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CULTURA|OPINIÓN

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El resurgimiento (en gloria y majestad) de “Los Prisioneros”

por 2 noviembre, 2019

El resurgimiento (en gloria y majestad) de “Los Prisioneros”
No sólo “El Baile de los que sobran” ha vuelto a las calles en la actual situación de conflicto social que se ha desatado en Chile. Todo lo que fue su legado está teniendo un efecto de catarsis insospechado. Es posible que no exista una respuesta única para explicar el fenómeno. Aquí, deslizamos ciertas hipótesis al respecto. 
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Lo primero es ceñirse a las declaraciones de Jorge González a la BBC en Español en una de las pocas entrevistas que ha dado últimamente. Se explayó, como no suele hacerlo. Nunca fue muy amigo de la prensa, como es sabido, pero la situación actual motivó que se expresara un poco más largamente. 

Dijo esto: "Estuvo muy lindo, pero es muy triste que todavía se tenga que seguir cantando. Esa canción fue creada bajo las mismas condiciones en las que se cantó ayer: en toque de queda y con balazos".

Se refería, por cierto a “El Baile de los que sobran”, que se ha cantado masivamente en las protestas que se desarrollan a diario en el país. 

La cita cala hondo. 

Tiene toda la razón. Es muy “triste” que no haya cambiado la situación del país en más de 30 años, considerando que el tema es de su disco “Pateando Piedras” de 1986. El país no se detuvo en el tiempo, pues los cambios han sido diversos, pero vuelve, de pronto, a una matriz que parecía del todo superada. Mucho se habló, en su momento de que la muerte de Pinochet significaría un “nuevo Chile”: el nacimiento de una nación que dejaría atrás su pasado. Nada de eso sucedió. Los fantasmas parecen no desaparecer. 

Cuesta, pero es factible imaginar a González escribiendo esa letra teniendo 22 años -¿quién, si no está tocado por el “genio” puede concebir una canción como ésta siendo tan joven?-, pensando en un Chile encadenado, en donde el sueño de una victoria del “No” era algo tan imposible como... inexistente. Aún faltaban años para eso. Las fuerzas democráticas se organizaban, pero por un mero asunto de calendario no estaban aún a punto de derrotar al dictador. 

Mientras tanto, González se refería a los que “sobraban” en el modelo. No se trataba sólo de la represión brutal, también estaba el “experimento” de los “Chicago Boys” desarrollándose con todo en el país. Ello, por cierto, como una de las singulares exportaciones que nos brindó USA en aquellos años. El dato no se le escapó y fue capaz de concebir otro himno en el disco debut de la banda: “Latinoamérica es un país al sur de Estados Unidos”. 

Tiempos duros, difíciles y extraños. Tal como los de este fin de década en el país. 

“Es muy triste”, dijo González, ¿Por qué, entonces, resurgen “Los Prisioneros” en la mayor muestra de descontento que ha habido en las últimas décadas? ¿Una, ante todo, caracterizada por la furia y la rabia?

“Ellos pedían dedicación”

Es absolutamente insólito lo que está pasando con “Los Prisioneros”. Algo que nunca se pudo haber imaginado y debe ser un tipo de renacimiento como no se volverá a dar nunca más. 

Pido permiso a los(as) lectores(as) para contar una anécdota. Mientras escribía estas líneas, salí a fumar un cigarrillo al balcón. Vivo cerca del Metro República, en un piso 10. Desde ahí, veo en la plaza a unos adolescentes tomando cerveza y fumando marihuana. ¿Y qué escuchan en una radio portatil? “Paramar”. De pronto, escucho eso de “Siendo estúpido serás feliz”. Me quedo petrificado, con el pucho humeando. ¿Qué ha pasado? Es el mismo verso que escuché tantas veces en lo '80, por ejemplo, en la radio Cooperativa, después del noticiario. Tenía 10 años entonces, pero podía intuir la gravedad de lo que llegaba a mis oídos. ¿Qué sucede para que la juventud de hoy conecte con estos mensajes? 

La respuesta puede parecer difícil, pero no lo es tanto. “Los Prisioneros” son el grupo más representativo del descontento en Chile desde los `80 en adelante. No hay otro. Ni nada que se les acerque a kilómetros. Y ello, por varias razones. (Por cierto, es posible que diversas bandas “punk” sean capaces de escribir textos aún más radicales, pero no han tenido nunca la repercusión del trío de San Miguel). 

