de autocrítica que rápidamente comenzó a impacientar a varios.

Las desigualdades de la sociedad se empezaron a replicar en nuestros espacios, cosa que también normalizamos: Santiago versus regiones, investigadores hombres frente a investigadoras mujeres, investigadores consagrados versus investigadores jóvenes, disciplinas de las ciencias naturales versus disciplinas sociales y humanas, entre otras muchas desigualdades. Nos acostumbramos a ver en los otros (particularmente estudiantes y personal técnico) “mano de obra barata” pagándoles sueldos de miseria a nuestros colaboradores, sin ningún tipo de seguridad laboral y con horarios extenuantes.

Mientras las desigualdades y las injusticias se incubaban en nuestro país, las y los científicos nos convertimos en pequeños reyezuelos de nuestros laboratorios, talleres y oficinas. El sistema científico nacional (creado e implementado durante la dictadura cívico-militar)  permitió a algunos administrar sus propios espacios a discreción -casi al margen de las instituciones donde trabajamos- y glorificamos nuestras propias preguntas, nacidas mayormente de una curiosidad individual, supuestamente impermeable a cualquier factor ajeno a la ciencia. Nos aislamos de la sociedad e incluso de nuestra propia comunidad y construimos barreras casi infranqueables entre disciplinas. Bajo el mañoso concepto de “libertad de investigación” (bostonreview.net/science-nature/michael-d-gordin-science-political), permitimos que únicamente la curiosidad y la pasión fueran relevantes a la hora de proponer una investigación y excluimos cualquier otro tipo de motivación en nuestro quehacer científico.

Ciertamente esto no fue responsabilidad exclusiva de las y los investigadores, pues el sistema mismo está diseñado para disociar la academia del resto de la sociedad, no solo en Chile sino que en todo el mundo. Se adaptó un modelo de evaluación ligado al financiamiento, basado en indicadores de productividad, que glorificó y perpetuó el modelo neoliberal en la ciencia y forzó a las y los investigadores, a punta de arriesgar el sustento, a seguir esa forma de hacer las cosas. 

El problema es que nos acostumbramos a esto. Normalizamos esa forma de trabajar por y para nosotros mismos. Así, las desigualdades de la sociedad se empezaron a replicar en nuestros espacios, cosa que también normalizamos: Santiago versus regiones, investigadores hombres frente a investigadoras mujeres, investigadores consagrados versus investigadores jóvenes, disciplinas de las ciencias naturales versus disciplinas sociales y humanas, entre otras muchas desigualdades. Nos acostumbramos a ver en los otros (particularmente estudiantes y personal técnico) “mano de obra barata” pagándoles sueldos de miseria a nuestros colaboradores, sin ningún tipo de seguridad laboral y con horarios extenuantes. Mientras tanto, nos vanagloriábamos de tener los mejores indicadores de Latinoamérica. Productividad científica, investigación de calidad y éxito internacional construidos sobre la explotación, la desigualdad y la indiferencia. Un verdadero reflejo del “oasis de Latinoamérica” que explotó con el alza del metro.

Para ser justos, en la reunión con la Comisión del Futuro varios se manifestaron a propósito del tema laboral, sin embargo, cuando la organización Ciencia con Contrato golpeó la mesa respecto a este abuso hace algunos años, la mayoría de los investigadores consagrados se lavó las manos y culpó al sistema, esgrimiendo que mientras el financiamiento de las ciencias no cambiara nada podían hacer. Finalmente quien se pronunció al respecto fue el Consejo de Fondecyt, argumentando entre otras cosas, que destinar dinero al pago de seguridad social afectaría la competitividad de la investigación nacional. Curiosamente quienes integran el Consejo de Fondecyt no son políticos, son miembros de la misma comunidad científica. Así, nuestra propia comunidad se ha hecho parte de los abusos y desigualdades que aquejan a nuestro país.

Otro tema que se tocó en la reunión fueron los esfuerzos de colegas por salir de sus espacios de producción de conocimiento. Se mencionaron valiosos ejemplos de divulgación científica, de trabajo con colegios, de diálogo con la sociedad sobre los resultados de las investigaciones. Valorando enormemente este tipo de esfuerzos, que se han hecho a pesar del sistema y no gracias al sistema, aún son del todo insuficientes, pues, se enfocan principalmente en socializar los resultados de investigaciones nacidas en el seno de esa reflexión personal, ensimismada, centrada en la curiosidad y la pasión propia, forzada a ser ciega a lo que ocurre alrededor. Aunque usemos lenguaje amigable, técnicas de marketing y nos movilicemos a nuevos espacios, seguimos replicamos la verticalidad y el individualismo, ya que, no necesariamente creamos este conocimiento con y para la sociedad en la que estamos inmersos.

Para que el conocimiento y la investigación realmente aporten al nuevo pacto social, incluyendo la superación de la desigualdad y la crisis climática, hace falta derribar los límites que nos imponen los indicadores de productividad y acabar con la idea del investigador/a como un ser ajeno a su entorno. Necesitamos mecanismos que permitan un diálogo constante entre los integrantes de la comunidad científica y la sociedad, que permitan que las y los investigadores se empapen con las inquietudes y necesidades de nuestro país -sociales, culturales, educativas, políticas, productivas- para que estas se amalgamen con su propia curiosidad y pasión, y puedan diseñar y ejecutar nuevos proyectos que satisfagan esas múltiples motivaciones en un ambiente de respeto, igualdad de derechos y libre de abusos. Sólo así constituiremos una verdadera comunidad científica. 

Por cierto, para comenzar tenemos que derrumbar las caricaturas. Esta no es una disputa de lo aplicado sobre lo básico, o de las misiones por sobre la curiosidad. Es una disputa por volver a poner la investigación científica, en cualquier disciplina, al servicio de la sociedad y de democratizarla en el sentido más profundo del concepto, desde su concepción pasando por su práctica y hasta la socialización o aplicación de sus resultados.

No seremos unos pocos quienes digamos cómo hacerlo, pues el cómo también es parte de lo que debemos discutir como comunidad, y tanto las personas (investigadores, estudiantes y trabajadores) como las Instituciones (Universidades y Centros de investigación) son claves, pues es en estos espacios donde convive la comunidad científica. Debemos reivindicar a las universidades como lugares de encuentro de la sociedad civil y no dejar que la normalidad neoliberal las siga relegando a ser meras expendedoras de títulos. Volvamos a mirarnos y a compartir, pensar juntos un mejor país sin abusos y sin injusticias, donde la investigación de verdad sea un aporte para lograr que la dignidad se haga costumbre.

Andrea Poch Pla y Felipe Villanelo Lizana, Investigadores

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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