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Crítica “Proyecto Aguirre, de lejos parecían esclavos”: memoria y reconstrucción como interpretación ideológica del mundo

por 16 marzo, 2020

Crítica “Proyecto Aguirre, de lejos parecían esclavos”: memoria y reconstrucción como interpretación ideológica del mundo

Crédito: Jorge Sánchez

El montaje teatral “Proyecto Aguirre, de lejos parecían esclavos” hace entrega de una investigación respecto de la figura de Isidora Aguirre y lo que podemos llamar su legado creativo, pero también (y este es un aspecto especialmente interesante) de su discurso político, femenino y, por extensión, social. En todos estos aspectos, el montaje da cuenta de una clara lucidez en el tratamiento de un personaje a la vez histórico, artístico y, también ficcional, pues, toda figura pública o histórica, como se entiende, tiene también un carácter de mistificación en su construcción.
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Todo discurso, en su propia estructuración, devela las claves de sus procesos constitutivos y las filiaciones que sostiene y dinamiza. A partir de esta línea reflexiva, la deconstrucción puede producirse en diversos niveles de los lenguajes o, sí se prefiere, sistemas semióticos. En las artes, esa mirada estética no es nada nueva y ya desde el siglo XVII puede rastrearse en múltiples creaciones. Un modo popular de generar un entramado estético de estas características ha sido el de concientizar críticamente el propio proceso creativo que permite generar la obra artística. Velásquez, Sterne, Proust o Pirandello son prueba de ello.

En momentos de un carácter histórico social como los que hemos vivido, las preguntas que sostiene el montaje no solo se hacen necesarias, sino que son, sin género de dudas, una propuesta estética que busca abrirse paso en la arena de la vida social.

El montaje teatral “Proyecto Aguirre, de lejos parecían esclavos” arranca desde esta base, para hacer entrega de una investigación respecto de la figura de Isidora Aguirre y lo que podemos llamar su legado creativo, pero también (y este es un aspecto especialmente interesante) de su discurso político, femenino y, por extensión, social. En todos estos aspectos, el montaje da cuenta de una clara lucidez en el tratamiento de un personaje a la vez histórico, artístico y, también ficcional, pues, toda figura pública o histórica, como se entiende, tiene también un carácter de mistificación en su construcción.

La dirección, a cargo de Andreina Olivari y Samantha Manzur, organiza las acciones a partir del trabajo escritural y la biografía de Isidora Aguirre, siendo especialmente -ambas directoras- agudas en ello, al ver que los dos elementos están contaminados uno de otro y que resulta imposible pensar al personaje sin su obra y viceversa. La puesta en escena se encuentra muy bien manejada en términos de la relación semiótica entre las diversas esferas del montaje, en términos generales, es posible comprender que los episodios de la acción, la escenografía y el desarrollo investigativo que apreciamos en tanto espectadores, buscan develar, paralelamente, a través de la exploración del grupo creativo que vemos en las tablas, el sentido histórico de una figura como Aguirre, tanto en términos de memoria, como de arte y cultura. A partir de ello, la obra se abre a una mirada hermenéutica que no solo devela el proceso y el “concepto Isidora Aguirre”, sino que también se hace cargo del aspecto representacional como una herramienta extensa que manifiesta una grafía de mundo y, por tanto, una toma de posición política; personalmente, además, celebro que esta mirada no sea acrítica y, por el contrario, exponga las contradicciones de todo trabajo artístico -angustia, humor, lucidez- y que lo hagan sin pudor.

La dramaturgia, nace del equipo creativo, pero la organización del material queda a cargo de las mismas directoras. En este aspecto es donde se ve la dimensión más débil del trabajo. No se trata de un problema de diálogos ni del lenguaje escénico usado para sostener escénicamente este ámbito de lo teatral, tampoco es un problema el hecho que se trate de un trabajo episódico y no de una organización cronológica de las acciones (eso que suele ser mal llamado como “aristotélico”). 

