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CULTURA|OPINIÓN

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Violencia, impotencia, sufrimiento

por 30 diciembre, 2019

Violencia, impotencia, sufrimiento
Una respuesta muy sencilla se encuentra en la misma situación chilena del 18 de octubre. Lucy Oporto Valencia lamenta la destrucción de algunas estaciones del metro ciudadano, pero es muy claro que, si los estudiantes no hubieran destruido algunos objetos materiales, hoy no estaríamos hablando de la situación en que se encuentra el pueblo chileno como consecuencia de cuarenta años de sistemática violencia financiera y fascista. No estaríamos hablando de estos temas porque los medios solo reconocen y comunican la injusticia y el sufrimiento cuando los que sufren destrozan algo y alzan su voz. Es triste decirlo, pero así es.
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En el sitio letras.mysite.com se puede leer un artículo de la escritora Lucy Oporto Valencia que lleva el título Lumpenconsumismo, saqueadores y escorias varias: tener, poseer, destruir. Es un texto muy interesante que deseo respetuosamente criticar porque me parece que nos permite profundizar una cuestión que está emergiendo desde la rebelión que se está desarrollando en muchos lugares del mundo, y antes que nada en Chile.

Oporto Valencia habla de “destrucción sistemática de infraestructura pública y privada, empezando por el sabotaje y destrucción del metro de Santiago y, después, destrozos, saqueos e incendios de supermercados, farmacias, microbuses, peajes, tiendas, hoteles, bancos, municipalidades, iglesias, edificios patrimoniales y monumentos históricos, a lo largo del país y a mansalva”.

Además, la escritora critica radicalmente los que parecen comprender las motivaciones de los saboteadores, diciendo: “Ese pueblo tiene el derecho a destruirlo todo porque todo le han destruido (...)”. Este argumento solo revela la absoluta dependencia de ese pueblo respecto de sus opresores, y es equivalente al siguiente: “Si los poderosos pueden destruir, saquear y robar, ¿por qué no nosotros?”, y rechaza “la victimización, infantilización e indiferenciación de sus agentes (los agentes de la supuesta violencia), las cuales encubren una abierta legitimación y propaganda del llamado pueblo vandálico.”

Después de leer el admirable artículo de Oporto Valencia me estoy preguntando a mí mismo cuál será el significado de la palabra “violencia”, y después de reflexionar he concluido que la violencia se caracteriza por dos aspectos: el primero, que la violencia es consecuencia de una condición de impotencia; el segundo, que la violencia es una acción que provoca intencionalmente sufrimiento y humillación en los demás, en una persona sola, en grupos aislados o la sociedad entera.

Aparte del hecho de que en el Chile de ayer como en Chile de hoy la violencia escandalosa no es la de algunos saqueadores, sino la de las fuerzas estatales que han matado a decenas de manifestantes, cegado a centenas de personas, detenido, torturado a ciudadanos y violado a muchas mujeres y jóvenes, reconozco que el problema de la violencia vuelve al debate político y filosófico.

El debate sobre la violencia siempre perteneció a la tradición de la izquierda, desde la época de la revolución soviética hasta los años 70, cuando en Italia las Brigadas Rojas organizaron acciones armadas de eficacia mediática y de gran ferocidad, como la toma y el asesinato de Aldo Moro. Sin embargo, la discusión sobre la violencia no puede, hoy, replantearse de la misma manera porque faltan las premisas políticas e ideológicas del pasado.

Cuando en los años 70 italianos (como en otros países de Occidente) el movimiento progresista y obrero se dividió en el juicio sobre la violencia armada la pregunta era: ¿cuál estrategia puede ser más eficaz para la conquista del poder? 

La mayoría del movimiento obrero optó por el camino democrático, mientras una minoría no irrelevante optó por la acción armada. Hoy el objetivo de la toma del poder se ha disuelto: los insurgentes de hoy saben muy bien que no conseguirán el poder político de manera revolucionaria. 

¿Entonces por qué lo hacen, por qué saquean, por qué destruyen?

