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CULTURA|OPINIÓN

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La pérdida sensible de lo político 

por 22 febrero, 2020

La pérdida sensible de lo político 
Los ejercicios de poder que se han estado llevando en las artes durante decenas de años en Chile, también deben entrar en una seria crisis de revisión. Con esto me refiero a los ejercicios que determinan (rancerianamente) cuales son las herramientas subjetivas y sensibles que han sido validadas para cierto tipo de discursos (y los posibles beneficios vinculados a ellos) y cuales han sido descartados o marginados en sus opciones estéticas de “comunicar algo” y, por extensión necesaria, el accionar ese algo.  
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¿Es importante el arte en la en la compleja crisis y cambios que se están generando en el país? Si lo fuera ¿Cuál sería su incidencia, al menos en términos generales, mínimamente de responsabilidad? 

Los ejercicios de poder que se han estado llevando en las artes durante decenas de años en Chile, también deben entrar en una seria crisis de revisión. Con esto me refiero a los ejercicios que determinan (rancerianamente) cuales son las herramientas subjetivas y sensibles que han sido validadas para cierto tipo de discursos (y los posibles beneficios vinculados a ellos) y cuales han sido descartados o marginados en sus opciones estéticas de “comunicar algo” y, por extensión necesaria, el accionar ese algo.

Partamos por un punto importante: las posibles atribuciones de lo estético en la performance de la vida hace bastante tiempo que ya no son atribuciones de quienes trabajan vinculado a las artes. Lo que si le queda a este campo son -de forma no directa como quisieran muchxs trabajadores ligados as las artes- la modelización de las elecciones concernientes a las maneras de época que se asignen modas de diseño de comportamientos, de divergencia de los mismos, de pensamiento, ideologías, hasta como moverse físicamente y qué tipo de posturas se tomarán en el transcurso del día y de la vida. Ahora, ojo, no me estoy refiriendo a que el resabio de las artes determine estas últimas cuestiones en lo que concierne a la estructura misma de aquello, sino a las “formas” de ello, es decir, a de que manera se escoge una estética del orden o la subversión.    

Los ejercicios de poder que se han estado llevando en las artes durante decenas de años en Chile, también deben entrar en una seria crisis de revisión. Con esto me refiero a los ejercicios que determinan (rancerianamente) cuales son las herramientas subjetivas y sensibles que han sido validadas para cierto tipo de discursos (y los posibles beneficios vinculados a ellos) y cuales han sido descartados o marginados en sus opciones estéticas de “comunicar algo” y, por extensión necesaria, el accionar ese algo.  

En este último sentido, en el orden del discurso, el cual, de alguna(s) forma(s) es el principio formador del accionar en los lugares determinados para aquello, tendríamos un problema en lo que concierne coyunturalmente en el mundo (sin embargo, me concentro, particularmente, en Chile). Las pasionales dicotomías “insalvables” en lo que concierne a los “ánimos” de la política nos muestran como el pathos populista enarbola las pulsiones de ira y desencuentro. Obviamente no hay que ser ingenuos en esto último, y saber que la mayoría de las provocaciones pseudo-estratégicas de la ira en el pathos del pueblo son iniciadas por agentes con intereses involucrados que no desean que cambien los órdenes de las cosas. El tipo de modelo que esto genera en lo performático, en los lugares o territorios, nos ha develado que la consagración a la política, como uno de los ejercicios del poder vinculado al mejoramiento de la vida material y espiritual es algo que no existe, o está muy lejos de existir en Chile. La relación creativa del accionarse en la vida del día a día perdió lo que se entiende en filosofía como el eros. El accionar performático en la negación del Otro como lo aniquilable, es la carencia de la ocupación y preocupación de ese Otro; es la carencia y el riesgo del amor en tanto pérdida de uno mismo hacia la entrega de la alteridad. Las artes podrían ser fuertemente parte de este baluarte, y, de cierta forma, las protectoras de la distribución de las “sensibilidades atrofiadas”. En este sentido, las artes no son las poseedoras exclusivas de lo estético, pero si pueden ser las que se hagan cargo -institucionalmente- de cierta administración de las sensibilidades (en el sentido ranceriano que mencionaba antes). No estamos acostumbrados a amar en el sentido del eros, pues lo hemos perdido como accionar político e incluso cotidiano. Estamos tan ocupados en potenciar las ideologías y las pseudo-ideologías sin el quiebre crítico de nuestra estructura del yo en tanto no reconocimiento de nuestra muerte en el otro, que el pathos, volcado en ira, politiza cualquier accionar en la devastación de una sociedad, y pronto una cultura (si es que la tenemos). Cuando, mientras tanto, y sin darnos cuenta, seguimos y seguimos replicado el modelo capitalista en nuestra intimidad y, por extensión, en lo público. Pero lo negamos, y al hacerlo nos costará mucho más superarlo, pues vemos el problema no en nosotros, sino en el Otro como devastación de mi programación de valores de vida. Pero, en esto último, no reparamos en el quiebre sensible de nuestras propias posiciones, es decir, en donde, política y estéticamente, perdimos el amor, en tanto eros, en las relaciones sin las cuales no cuidaremos ni mejoraremos un mundo que se nos termina, y es el mundo de nuestros cuerpos en el territorio de lo  indeterminable.

Podemos cambiarlo, pero, personalmente, pienso que lo estamos haciendo de las maneras equivocadas. El poder corporativo no sabe vivir de otra manera de la que vive, pero si mantenemos el resguardo de lo sensible en las estrategias performativas de la vida, nosotrxs si podemos vivir de otras maneras y no solo en reacción, sino en multiplicidad de creaciones que nos desborden en esa extraña, pero, al parecer, necesaria conjunción entre política y arte, en tanto creatividad positiva que no se satisface así misma. 

Licenciado en Arte. Candidato a Doctor en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad, UV.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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