Se trata, más bien, de un problema en la mirada total, como conjunto, que puede hacerse de la obra. En cierto sentido, el montaje no logra conectar completamente unos aspectos con otros y se desdibuja la búsqueda misma que se representa, del mismo modo, la gama testimonial de elementos dramatúrgicos/representacionales que se juegan, no conectan del todo entre sí, a pesar que, es justo decirlo, hay momentos extraordinariamente acertados en este aspecto, por ejemplo, resulta de particular interés el rescate de dramaturgias que hacen eco en el trabajo de Aguirre, como la obra de Guillermo Calderón, la memorable escena en torno a la posible (o no) representación de la pobreza con un frenesí y delirio pocas veces visto, o la escena final con audios originales de ensayos que transitan con perfección en el limbo ficción/realidad.

Las actuaciones en general, sin duda, son también otro punto alto del montaje. 

Ariel Hermosilla construye sus personajes de manera que es posible ver la emergencia de cierta ironía en su actuación, la facilidad con que asume los distintos roles (a menudo una cualidad traicionera en términos de actuación) en su caso es un alimento a la construcción total del trabajo. Hermosilla es capaz de articular elementos que progresivamente va sumando en su propia actuación y a la obra, desenvolviendo su oficio a lo largo de todo el montaje para generar elementos histriónicos que sostienen la propuesta.

Martina Sivori, se instala desde el peligro, el humor y la entrega, con un frenesí creativo que se ve pocas veces en escena. La articulación de los gestos, acciones, emocionalidades por las que transita a lo largo del montaje, manifiestan un manejo escénico que equilibra el riesgo y la falta de represión con una notable técnica y calidad actoral, administrándolas con inteligencia e intuición escénica, generando así algunas de las escenas más memorables de la obra, pero sin caer en la repetición ni el abuso de los mismos recursos, en la medida que estos recursos, en su trabajo, son múltiples; Sivori genera una actuación desbordante y cautivadora.

Tamara Ferreira propone su actuación en orden a una estructura actoral que da cuenta de precisión y competencia. La actuación de Ferreira transita por menos procesos emocionales que las de los otros miembros del elenco, porque sus personajes así lo requieren, sin embargo, es capaz de mostrar agudeza a la hora de seleccionar gestos, acciones, formas vocales, el conjunto de su trabajo es una mezcla bien integrada entre la actriz puesta en las tablas y la manifestación de los sistemas semióticos a partir de los cuales crea sus personajes, en este sentido, produce una transparencia entre ambas formas miméticas (pues ella en tanto actriz también queda semiotizada en el montaje) de manera que suma un rango activo a las intenciones del montaje como totalidad.

En el diseño integral, cargo del destacado Ricardo Romero y de Javier Pavez, se observa una selección precisa y bien pensada de los elementos que vemos sobre las tablas, de manera que cada uno de ellos se relaciona de manera funcional y sígnica con el montaje. Del mismo modo, escenografías y vestuarios son también eficaces dentro del imaginario que el montaje ofrece, sumando formas comunicativas a la propuesta.

Música y sonido están en manos de Nicolás Aguirre y se trata también de un lenguaje muy bien desarrollado. Aguirre no solo genera música que “acompañe” las acciones, sino que produce atmósferas sonoras que permiten instalar sensaciones que sostienen las tensiones y distensiones escénicas del montaje, Nicolás Aguirre hace esto con especial pulcritud y detalle durante la totalidad de la obra.

“Proyecto Aguirre, de lejos parecían esclavos” es un montaje sólido y que propone una lectura de un personaje histórico no solo asentada en su biografía, sino que puntualiza su mirada a partir de la obra artística que nace de dicho personaje y cómo esta es también un gesto político, planteando, en este mismo proceso, que el trabajo de memoria y reconstrucción, debe serlo también, toda vez que construye una interpretación ideológica del mundo. En momentos de un carácter histórico social como los que hemos vivido, las preguntas que sostiene el montaje no solo se hacen necesarias, sino que son, sin género de dudas, una propuesta estética que busca abrirse paso en la arena de la vida social.

*Las funciones de la obra “Proyecto Aguirre, de lejos parecían esclavos” fueron suspendidas por las medidas adoptadas por el COVID-19. La obra volverá a cartelera en cuanto se levanten las restricciones para los eventos culturales. 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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