Aquí, algunas hipótesis de este renacimiento masivo. 

Sus letras (y la música extraordinaria que fue su telón de fondo, a cargo de todo el conjunto: González, Tapia y Narea. Sin tal asociación, la(s) cancion(es) nunca hubiese(n) sido la misma, al decir de Led Zeppelin, una banda que de seguro escucharon en sus años, así como “Kiss”, de la que fueron férreos seguidores). 

Su manera de involucrarse con la esencia misma de lo chileno a nivel popular: jamás fueron un grupo de elite, pese a que en sus comienzos eran muy admirados por los estudiantes de Artes (con los que no comulgaron, salvo en momentos posteriores). Pero nunca calzaron con ese ambiente. De hecho, es dado preguntarse ¿calzaron, o quisieron hacerlo, en algún tipo de lugar? Es más elemental verlos discrepando en cada sitio en donde se presentaban: provocando siempre. Buscando ansiosamente el éxito, pero siempre con la certeza de que habían “factores” que no les ayudarían en la tarea. 

Una actitud permanente de estar en choque contra todo lo establecido (sus enemigos no fueron sólo los militares, tenían un descontento general frente a todo, al parecer, partiendo por algo tan elemental como sus colegas “músicos”, a los que no pocas veces despreciaron: los argentinos, como no, eran su dardo favorito. Como no, “Soda”, a quien González acusó justamente de escribir sobre “telarañas” (disco “Nada Personal”), mientras ellos se deslomaban por llegar a expresar el contexto social del Chile convulsionado, en donde incluso se intentó asesinar al dictador en la “Operación Siglo XX”. Esos años de violencia debían contrastar mucho en la psiquis del grupo, viendo que gente como “G.I.T.” triunfaba en “Martes 13” con asuntos como “Siempre fuiste mi amor”.  

También les sigue su estirpe de “malditos”, la que ya es su esencia misma. 

Cuando grabaron “Maldito sudaca” -de seguro lo intuían- se autodefinieron. Es más: posiblemente su video les consagró (para siempre) como banda imposible de acomodarse al “sistema”. Patearon a “The Beatles” -lujo que no se da nadie”, pasearon por una feria popular como ídolos, insultaron a un rico en su gran auto (“No pongas tus dedos en mi “car”) y González revienta un tomate con cara de psicópata, mientras canta “En mi corazón hay un revolver”. Sólo con eso ya pasaron a la Historia. 

“Comemos pan con pan”

Hablamos de una banda que ya es un mito. 

Ahora, insistimos: ¿Porqué razón han resurgido con tal fuerza en nuestros días? En todo caso, no ha sido en cualquier momento. Hay una tradición de años, la que se expresa actualmente. Chile -la gente; no, el Poder- siempre les ha querido y respetado sin ninguna vacilación. Sus conciertos en el Estadio Nacional a comienzos de la década pasada dieron cuenta de ello. Un lleno absoluto. No hubo canción que no fuera coreada, bailada y celebrada al máximo: lo sé, porque estuve ahí. Pero ahora se les canta como símbolo de rebelión. Dentro del cancionero nacional, “El Baile de los que sobran” sólo tiene, al presente, un único tema que puede ser comparable  en su repercusión: “El pueblo unido jamás será vencido” de Quilapayún. Y esas son palabras mayores: se trata de un himno planetario traducido a múltiples lenguas, tantas que es difícil enumerar. 

Tal vez, el renacimiento de “El Baile de los que sobran” (y todo lo que hoy lleve la marca “Prisioneros”) se deba, ante todo a su letra. Una que calza mucho con la exclusión social que sienten millones -la cifra no se queda corta- de chilenos: 

“Únanse al baile, de los que sobran/

Nadie nos va a echar de más/

Nadie nos quiso ayudar de verdad”

Un poco después, aparece ésto: 

“A otros le enseñaron/

Secretos que a ti no/

A otros dieron de verdad esa cosa llamada educación/

Ellos pedían esfuerzo /

Ellos pedían dedicación/

¿Y para qué?/

Para terminar bailando y pateando piedras”

Eso explica todo. 

La sensación de vacío. La inviabilidad de todo esfuerzo, pues las cartas ya están jugadas. Puedes esforzarte todo lo que quieras, seguir la ruta de la meritocracia (la que, se supone, según nos han dicho no pocas veces, puede hacer que “cualquiera” consiga ascenso social, dinero a manos llenas y poder), estudiar mucho, pero no lo conseguirás. Menos aún lograrás ser ministro de Gobierno con 40 años.... O Senador. O Diputado. 