Una respuesta muy sencilla se encuentra en la misma situación chilena del 18 de octubre. Lucy Oporto Valencia lamenta la destrucción de algunas estaciones del metro ciudadano, pero es muy claro que, si los estudiantes no hubieran destruido algunos objetos materiales, hoy no estaríamos hablando de la situación en que se encuentra el pueblo chileno como consecuencia de cuarenta años de sistemática violencia financiera y fascista. No estaríamos hablando de estos temas porque los medios solo reconocen y comunican la injusticia y el sufrimiento cuando los que sufren destrozan algo y alzan su voz. Es triste decirlo, pero así es.

Además, yo pienso que a la destrucción de objetos materiales como las máquinas de control al ingreso de las estaciones, aunque sea algo lamentable y descortés, no lo llamaría violencia. Violencia es el empobrecimiento y la humillación sistemática de millones de trabajadores y de sus familias. Violencia es la desigualdad espantosa que el capitalismo neoliberal ha producido con la complicidad de los pinochetistas.

En la época de la revolución soviética, como en los años 70, la violencia tenía un horizonte de esperanza, hoy solo tiene un horizonte de desesperación, y no creo que sea legítimo ni éticamente aceptable culpabilizar a los que desesperan, porque la desesperación no es una culpa de los desesperados, sino que culpa de los que nos han hecho desesperar.

Después de leer el admirable artículo de Oporto Valencia me estoy preguntando a mí mismo cuál será el significado de la palabra “violencia”, y después de reflexionar he concluido que la violencia se caracteriza por dos aspectos: el primero, que la violencia es consecuencia de una condición de impotencia; el segundo, que la violencia es una acción que provoca intencionalmente sufrimiento y humillación en los demás, en una persona sola, en grupos aislados o la sociedad entera.

Antes que nada la violencia nace de la falta de potencia. La misma violencia del poder estatal nace de esto. Cuando el poder es impotente para entender y gobernar a la sociedad, se vuelve violento. De manera similar, los actores sociales pueden volverse violentos cuando sufren y son impotentes para cambiar la realidad social a través de la palabra.

Violencia es el efecto de la ineficacia de la palabra, la sustitución de la palabra por la fuerza. 

Lo que hemos experimentado en los últimos años (en Chile como en Grecia, como en cientos de otros lugares en el mundo) es la impotencia de la democracia para cambiar una situación de sufrimiento, porque el capital financiero básicamente ha cancelado la eficacia de la democracia, reemplazándola con automatismos técnicos y económicos que, de manera sistemática, producen violencia. 

Si esta definición del concepto de violencia, aunque insuficiente desde un punto de vista filosófico, es aceptable, yo creo que podemos definir la teoría y la práctica de los economistas de la escuela de Chicago y de los políticos y banqueros neoliberales como una violencia prolongada en el tiempo contra toda la sociedad.

La destrucción de objetos materiales, no se puede definir en sí misma como violencia, si bien pueda tal vez configurarse como tal porque puede provocar sufrimiento en las personas que necesitan estos objetos. Lucy Oporto Valencia identifica la acción de muchos insurgentes chilenos como lumpenconsumismo y yo puedo entender esta definición, y hasta puedo compartirla en muchos casos. Pero nunca tenemos que olvidar que la causa del empobrecimiento moral y psíquico de una parte mayoritaria de la población en este siglo, es antes que nada la prolongada acción de la violencia económica del capitalismo financiero, la destrucción de la escuela pública, la predicación neoliberal de la competencia como solo valor social reconocido. 

Yo sé muy bien que muchas veces en la acción de rebelión pueden manifestar elementos de lumpenconsumismo, pero me parece necesario reconocer que la reducción de una parte mayoritaria de la población a lumpenproletariado no es algo que se pueda imputar a las víctimas, sino que depende de la reducción de la vida social a un desierto competitivo y precario.

La crítica de la victimización que leo en el texto de Oporto Valencia puedo entenderla y compartirla en muchos casos, pero no cuando estamos hablando de millones de personas que han sido despojadas sistemáticamente de su tiempo, del producto de su trabajo y de sus derechos (particularmente del derecho a la educación). 