Hay algo muy tremendo en eso de andar “Pateando piedras”. Es la inutilidad absoluta. Un fracaso sin remedio. Y a eso apuntaba el grupo. No estaban hablando sólo como un trío de músicos: reflejaban a la generación que les rodeaba. Eso es lo extraño hoy. Que la gente del 2019 siga con esa sensación de que están haciendo algo que nos les dará resultado... por más que se esfuercen. 

De ahí, se entiende, la “tristeza” de Jorge González. 

Si “Los Prisioneros” hablan de algo (con ese esas melodías y ritmos endemoniados -realmente “endemoniados”) es de frustración, en primer lugar, y luego de su consecuencia directa: la furia. En tal sentido, la “Trilogía” de la banda es bastante clara.

Hagamos una breve alusión a cómo se fueron modificando las letras y el pulso en aquellos discos. Los siguientes ejemplos son personales:

1: La constatación del fenómeno. “La Voz de los 80”. “Ya viene la fuerza,/ La Voz de los ´80... (“Date cuenta que estás vivo”). 

2: La rabia: “Somos mil perros tras un hueso/ Esclavos de los pesos/ No es chiste ser mayor”. 

3: La furia: “ Comemos pan con pan / leemos historietas/ las tele nos da sueño”. 

Hay otra canción, totalmente potente, pero muy ignorada dentro de su discografía. “Generación de mierda”, que está en “Ni por la razón ni por la fuerza”. Hay una rabia indescriptible en la composición. No considerarla en su mérito es no “entender” nada lo que buscaron llegar a ser “Los Prisioneros”. Alcanzaron un punto extremo: 

Algo de su letra: 

“Porque quieren cosas que no quieren/ 

y hacen de lo lindo algo imbecil”. 

Un poco después: 

“Porque dices que me quieres/

Y no entiendes la mitad de lo que digo/

y luego vas y te disfrazas

y a veces necesito creer en ti”. 

En esta “maldición” estaban todos metidos. No sólo fue una genialidad de González. Narea y Tapia hicieron que esta canción fuera un Infierno. “Tienes que pagarme para poder bailar”. Se advierte, de inmediato, el sentimiento de alienación en que estaban todos involucrados. Y también, el de fracaso: el de estar hartos de tantos problemas por ser “Los Prisioneros”. 

Y, entre tanto, “Soda Stereo” triunfaba en cada escenario que pisaba, desatando la “Soda Manía”. “Los Prisioneros”, por su parte, eran rechazados e ignorados por los medios (la TV, esencialmente), sufrían amenazas y sabotajes, se les tenía como enemigos públicos y siempre estaban  en el ojo de Pinochet y sus aparatos de seguridad. 

Pero eso ya sería motivo para otra columna. 

“Abre los ojos, ponte de pie”

Antes de finalizar, hay otro rasgo esencial de “Los Prisioneros”: su extraordinario sentido del humor (un tanto negro y retorcido, es cierto, pero siempre presente y evidente en la gran mayoría  de sus canciones). 

Muchas veces ácidos hasta decir basta, implacables y con una mirada de rayos X para detectar las ridiculeces del Poder no  perdieron ocasión para expresar este punto de vista. 

En los años `80, nunca perdieron eso que les hizo inmortales: la rebeldía y ese “sexto sentido” para advertir cómo el “mundo adulto” termina renunciando a muchos “ideales” para acomodarse a un sistema del que discrepan intima y profundamente. 

Es por eso que sus canciones calzan hoy no sólo con los jóvenes en protesta, si no que también con los “mayores” que vieron como las últimas administraciones han estado haciendo añicos sus sueños y esperanzas...

Aquí, una prueba fehaciente. La gente de la “vieja escuela” recordará fácilmente esta joya: 

**** Gracias a Jorge González, Claudio Narea y Miguel Tapia por habernos dado esta música tan grandiosa. Todo Chile se los agradece en estos días. 

* Francisco Ramírez. Periodista y escritor. Se ha desempeñado en diversos medios nacionales y  en la cadena “RT en español”. Premio “Fondo del Libro 2018” en el área “Creación/Cuento”. Facebook: “Una odisea en Rusia”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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