Oporto Valencia escribe:

“La impulsividad manifestada en esta crisis social arraiga, en gran medida, en las siniestras apetencias de la sociedad de consumo. Antes de ser asesinado, Pier Paolo Pasolini sintetizó lo que pudiera ser descrito como el teorema de la sociedad de consumo: tener, poseer, destruir”.

Como Pasolini, la autora habla de un fenómeno de lumpenización social, pero como Pasolini olvida definirla. Yo la definiría como un doble efecto: de un lado es la identificación del consumo como único valor positivo, y contemporáneamente como la impotencia para conseguir el necesario por consecuencia de la explotación y del empobrecimiento. 

El primer efecto ha sido producido por la sociedad del consumo, por la publicidad y la individualización competitiva; el segundo, por la reducción del salario y la política de austeridad neoliberal.

Sin embargo, lo que yo no puedo compartir es la identificación de lumpenconsumismo con lumpenfascismo. La lumpenización generalizada producida por el capitalismo puede convertirse en lumpenfascismo, pero no siempre y no necesariamente: lo que tenemos que hacer, como intelectuales y como activistas, es evitar que el empobrecimiento se vuelva fascismo, como pasa en la Inglaterra del Brexit y en la América de Trump.

Hay naturalmente una relación entre pobreza, humillación y lumpenfascismo, pero esa relación no es automática, y la referencia a Pasolini es interesante, pero peligrosa. No olvidemos que Pasolini fue, al mismo tiempo, horrorizado y atraído por la figura social y estética del lumpen, hasta encontrar su muerte en la playa de Ostia.

Por eso, con toda la admiración y todo el respeto debido al poeta, no creo que Pasolini pueda ayudarnos mucho en la presente situación. Lo que puede ayudarnos es la organización de un movimiento autónomo y radical que haga posible la salida del sistema dominado por el capital financiero y por sus servidores políticos. Si no logramos hacer eso, lo siento mucho, pero creo que la violencia está destinada a crecer de manera incontrolable.

Cuando se desencadenan procesos como los que se manifestaron durante el otoño de 2019 en Hong Kong, Barcelona, Bagdad, Teherán y muchas otras ciudades del mundo, no creo que la tarea del intelectual y del poeta sea la de tomar el punto de vista del orden. Si hay violencia eso significa que la democracia se ha vuelto vacía y no puede ser utilizada porque el capitalismo financiero la ha reducido a un ritual impotente.

Creo que la tarea del intelectual, del poeta y del activista es comprender las motivaciones de la violencia desde el punto de vista del sufrimiento. Siempre tenemos que rechazar la violencia en cuanto acción dirigida a reducir, someter y humillar a los demás, pero en sí la condena a la violencia es inútil y moralista si no entendemos que tal vez la violencia es la única manera de oponerse a lo insoportable y de despertar un cuerpo oprimido por la depresión.

Pero yo pienso que la violencia que se está manifestando en la revuelta global de esto periodo, para empezar con Hong Kong, donde los estudiantes han actuado con formas de acción extremamente duras contra la policía e infraestructuras urbanas, no es ni politicamente finalizada como fue la violencia de las formaciones armadas de la decada del 70, ni una violencia dirigida a la humillación de un enemigo social mucho más poderoso y violento que los manifestantes.

Creo que es esencialmente una violencia de tipo suicidario. Aquí se abre un discurso sobre la tendencia principal de nuestro tiempo, particularmente para la generación precaria consciente de la inexistencia de un futuro, y entonces cada vez más desesperada. Solo la acción colectiva permite salir, si bien temporalmente, de la depresión, aunque esta acción colectiva tiene un carácter suicidario.

Si quiere ser productora de conciencia y de transformación, la acción del intelectual, del poeta y del activista, tiene que imitar la actuación del terapeuta: entender y analizar el síntoma, traducirlo a través de la palabra, del fármaco y del ejemplo. La condena pertenece al juez y no necesitamos jueces cuando el cuerpo social está sufriendo.

Franco Berardi. Filósofo italiano.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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Envíada por Valentina Terra Polanco, Observatorio Niñez y Adolescencia | 16 enero, 2021

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